lunes, 18 de octubre de 2021 Actualizado a las 08:36

Opinión

Autor Imagen

Los conflictos híbridos y la Seguridad Nacional de Chile

por 2 enero, 2018

Los conflictos híbridos y la Seguridad Nacional de Chile
Los desarrollos tecnológicos trascienden el ámbito denominado ciberguerra, como parte moderna del conflicto tradicional, y generan, conjuntamente con ciertos emprendimientos civiles, una hibridez de medios en las crisis o conflictos acotados. Entiendo entonces por hibridez a esa mezcla, casi espontánea, que se produce en el continuum fuerza-tecnología en los recursos del Poder Nacional, sobre todo en medio de la paz, y que suponen plataformas ampliadas, permanentes y puestas en red, útiles a los medios militares cuando se requiere, y proyectadas en los espacios globales de interés nacional. Por cierto, tales situaciones constituyen también escenarios de riesgos híbridos para la defensa y la seguridad, que deben ser razonados estratégicamente por el país. Es la regla de la globalización y el multilateralismo.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

En el ámbito teórico de la seguridad estratégica, los conflictos híbridos todavía son entendidos como el uso militar combinado de medios irregulares y medios convencionales en la resolución de un conflicto. Esta simplicidad, subentiende que ellos pueden exhibir una mayor o menor intensidad de uso de medios convencionales de fuerza y coerción física, vis a vis con medios irregulares o de otra naturaleza, entre ellos, plataformas tecnológicas, diversión digital, acción de hackers o sabotaje electrónico de infraestructura crítica, que contribuyan de manera casi inadvertida a una escalada de fuerza en medio de acciones diplomáticas relacionados con el evento. Incluso más, tales hechos, los últimos, pueden existir sin siquiera tener de por medio una situación de tensión, sino en medio de la paz entre países. Tal concepción, si se acepta, pone una tensión nueva a los límites de la seguridad, redefine los conflictos clásicos entre estados y echa por tierra la ortodoxia de la interpretación clásica de la guerra o los conflictos. Por cierto, también condiciona la definición de seguridad.

La realidad práctica en materia de operaciones militares es que ellas se han ampliado a un radio no directamente vinculado a un conflicto declarado, sino a hechos y situaciones que los anteceden, y que los entornos de crisis inevitablemente involucran medios de fuerza de cualquier nivel tecnológico, diseñados previamente como elementos civiles, pero que adquieren rápidamente hibridez bélica, en medio de la crisis.

Tal situación no corresponde a un proceso de ajuste contable de recursos sino a una concepción estratégica de mando, comunicación y control de medios, entendiéndolos en toda su dimensión, lo que implica inteligencia y conocimiento estratégico en tiempos de paz.

Los desarrollos tecnológicos trascienden el ámbito denominado ciberguerra como parte moderna del conflicto tradicional, y generan, conjuntamente con ciertos emprendimientos civiles, una hibridez de medios en las crisis o conflictos acotados. Entiendo entonces por hibridez a esa mezcla, casi espontánea, que se produce en el continuum fuerza-tecnología en los recursos del Poder Nacional, sobre todo en medio de la paz, y que suponen plataformas ampliadas, permanentes y puestas en red, útiles a los medios militares cuando se requiere, y proyectadas en los espacios globales de interés nacional. Por cierto, tales situaciones constituyen también escenarios de riesgos híbridos para la defensa y la seguridad, que deben ser razonados estratégicamente por el país. Es la regla de la globalización y el multilateralismo.

Por ello, los diseños de fuerza militar y de defensa de un país, y la capacidad de análisis estratégico que tiene el poder civil para adoptar decisiones, constituyen las reglas básicas y fundamentales del gobierno moderno, si desea responder a la función básica del Estado sobre Seguridad y Defensa. En términos modernos, la definición de guerra se ha transformado, dando paso a un proceso constante y difuso que, en determinadas manifestaciones o circunstancias, carece de un contorno específico o del ordenamiento jerárquico que le era propio en la concepción clásica, incluidos los límites temporales del antes y el después en la cadena de fricciones bélicas o estratégicas.

