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Tres verdades incómodas sobre los incendios forestales chilenos

por 20 febrero, 2018

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Al momento de escribir esta nota, ya hay claridad que en este período estival la voracidad de los incendios forestales no es ni remotamente parecida a la del año anterior. Esto último es una buena noticia. Pero, no todo es color de rosa: veamos. Desde hace un par de lustros en Chile hay entre 5 y 6 mil incendios forestales cada año. Este año la proyección muestra que el número de incendios es prácticamente la misma que el año anterior, y que el anterior del anterior. El 99% son causados por acción humana, ya sea voluntaria o involuntariamente.  ¡Consecuentemente, mientras no seamos capaces de bajar el número de incendios, nuestras campañas de prevención de incendios continuarán siendo un fracaso¡

Como se habrán dado cuenta hasta este minuto, una cosa es trabajar en la prevención de los incendios, es decir para que simplemente no existan incendios y otra cosa es trabajar para apagarlos cuando estos ya se declaran. La primera actividad no tiene glamour, es muy complicada ya que se debe hacer en invierno, con la comunidad urbano-rural organizada, con agentes locales municipales, con brigadas de asistentes sociales, en fin, ensuciándose los pies con el barro. La segunda, por el contrario, es glamorosa, ya que los autodenominados caballeros del fuego luchan denodadamente contra él y, se emplean medios muy mediáticos como helicópteros de alto costo horario; brigadas con uniformes muy vistosos; incluso puede haber aviones de pasajeros que tiran una inútil lluvia para la televisión. Además, los directores de los organismos de emergencia aparecen compungidamente frente a las cámaras y nos explican que los incendios están desatados y no hay como apagarlos, aunque nunca dicen estas palabras.

Empero, si nuestras campañas de prevención de incendios forestales sirvieran para algo, es decir si hubiera menos incendios porque realmente los prevendríamos, toda la parafernalia mediática que trae aparejada la función de combate de los incendios sería disminuida. Esto porque la literatura seria sobre incendios forestales nos enseña que, por cada peso bien invertido en prevención, se ahorra hasta 99 pesos en combate. Convendrá el lector de mente aguda que muy difícilmente las campañas de prevención tendrán éxito ya que se disminuiría el negocio que hay involucrado en torno a los incendios forestales. Me refiero directamente a los arriendos de aviones a empresas españolas, al arriendo de helicópteros a empresarios locales, a las compras de insumos y materiales para equipar a las brigadas, en fin, al contingente de brigadistas que anualmente se emplean para el combate, entre otros.

Hagamos un paréntesis en esta comunicación para tratar de explicar una variable técnica de los incendios forestales. En primer lugar, alrededor del 60% de los mismos se originan en zonas llamadas de interfaz, es decir entre la ciudad y los ecosistemas forestales, sean estos naturales (bosques nativos) o artificiales (plantaciones de pinos o Eucalyptus). Por ello, estos incendios son posibles de prevenir ya que se sabe adónde se originan y porqué se desencadenan. Dicho sea de paso, contrariamente a lo que se pudiera pensar los bosques no se mueven ni amenazan a las ciudades, ya que ocurre justamente lo contrario: son las ciudades las que crecen, las que van colonizando terrenos periféricos con familias jóvenes con bajos ingresos que necesitan vivir en las mismas, las que se acercan peligrosamente a los ecosistemas forestales.

En segundo lugar ¿Por qué el 40% del número total que son realmente incendios forestales no disminuye año a año? Bueno, se trata de una reacción tardía o simplemente inexistente de parte del Estado de Chile. Así, por ejemplo, en la zona central si un terreno posee vegetación nativa esclerófila y su propietario quiere efectuar un emprendimiento agrícola, urbano, industrial u otro, en muchas ocasiones no se le otorga la autorización de cambio de uso del suelo por parte de la SEREMI de Agricultura correspondiente. Luego del incendio “casual”, al no haber bosque porque se quemó, el permiso es otorgado. Un poco más al Sur, si un terreno posee una plantación de Eucalyptus que está afectada por la plaga del Gonipterus que le impide crecer y que lo transforma en un cultivo absurdo porque no genera renta, la CONAF, aplicando la legislación forestal chilena se lo impide y ata el suelo a un cultivo forestal eternamente. Luego del incendio de la plantación de Eucalyptus se puede cambiar el uso de la tierra. Esto se repite si la plantación es de Pino Radiata y se busca el cambio de uso para cualquier otra opción agrícola tampoco se puede hacer por impedimento del DL 701. De igual manera, este absurdo legal se repite para los bosques nativos, que son profusamente incendiados para cambiar de uso ya que el Estado no posee la flexibilidad necesaria para limitar los daños y se somete a extensas superficies a incendios intencionales faltos de respuestas administrativas a las necesidades de los habitantes rurales.

Convendrá el lector de mente aguda que muy difícilmente las campañas de prevención tendrán éxito ya que se disminuiría el negocio que hay involucrado en torno a los incendios forestales. Me refiero directamente a los arriendos de aviones a empresas españolas, al arriendo de helicópteros a empresarios locales, a las compras de insumos y materiales para equipar a las brigadas, en fin, al contingente de brigadistas que anualmente se emplean para el combate, entre otros.

