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El desafío DC por un perfil propio y con una centroizquierda renovada

por 31 enero, 2018

El desafío DC por un perfil propio y con una centroizquierda renovada
El ámbito de la izquierda se ha diversificado, transformado y renovado, pero no ha crecido, y el espacio que deja de cubrir la Falange no lo absorbe la izquierda, sino que pasa a abstención o, como recientemente sucedió, a darle el triunfo a Sebastián Piñera. Me parece indudable que lo único que puede hacer frente a la derecha en su mejor momento en muchas décadas, es una DC fuerte y con perfil propio en una centroizquierda renovada, porque en nuestro sistema el que se aísla, muere. Aquí y en cualquier parte, el que no tiene un perfil propio no cuenta. Pensar que ambas cosas se contraponen es absurdo.
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La Democracia Cristiana (DC) ha iniciado un largo camino que la llevará a procesar su actual crisis de convivencia, una duda de sentido y la derrota electoral, todas consideraciones de fondo, como se puede percibir por el simple hecho de que las ondas expansivas del remezón sufrido aún siguen produciéndose. La DC puede recuperarse perfectamente de su situación actual, pero para eso tiene que tomar decisiones acertadas y no cometer ningún error grave mientras decide su futuro.

Parto por lo más inmediato, lo electoral, para concluir después con lo más importante, la convivencia interna y el sentido.

Creo que las cifras avalan que no perdimos por lo último que hicimos en la elección más reciente, porque eso respondería a una derrota pequeña, producto de aspectos tácticos, sino que la respuesta está en el conjunto de lo que dejamos de hacer en un proceso más largo, una larga y continua línea de descenso que se explica por razones de fondo.

La trayectoria electoral de la DC en 28 años, medida en elecciones parlamentarias, muestra que ha experimentado ciclos largos de caída que suman 16 años, intercalados con una recuperación más corta que suma 12 años. Las caídas han sido más significativas, porque han cubierto más tiempo y han significado retrocesos bruscos, mientras que los períodos de recuperación han sido más breves y no han tenido continuidad. Caer puede ser rápido, pero recuperarse de una baja es un proceso lento: la Falange ha descendido hasta 6,6 puntos entre dos elecciones y no hemos llegado a crecer dos puntos entre elecciones.

Lo cierto es que solo nos ha ido bien cuando hacemos un esfuerzo deliberado por crecer, y aquí es cuando aparece la buena noticia. La DC sabe perfectamente lo que tiene que hacer para que le vaya bien: embarcarse en un proceso largo de recuperación, recurrir a su experiencia.

Mirando lo que ha ocurrido en estos años, se puede comprobar que la DC crece cuando hay un gobierno fuerte de centroizquierda o cuando hay un gobierno débil de derecha. También ha crecido cuando existe un candidato fuerte en la centroizquierda. Y sin duda, crece cuando se presenta en coalición o en pacto electoral, siendo el partido más grande del pacto. Le va bien cuando realiza una buena negociación con sus socios y le va excelente, cuando define de manera democrática sus candidatos y sabe preservar su unidad partidaria.

La DC tiene que persistir en la buena senda y, además, agregar a lo que ya sabe que funciona, un esfuerzo decidido por la renovación de su dirigencia. Salvo las muy conocidas excepciones, los mismos de siempre, haciendo lo mismo de siempre, lleva siempre al declive.

Pero hay más. Si se agrupan los partidos en grandes tendencias, se puede comprobar que, en estos casi 30 años, cuando en una elección parlamentaria la DC disminuye su votación, al mismo tiempo ocurre que la izquierda disminuye y que la derecha se fortalece. Al revés, cuando la DC aumenta sus votos respecto de la votación anterior, la izquierda sube y la derecha baja. En una palabra: cuando se debilita la Democracia Cristiana es la derecha la que gana.

El ámbito de la izquierda se ha diversificado, transformado y renovado, pero no ha crecido, y el espacio que deja de cubrir la Falange no lo absorbe la izquierda, sino que pasa a abstención o, como recientemente sucedió, a darle el triunfo a Sebastián Piñera. Me parece indudable que lo único que puede hacer frente a la derecha en su mejor momento en muchas décadas, es una DC fuerte y con perfil propio en una centroizquierda renovada, porque en nuestro sistema el que se aísla, muere. Aquí y en cualquier parte, el que no tiene un perfil propio no cuenta. Pensar que ambas cosas se contraponen es absurdo.

Si la Nueva Mayoría tiene fecha de vencimiento, puesto que es la coalición que respalda un gobierno que termina, mayor razón para no caer en el vacío y empezar el diálogo para converger en el nuevo escenario político.

Los inicios de un diálogo no se caracterizan por las exclusiones previas. Las convergencias y divergencias se comprueban, no se presuponen. La primera condición para reconstruir la centroizquierda es proponérselo, y la DC debe ser activa en este propósito.