Un ejemplo de esto proviene del despliegue de inteligencia de datos obtenidos de la comunicación corriente de cualquier ambiente social, que se encriptan como metadatos, y cuyo registro, elaboración, almacenamiento y resguardo, permiten la obtención de información estratégica agregada sobre ese ambiente social. Naturalmente dependiendo de las capacidades de interrogación que sobre la data exhiba el poseedor o propietario de ella. Esto último no es trivial, pues en el Estado moderno el propietario de la data es generalmente una empresa que opera a mercados libres.

Hasta hace poco, el metadato sobre las comunicaciones ciudadanas era preocupación y materia apenas de la teoría de los delitos, del ámbito de los estudios penales o del marketing comercial para determinar conductas de consumo. Y generalmente terminaba –y termina– lesionando derechos constitucionales sin ninguna responsabilidad. En el primero de los casos, permitía circunscribir relaciones para acotar hipótesis de responsabilidad en la investigación de hechos o delitos. En el segundo, psicología social en conductas de consumo.

Hoy, el tema aparece devuelto al ámbito de la información estratégica, pues ayuda a construir, por ejemplo, una fotografía del tipo y velocidad de comunicación de los ciudadanos de un país o de sus instituciones, públicas o privadas. Esa sincronía es un factor de poder que va de la mano de otros ámbitos, y es un elemento apreciado en la llamada velocidad de funcionamiento digital de un país. Las fuentes y accesos de internet, sus nudos críticos y su cobertura, la completitud de las telecomunicaciones, la seguridad de la infraestructura crítica o la política satelital, son todos materiales apreciados en la formulación del perfil estratégico de un país y, también, una información preciosa para un eventual adversario. ¿Alguien se acuerda de los chascarros del gobierno y el terremoto del año 2010 en Chile? El núcleo vital del país quedó a la deriva, demostrando que el país no tuvo, al menos por 48 horas, un mando integrado.

Vitrineando por un satélite

Por lo mismo, ciertas decisiones de política pública son un claro ejemplo de si se está razonando de manera estratégica o simplemente se está yendo al mercado a vitrinear, porque hay dinero en el bolsillo para comprar. Todo lo que rodea al Ministerio de Defensa, aunque este no debiera ser el caso, resulta lo menos transparente a la opinión pública en este aspecto, sobre todo porque no controla su sector.

Ello está ocurriendo con el reemplazo del satélite FASat-Charlie, cuya vida útil llegó a su término. Hasta ahora no se sabe si se ha tomado alguna decisión, aunque Chile requiere satélites para robustecer sus telecomunicaciones y tener una mejor visión de su territorio que le permita anticiparse a los desastres que su fragilidad geofísica le pone como prueba cada cierto tiempo. Eso, si pensamos solo en la paz. Pero poco se sabe al respecto. No existe una institucionalidad que lleve adelante la política respectiva, cuyo propósito siempre se definió como de uso civil y de defensa; tampoco se ha realizado una auditoría de resultados del FASat-Charlie, y cuyo modelo de negocios le habría reportado a la FACH sobre U$700 millones como encargada de la administración del satélite, y en el Ministerio de Transportes funciona una comisión ad hoc, sin mucha información.

Los arcanos culturales más arraigados, como patria, honor, bandera, modelos de heroicidad, que caracterizan el subconsciente colectivo, influirán por cierto en el perfil final de los metadatos. Pero su valor es cada vez menor en la determinación de las voluntades y conductas. La antropología política que privilegió solo el estudio de cuatro patrones –el poder político, el poder económico, el parentesco y el ritual– ha quedado corta. Las sociedades digitales son lo suficientemente gruesas y complejas para tan poco dato. Las encuestas se equivocan porque son incapaces de usar la big data en sus estáticas mediciones y se enredan en promedios estadísticos que no marcan tendencias.