En síntesis, es importante entender que el incendio forestal provocado es una respuesta de propietarios desesperados buscando rentabilidad de sus suelos, a la inflexibilidad del Estado que aplica legislaciones atrasadas, derivadas de una ideología que ata el cultivo forestal eternamente al sitio. Bajar sustantivamente el número de incendios realmente forestales es menester del Estado ya que masivamente son la respuesta ante su propia inflexibilidad y obtusa aplicación de una legislación atrasada e innecesaria. Los bosques se conservan con otras prácticas no con restricciones a las iniciativas económicas.

Por supuesto que también existen incendios por negligencia, como aquellos que se originan por la producción de arcos eléctricos en cables de alta tensión y se prende la vegetación que no fue convenientemente cortada como fue el caso en la región de O’Higgins en 2017; o aquellos que se originan por descuido al costado de las carreteras que no poseen cortafuegos de parte de las concesionarias o de la Dirección de Vialidad. También hay incendios de montaña producto de tormentas veraniegas secas, donde rayos afectan a bosques nativos de muy difícil acceso (sobre 50 el verano del año 2015 en la Cordillera de Ñuble, Biobío y Malleco). Empero, los incendios inaceptables son aquellos ocasionados por las personas que no ven otra opción que prender fuego para originar un cambio de actitud del Estado.

Al inicio de esta comunicación aseguramos que no todo es color de rosa. Esto porque si objetivamente, el mismo número de incendios forestales o de interfaz han afectado a una superficie 20 veces más pequeña que el año anterior, esto no tiene nada que ver ni con los preparativos del sistema de protección contra incendios de las empresas forestales ni del Estado de Chile ni con la rapidez con la cual están reaccionando a los incendios presentes. No, esto se debe ni más ni menos, a que la vegetación, fruto de un año normal, es decir que llovió como cuando éramos niños, posee al día de hoy todavía, pese a que hace 2 meses no llueve en la zona central de Chile, en sus tejidos, una cantidad de agua que hace muy difícil, o dificulta su combustión. Esto se mide mediente el Índice de Humedad de la Vegetación (IHV). El verano del año 2017 el IHV estaba bajísimo por lo que el mismo número de incendios que el año anterior y que en este año presente, significó una voracidad descomunal, quemando ½ millón de hectáreas de vegetación nativa y plantada.

Hay estimaciones que dan cuenta que en materia de plantaciones forestales el incendio de 200 mil ha del año anterior corresponde al esfuerzo neto de plantaciones nuevas de 40 años. Hoy los propietarios de predios forestados quemados de las Regiones de O’Higgins, el Maule y Biobío, son 40 años más pobres. Y, como es evidente, si se nos presenta una serie de años secos como los que tuvimos desde el 2010 en adelante, las posibilidades de nuevos mega incendios son altísimas.

Por todo lo anteriormente dicho es que necesitamos prevenir los incendios de interfaz, forestales y de cambio de uso del suelo, que hoy se encuentran todos mezclados y a cargo de una misma organización, con medidas lógicas, institucionales y administrativas inteligentes y audaces. Para ello debemos reconocer ciertas verdades incómodas.

La primera verdad incómoda es que no pueden ser los mismos quienes previenen incendios que aquellos que apagan incendios.  ¡Es lógico, si se previenen muy bien, luego no habrá incendios y eso es un mal negocio para los que se dedican a apagarlos! Quién trabaja y se la juega institucionalmente por la prevención de los incendios es enemigo, institucionalmente hablando, de quién los apaga. Debe haber allí una sana competencia. La prevención se debe realizar en las zonas de interfaz, donde el fuego se desencadena como incendio urbano y luego afecta a ecosistemas forestales.  La preocupación y la acción aquí se desarrolla sobre basurales clandestinos, sobre matorrales impenetrables, sobre niños aburridos en el estío marginal, sobre plagas de roedores que invaden las casas, en fin, sobre pobreza urbana en periferia forestal. En síntesis, la prevención comienza en invierno y continúa en verano y primavera, es decir es una actividad permanente de intervención sobre la sociedad. La prevención debe ser desarrollada por los organismos forestales del Estado de Chile.

La segunda verdad incómoda es que el combate de incendios forestales debe ser de máximo profesionalismo y no es posible que año a año los brigadistas sean despachados a sus casas y se pierda su experiencia. Es necesario que los brigadistas sean profesionales tiempo completo constituyendo unidades altamente especializadas a cargo de organismos también altamente especializados. El combate de incendios debe ser desarrollado por aquellos que se ocupan de las emergencias de toda índole.

La tercera verdad incómoda es que el Estado debe aplicar con flexibilidad la legislación forestal, evitando que los propietarios se enfrenten a callejones sin salida. Se requiere ser flexibles e imaginativos para que los recursos forestales y plantados sean compensados si es que se requiere cambiar de uso la tierra. Los organismos forestales deben entender que los suelos pueden y deben ser utilizados para mejorar la calidad de vida de sus propietarios y que no existe un cultivo eterno y un suelo no puede estar atado eternamente a la actividad forestal.

Como es evidente, estas tres modificaciones organizacionales no pueden ser aplicadas de a una. Deben hacerse al unísono para, en primer lugar, disminuir los incendios de interfaz, luego ser muy eficientes en el ataque y combate de los incendios forestales que se desencadenen y, finalmente, impedir el fuego intencional como estrategia de cambio de uso de la tierra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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