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Un fantasma recorre Chile: la hora de la reflexividad ha llegado

por 30 mayo, 2018

Un fantasma recorre Chile: la hora de la reflexividad ha llegado
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Hace ya cinco años, un grupo interdisciplinario de académicas chilenas argumentó en el libro “Desigualdad en Chile: La Continua Relevancia del Género”, que la ausencia y aparente intrascendencia del género en la agenda pública y movimientos sociales del momento, no se debía a cuentas optimistas sobre la reducción de la desigualdad genérica.

Por el contrario, su ausencia y opacidad eran, en efecto, fuentes de su inexorable persistencia en el tiempo. Las demandas de ese entonces, por acceso a recursos sociales y redistribución material, proliferaban con fuerza a partir de la revolución en torno a la democratización de la educación, aun cuando sus cánticos sonaban acordes con las promesas del modelo: acceso, mérito, movilidad social. La exclusión material era la base de la explicación de las vidas al margen de cientos de jóvenes; y la falta de acceso, el por qué de la crisis de representación. El género escasamente se relacionaba con la desigualdad en Chile, invisibilizado por la naturalidad con que se respiraba.

En ese entonces, planteamos que la imperceptibilidad del género como sistema transversal y omnipresente de desigualdad social, se debía a la naturalización de las desventajas en nuestros marcos de percepción; a su reproducción en el quehacer cotidiano y en el de las instituciones sociales; y a que la sociedad chilena operaba sobre la base de una drástica división entre el espacio público (del trabajo y la política) y el ámbito privado (de la familia y del cuidado), como espacios masculino/femenino con distinto valor social. Argumentamos, además, la potencial rapidez de los cambios en la sociedad chilena, al plantear que las configuraciones históricas de las desigualdades sociales hacían prevalecer algunas de sus formas –lo material- sobre otras –la dignidad, lo simbólico, o la representación- en momentos específicos.

Pues bien, nuevas configuraciones están hoy, evidentemente, desarrollándose ante nuestros ojos y ahora la atención sobre la desigualdad de género comienza a prevalecer y a tomarse la agenda pública.

La sociedad chilena ocupa los últimos lugares, que tanto preocupan, en ránkings internacionales de participación laboral, representación política, brechas de ingreso, posiciones de poder y un largo etcétera, de las mujeres. Y, el origen de esta malaise social es el mismo. Las universidades que actualmente albergan la revolución feminista, no tienen rectoras, vicerrectoras ni decanas en proporción razonable. Es paradojal notar que, de acuerdo al Foro Económico Mundial, a pesar de que Chile ha cerrado la brecha de género en educación, nuestro país está dentro de las pocas naciones que han hecho una inversión clave en educación sin remover, a la vez, las barreras a la participación femenina en el mercado laboral.

La irrupción actual de la desigualdad de género en Chile obedece a la crudeza de la dimensión más íntima, brutal, y por ello, más palpable de esta desigualdad: el abuso y violencia contra el cuerpo: la “materialidad” de lo femenino, que define, de tantas maneras, la subjetividad de las mujeres. Abuso y acoso sexual, violación y muerte, son consecuencias irreparablemente ligadas a una noción de feminidad y de mujer sujeta a un “orden patriarcal”, un concepto que resume la inmensidad social que relega lo femenino al segundo orden. Lo intangible de esta condición es el miedo cotidiano de “ser” aquello legítimamente abusable, desde la calle al trabajo a la intimidad de lo privado. Las mujeres hemos sido recordadas, desde pequeñas, que nuestra “materialidad” femenina nos sentencia.

Pero, al igual que las luchas en torno a la clase social, lo material y tangible de la condición del sujeto es la punta más visible del iceberg –hambre en uno, violación y muerte en otro-. Como las cortezas de un árbol, la violencia en contra de la materialidad del género, el cuerpo, es una de las múltiples dimensiones, sino la más cruda y perceptible de la desigualdad de género en Chile. Más no la única. Bullendo en su interior está la condición subordinada -y generalizada- de la mujer en las instituciones, en las prácticas sociales y en las interacciones cotidianas. Mientras la sociedad chilena empieza a rasgar vestiduras por no haber visto la violencia explícita de género, la descalificación tácita persiste como si no fuese del todo relevante. En efecto, ¿cómo entender en la era del género, la ausencia de mujeres en espacios de autoridad y de poder? ¿Cómo explicar la escasa representatividad? ¿Cómo, las dobles exigencias para tener una oportunidad y a pesar de ello, el ingreso desigual? ¿Cómo, las agresiones cotidianas del “humor” y las buenas costumbres?

La sociedad chilena ocupa los últimos lugares, que tanto preocupan, en rankings internacionales de participación laboral, representación política, brechas de ingreso, posiciones de poder y un largo etcétera, de las mujeres. Y, el origen de esta malaise social es el mismo. Las universidades que actualmente albergan la revolución feminista, no tienen rectoras, vicerrectoras ni decanas en proporción razonable. Es paradojal notar que, de acuerdo al Foro Económico Mundial, a pesar de que Chile ha cerrado la brecha de género en educación, nuestro país está dentro de las pocas naciones que han hecho una inversión clave en educación sin remover, a la vez, las barreras a la participación femenina en el mercado laboral.

El género empieza a prevalecer. Y en buena hora. La opacidad está llegando a su fin en lo más despiadado de la desigualdad que nos condena. Pero, ¿cuál es el hito necesario para inmovilizar la violencia cotidiana del no reconocimiento, de la falta de dignidad, respeto, e inclusión de las mujeres chilenas?

La hora de la reflexividad, ha llegado.

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