“En la DC lo que más duele no son las diferencias de opinión a las que todos están acostumbrados, sino el mal trato mutuo al que nadie está acostumbrado. Es esto, por lejos, lo que explica las desafiliaciones. El cultivo de la descalificación y del ataque personal es, típicamente, un mal de elite que irradia hacia abajo. Enmendar esa conducta es responsabilidad de los mismos que se permiten desmesuradas licencias. No apelo a una súbita conversión de los espíritus. El cultivo de la fraternidad es una tarea política como cualquier otra, y se parte dejando de hablar pestes”.

Probablemente, el diálogo nos lleve a grados variables de acuerdos y discrepancias. Con el tiempo, los que tengan un grado alto de convergencias reconstituirán una coalición, con otros habría la posibilidad de establecer pactos, pero debe procurarse algún tipo de entendimiento político. De otro modo, se perderá catastróficamente las próximas elecciones, que serán municipales y de gobernadores regionales.

Con todo, no es lo electoral lo que más importa, porque no es el buen rendimiento en las urnas el que consigue una mayor fraternidad al interior de la DC. No es así como ha ocurrido en 28 años, es al revés: es la fraternidad interna lo que consigue buenos resultados electorales. Y es, sin duda, en la recuperación de esa fraternidad donde se encuentra el elemento clave de la recuperación del partido, uno que puede resistir cualquier discrepancia, siempre y cuando se mantenga el respeto mutuo y se cultiven los afectos.

Esto puede extrañar a quienes tienen de la política una imagen distorsionada como frías máquinas de poder. Para pensar así hay que carecer por completo de la experiencia de la militancia. La generosidad en política es mucho más frecuente de lo que se piensa desde fuera, y, sin el desinterés de miles de personas, ningún partido puede funcionar.

Por lo mismo, en la DC lo que más duele no son las diferencias de opinión a las que todos están acostumbrados, sino el mal trato mutuo al que nadie está acostumbrado. Es esto, por lejos, lo que explica las desafiliaciones. El cultivo de la descalificación y del ataque personal es, típicamente, un mal de elite que irradia hacia abajo.

Enmendar esa conducta es responsabilidad de los mismos que se permiten desmesuradas licencias. No apelo a una súbita conversión de los espíritus. El cultivo de la fraternidad es una tarea política como cualquier otra, y se parte dejando de hablar pestes. Como decía el escritor Amos Oz, hablando de una receta para el conflicto del Medio Oriente: “Hagamos la paz, no el amor”. Eso, como punto de partida, después podemos llegar a más.

¿Cuándo sabremos que la DC está superando sus problemas? Muy sencillo: será cuando uno abra el diario y se encuentre con una declaración de un dirigente emblemático diciendo algo bueno de los que piensan distinto en su partido.

La crisis de convivencia va de la mano con la pérdida del sentido de la acción. El mal de nuestros tiempos es la depresión, y así como afecta a las personas, también contagia a las organizaciones y, sin duda, la DC hoy tiene todos los síntomas de una depresión aguda.

No es para menos, es lo que ocurre cuando los ideales se te vuelven en contra: aspiras a construir un país “comunitario” –fraterno y solidario– y eso precisamente es lo que has dejado de practicar en tu casa. Otros, entran en crisis porque su proyecto de país quedó obsoleto y se les cayó un muro encima. Nosotros tenemos problemas de puro vigente que tenemos nuestro ideario.

En estos casos cada cual debe volver a las fuentes. En este caso la fuente es cristiana y ha tenido una actualización extraordinaria con la visita del Papa. En la Catedral, en el encuentro que tuvo con los sacerdotes y personas consagradas, Francisco trató de lleno el caso de una organización en crisis: la propia Iglesia, y señaló el camino para recuperar el rumbo. Habló de la relación de Jesús con Pedro después que lo negó, después que otros huyeron, se escondieron o se marcharon. Para el momento en que todo falla, el Papa llamó a no caer en “la peor de todas las tentaciones”, que es “quedarse rumiando la desolación”.

Pidió reconocer que “nuestras sociedades están cambiando” y que “el Chile de hoy es muy distinto”, y no olvidar “que la tierra prometida está delante, no atrás, que la promesa es de ayer, pero para mañana”. Instó a seguir el camino de Pedro, confrontándonos “no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad”, a “no disimular o esconder nuestras llagas” y a sabernos perdonar, porque “fuimos tratados con misericordia”.

El camino de salida consiste, entonces, en “pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado”. Renovarse es asumir el compromiso “de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal… sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús”. Pensando en los demás se puede recuperar la unidad, que Francisco tan bellamente definió en Temuco como “una diversidad reconciliada”. En fin, como se dice en cristiano: “El que tenga oídos, que oiga”.

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