De más está señalar el impacto positivo –si efectivamente se hizo el trabajo comprometido al comprar el FASat-Charlie– para la política nacional de riego, el control de glaciares, la desertificación o los desarrollos urbanos y zonas de incendios, y un etcétera enorme, incluidos los puntos de riesgo geofísico como Santa Lucía, en Aysén, Atacama o el mismo Chaitén. Pero nada se sabe de esto realmente, ni tampoco de los hallazgos mineros, si es que los hubo. Si no se hace una auditoría financiera y de resultados antes de comprar o renovar el FASat-Charlie, la verdad es que el país estaría vitrineando un satélite y a nadie le importaría, en este caso, el significado estratégico de la hibridez en materia de seguridad y defensa.

Quizás ni siquiera se entienda el concepto. Como contrario positivo al respecto se debe mencionar que, incluso sin pensarlo, el cambio en la matriz energética operado por la Presidenta Bachelet, y la instalación de la fibra óptica hacia el sur inaugurada por la Subtel, tienen impactos estratégicos decisivos sobre el tema que estamos comentando.

En materia de satélite, Chile quedó rezagado frente a Perú y Bolivia, y con un riesgo enorme de pérdida de información. En 2001, nuestro país era tercero, solo superado por Brasil y Argentina; hoy, está en sexto puesto y ha visto cómo pasan a la delantera vecinos como Perú, Bolivia e incluso Venezuela. Hace un año, Perú colocó con éxito su satélite PerúSAT1, comprado a la francesa EADS con una resolución de 0,7 metros, la mitad del FASAT Charlie, con el que pasó a liderar la capacidad de observación en Latinoamérica, Mientras tanto Bolivia el año 2013 gastó US$300 en un satélite de telecomunicaciones comprado a China, el Túpac Katari, cifra muy similar a la que debería pagar Chile por un satélite óptico francés o norteamericano.

Mirando el futuro

Así las cosas, la vieja teoría de contabilizar poblaciones como componente del poder nacional está hoy corregida por la contabilidad de conductas específicas y la capacidad de adaptación a la velocidad digital de esa población, a su comprensión y sincronización con el funcionamiento de sus instituciones y gobierno, a la calidad de su infraestructura digital. Lo mismo ocurre con el territorio, las plantas industriales y, por supuesto, el diseño de la capacidad de fuerza militar y de defensa. No se trata solo de volumen sino de calidad, de contextos y capacidades sociales que determinan respuestas colectivas.

Los arcanos culturales más arraigados, como patria, honor, bandera, modelos de heroicidad, que caracterizan el subconciente colectivo, y desfilan todos los 19 de septiembre de nuestra vida, influirán por cierto en el perfil final de los metadatos y también de las conductas. Pero su valor es cada vez menor en la determinación de las voluntades y conductas sociales. La antropología política que privilegió solo el estudio de cuatro patrones –el poder político, el poder económico, el parentesco y el ritual– ha quedado corta. Las sociedades digitales son lo suficientemente gruesas y complejas para tan poco dato. Las encuestas se equivocan porque son incapaces de usar la big data en sus estáticas mediciones y se enredan en promedios estadísticos no que marcan tendencias.​

Hoy toda sociedad está sometida de manera constante al escrutinio de su capacidad híbrida, no al modo en que la pensó Néstor García Canclini, como puerta de entrada y salida de la modernidad, sino en la complejidad del nuevo sujeto pueblo, transversal y diverso, esencialmente tecnológico, como lo describió Ernesto Laclau en sus últimos trabajos.

Por supuesto, no se trata en esta columna de hacer de la guerra y el conflicto un concepto holístico de carácter perpetuo, basado en anticipación y tecnología –una especie de Leviatán digital– sino simplemente dar cuenta de que la realidad actual hibridiza tanto los conflictos como los factores de poder, y la manera en que estos se conjugan y articulan –enjambran, dicen algunos tácticos y estrategas– es un arte continuo que no depende de la existencia o no de una guerra, sino de un concepto de calidad y planificación que se deben prever y valorar de manera anticipada.

Así, por lo menos, existe la posibilidad de controlar e invertir bien los recursos escasos.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV