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Las utilidades de las Isapres y la esquizofrenia del capitalismo

por 8 junio, 2018

Las utilidades de las Isapres y la esquizofrenia del capitalismo
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El aumento incontenible de la utilidad de las Isapres vuelve a poner en el tapete la legitimidad de un sistema que es percibido por mucho como un gran negociado de la salud. Las razones de insatisfacción con el sistema de salud privado son muchas, desde la increíble discriminación y castigo a las mujeres (particularmente a aquellas en edad fértil), pasando por el alza unilateral de primas, la letra chica para cobertura de distintos tratamientos o enfermedades más complejas, hasta las benditas preexistencias, que terminan por excluir a aquellos que más necesitan una cobertura de salud.

Dos perspectivas ideológicas ofrecen visiones contrapuestas sobre este fenómeno. Desde el punto de vista de los defensores del capitalismo, la provisión privada de seguros de salud (organizada a través de las Isapres), es la forma más eficiente de responder a esta necesidad, lo que se vería respaldado por la preferencia de miles de usuarios que las prefieren por sobre el sistema público de Fonasa. Para los más ortodoxos (lo que ahora se denomina neoliberalismo), ni siquiera el aumento de las utilidades es cuestionable, por cuanto lo central del sistema es la eficiencia del servicio que provean: si la empresa es capaz de proveer un servicio eficiente generando una alta tasa de rentabilidad, se trataría más bien de un logro que de un defecto que requiera una multa o sanción. Desde esta perspectiva, apenas sería necesario introducir más competencia y transparencia en el sistema, para que los usuarios puedan elegir informadamente entre los distintos planes y empresas.

En contraposición, desde una visión crítica, la cobertura privada de la salud es un negocio que conduce necesariamente a un servicio injusto, que abusa y discrimina a los usuarios. Al tratarse de empresas con fines de lucro, cuyo principal objetivo es aumentar su rentabilidad, se da lugar de manera inevitable a segregaciones que terminan volviéndolo incluso deshumanizante, y cuyo ejemplo más dramático son los llamados planes “sin útero”. El empeño permanente de las Isapres de excluir a los usuarios más riesgosos, así como de no cubrir determinadas enfermedades y tratamientos más caros, no serían así “defectos” o “errores” del sistema, que se puedan corregir, sino que están en la esencia de éste.

Este rol político también choca con la dimensión puramente productiva de las Isapres, según la cual deberían estar sólo orientadas a generar el servicio más eficiente para los usuarios. Se genera así un segundo nivel de esquizofrenia, típica del capitalismo, pero que se vuelve más crítica en el caso de  empresas orientadas a coberturas de salud. Éste se refiere a la contradicción que se produce al constatar que empresas que existen, supuestamente, para proveer coberturas de salud de forma eficiente, terminan invirtiendo buena parte de sus esfuerzos en influir en el plano político para conseguir mejores regulaciones y garantías para sí mismas y aumentar su rentabilidad

Esta disyuntiva en torno a las Isapres es representativa del debate ideológico acerca del rol que les cabe a las grandes empresas en general, principalmente a aquellas orientadas a la provisión de bienes públicos. Para construir una respuesta de fondo, es necesario comprender de manera integral, el rol que cumplen estas empresas en el contexto de una sociedad capitalista.

Quienes defienden la provisión privada de servicios de salud, observan a las Isapres como organizaciones puramente productivas, cuyo rol es exclusivamente proveer un servicio de forma lo más eficiente posible, a cambio de obtener una rentabilidad. Desde esta perspectiva, los aspectos problemáticos de las Isapres (discriminación de las mujeres, exclusión de personas riesgosas, castigo a las pre-existencias, etc.), no son en verdad errores del sistema sino simplemente variables que organizan racionalmente una cobertura de salud eficiente y rentable. No se le puede exigir a una Isapre que le cobre lo mismo a una mujer a un hombre si, racionalmente, la cobertura de una mujer es más cara, y tampoco se le puede exigir que acepte a una persona con una compleja enfermedad crónica, si es que no resulta financiable. En efecto, si se define una Isapre como una organización puramente productiva, con fines de rentabilidad, todas estas decisiones son completamente razonables, consustanciales con su razón de ser.

Pero lo cierto es que la visión de una Isapre como una organización económica o productiva es completamente insuficiente para dar cuenta de la relación que establecen con los consumidores y, en un sentido más amplio, del rol que cumplen en la sociedad. En primer lugar, las Isapres, como todas las grandes empresas, juegan también un papel fundamental en el plano simbólico, a través de la forma en que se presentan en el espacio público. En este nivel, las Isapres intentan posicionarse como algo muy distinto a una organización puramente productiva, y buscan más bien relacionarse con los consumidores sobre la base de una dimensión emocional y personal, que excede con mucha la esfera económica que supuestamente agota su definición.

En este plano simbólico, las Isapres tienden fundamentalmente a encubrir su carácter de organizaciones productivas, orientadas a mejorar la rentabilidad de sus dueños, y se presentan como instituciones verdaderamente preocupadas de la salud de los usuarios, inspiradas en atributos de cercanía, confianza y  preocupación personal, casi como organizaciones de beneficiencia, que es en verdad más o menos lo contrario de lo que son. Mi Isapre, por ejemplo, promociona en la portada de su página web una campaña titulada “Ayúdanos a hacer visibles a los invisibles”, acompañada por la foto de un viejito desdentado. No sé bien si la dentadura irregular tiene alguna conexión con el contenido de la campaña, o es solo un atributo que se considera apropiado para transmitir una imagen de marginalidad, necesaria para elicitar la sensación de compasión y solidaridad que sin duda se persigue; Cito el ejemplo sólo de modo ilustrativo, para señalar que el mensaje que las Isapres transmiten en el espacio simbólico dista mucho de sus verdaderos objetivos.

De esta forma, cuando les conviene para justificar los aspectos más problemáticos de su funcionamiento, como la exclusión de usuarios con pre-existencias, o el castigo a las mujeres en edad fértil, las Isapres recurren con gran presteza a su carácter de organización netamente productiva, que debe guiarse legítimamente por criterios instrumentales de rentabilidad. Sin embargo, cuando se posicionan frente a la opinión pública, y en particular frente a sus usuarios, construyen una imagen completamente distinta, alejada de la racionalidad económica y basada más bien en un aparente sustrato valórico. Se produce así una primera disociación de carácter casi esquizofrénico, entre la imagen simbólica que la Isapre construye de sí misma, a través del marketing, la publicidad, las iniciativas de “responsabilidad social” y otras estrategias, y lo que la Isapre realmente es, y que sale a la luz solo cuando reflota la discusión pública sobre sus regulaciones y condiciones de existencia.

Para decirlo crudamente, las Isapres nunca dicen que la salud de los usuarios no es su objetivo último, que ésta no es más que una función del objetivo final de maximizar utilidades; se plantean en cambio como organizaciones cuya razón de ser es efectivamente cuidar de la salud de sus clientes. Se producen así dos discursos contradictorios que, en el caso de un comercio menor o, incluso de una gran empresa orientada a producción de otro tipo de bienes, resulta fácilmente absorbido por la sociedad pero, tratándose de un bien tan esencial como la propia salud, termina produciendo un crisis de expectativas, y a la larga una fractura social de la que debe hacerse cargo el sistema político. Esta es una de las razones fundamentales por la cual el sistema de Isapres está en crisis, y no otro tipo de industrias, como los supermercados, el retail de ropa o las líneas áreas, donde probablemente también hay abusos, integraciones verticales y utilidades disparadas.

En segundo lugar, las Isapres, así como todas las grandes empresas, juegan también un rol fundamental en el plano político, canalizado a través de un lobby poderoso, de gran influencia en el debate parlamentario, al punto de ser capaces de moldear decisivamente o incluso botar proyectos de ley, para no hablar de otro tipo de injerencias en el sistema electoral y el gobierno. Se trata de una dimensión que también es completamente obliterada en la discusión sobre las Isapres, se la observa simplemente como una especie de externalidad negativa, un “exceso circunstancial”, que podría ser evitado.

Este rol político también choca con la dimensión puramente productiva de las Isapres, según la cual deberían estar sólo orientadas a generar el servicio más eficiente para los usuarios. Se genera así un segundo nivel de esquizofrenia, típica del capitalismo, pero que se vuelve más crítica en el caso de  empresas orientadas a coberturas de salud. Éste se refiere a la contradicción que se produce al constatar que empresas que existen, supuestamente, para proveer coberturas de salud de forma eficiente, terminan invirtiendo buena parte de sus esfuerzos en influir en el plano político para conseguir mejores regulaciones y garantías para sí mismas y aumentar su rentabilidad

Este rol político que juegan las Isapres no sólo pervierte su funcionamiento, y perjudica a los usuarios, sino que termina también invirtiendo los términos del sistema democrático. Así, el Estado, en vez de orientarse a apoyar las condiciones de salud de los sectores más desprotegidos, termina transformándose en un ente controlador de empresas que fueron creadas precisamente para responder a las necesidades de salud de un sector de la población. En el peor de los casos, esta disputa Estado-Isapre, termina con las instituciones democráticas cooptadas por los intereses de las grandes empresas, y actuando en su representación en las sedes deliberativas.

Una respuesta de fondo a los cuestionamientos levantados contra las Isapres, requiere por tanto, en primer lugar, avanzar hacia una concepción de estas empresas que integre estas tres dimensiones de funcionamiento. No se puede seguir considerando las Isapres como instituciones puramente productivas, orientadas únicamente con fines de rentabilidad, cuando su función se relaciona con un tema tan esencial como es la salud de las personas. A través de este camino, se termina por generar empresas “inorgánicas”, sin ninguna responsabilidad por la sociedad de la que forman parte, y que terminan instrumentalizando a su entorno y a las personas, con el fin de maximizar sus ganancias, lo que conduce inevitablemente al conflicto social. Las Isapres se transforman así –como ocurre en la actualidad–, en verdaderos monstruos depredadores del sistema y de las personas, dando lugar a medidas completamente deshumanizantes, cuyo ejemplo más emblemático son los planes “sin útero”.

Es probable que parte de la solución al sistema de la salud sea aumentar la cobertura pública y reducir la participación privada en esta área tan sensible. Sin embargo esto es de difícil viabilidad, en caso de que ocurra será necesariamente lento y gradual, y siempre habrá un espacio importante de participación privada en la provisión de seguros de salud, pues la presión por invertir recursos personales en este ámbito es muy fuerte. Por esta razón, resulta clave reformular también de manera fundamental la forma en que se concibe el tipo de empresas que se hará cargo de la salud de las personas.

No se trata sólo de aumentar las regulaciones externas, o la supervisión estatal, sino de una exigencia aún mayor, que redefina el rol y la forma de funcionamiento de las Isapres desde dentro, incorporando en su mismo ADN, ciertos objetivos y funciones básicas orientadas a tomar responsabilidad por la salud de las personas de forma real, aún más allá del criterio económico. Asimismo, es necesario que se asuma la dimensión política de las Isapres y se oriente en el sentido del bien común y las demandas de los usuarios, a través de ciertos objetivos, funciones y estructuras de toma de decisiones bien definidas, y que, nuevamente, vayan más allá de los intereses puramente económicas.

Una gran empresa orientada a la cobertura de salud no puede estar regida únicamente por criterios de conveniencia económica, sin ninguna visión o preocupación por el entorno del que forma parte. Por ese camino, termina volviéndose inevitablemente en contra de las personas, y de la sociedad en que se inserta.

Esta ilusión propia del capitalismo, de que la mejor forma de dar respuesta a las necesidades de las personas es a través de grandes monstruos económicos que supuestamente sirven para dar un servicio eficiente, pero que en el fondo buscan explotar a las personas y al mundo, para su propio beneficio, está en la base de la sociedad esquizofrénica en la que vivimos. Para superarlo es necesario redefinir por completo el sentido de las grandes empresas, y el tipo de relación que establecen con la sociedad, y con las personas a las que supuestamente sirven. La crisis de legitimidad que enfrentan las Isapres son un buen ejemplo de esto.

 

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