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De conversos, tránsfugas y recalcitrantes

por 31 agosto, 2018

De conversos, tránsfugas y recalcitrantes
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El filósofo Fernando Savater se enorgullece de haber cambiado de idea muchas veces y de seguir cambiando, y yo mismo evoluciono constantemente en mi forma de pensar. La afirmación del fugaz ministro Mauricio Rojas, exmirista según él, de que el Museo de la Memoria es un “montaje”, y lo dicho por nuestro canciller Roberto Ampuero, excomunista, de que se trata de un “museo de la mala memoria”, ¿encajan en la evolución de las ideas que describe Savater?

Desde el nacimiento, cada vez que abrimos los ojos descubrimos algo que desconocíamos y cuando los cerramos, bajo la oscuridad de los párpados, nuestra reflexión nos trae nuevas luces. Ver, experimentar, observar, estudiar, escuchar con espíritu abierto es añadir un pensamiento donde no lo había o ampliar o modificar un concepto anterior. Esa evolución enriquecedora suele experimentar saltos dialécticos, pero la conversión tiene grado de terremoto.

El converso químicamente puro es el férreo, incondicional adherente de un paquete de ideas o una secta religiosa o política ⎯MIR y Juventud Comunista en el caso del dúo de marras⎯ que una noche de insomnio es asaltado por el Diablo vestido de duda. Desgarramiento doloroso, la conversión es la apostasía del creyente que culmina con su emigración a la trinchera enemiga.

Pero en la izquierda no todo ha sido conversión, transfuguismo y arreglo de bigotes. Un núcleo duro de antiguos revolucionarios y nuevos reclutas sigue con las botas puestas. En un mundo de redes sociales y de prensa online, el diario El Siglo y la revista Punto Final, sus medios emblemáticos, han entrado en decadencia y este último acaba de cerrar. Pase lo que pase en los países del decaído socialismo latinoamericano del siglo XXI y sean cuantos sean allí los opositores perseguidos e incluso los muertos, esos recalcitrantes chilenos le quitan el cuerpo al debate sobre la universalidad de los derechos humanos y siguen cuadrados como tabla con lo que queda de los Castro y con Maduro, sin atender al sabio Joaquín Sabina que nos advierte: “Las revoluciones envejecen mal”.

Alucinado, poseído por la revelación, el converso se lanza a predicar su nueva verdad a la manera del fumador majadero que habiendo cortado con el vicio pretende obligar a sus amigos a que abandonen como él el cigarrillo. “Alma que escuchas, yo fui pecador, me emborrachaba…” predica o más bien grita en una esquina nuestro canuto chilensis exhortando a los transeúntes a convertirse de alcohólicos empedernidos en bebedores de cachantún, tecito o coca-cola, pues la mayor victoria del converso es arrastrar a su tribu con él.

Pareciera existir una Ley del Converso que lo obliga a sobreactuar, a demostrar a los demás y sobre todo a sí mismo que la ruptura con su pasado es absoluta, que su adhesión al nuevo credo es sincera, sin marcha atrás. Así, el converso tiende a ser más papista que el papa, como nuestros dos ministrables que en lo referente al Museo de la Memoria dejaron atrás a Piñera y recibieron las loas de la derecha pinochetista: Jacqueline, Desbordes, J. A. Kast.

Las conversiones pueden deberse a la necesidad de salvar el pellejo. Durante las matanzas de judíos de 1391, abundaron en España las conversiones de hebreos que pedían ser bautizados por la iglesia católica para escapar al degüello. Mientras dos o tres llegaron a ser obispos ⎯ministros en el caso del dúo Ampuero-Rojas⎯, centenares de conversos, los denominados “marranos”, fueron acusados de seguir judaizando en secreto y enviados a la hoguera por el gran inquisidor Tomás de Torquemada, nieto él mismo de judíos cristianizados, que se ciñó con despiadada crueldad a la Ley del Converso que exige volverse con máxima rudeza contra los suyos. No más terminaron de reconquistar España, los muy piadosos reyes católicos Isabel y Fernando decretaron la expulsión de los judíos sobrevivientes, lo que dio lugar a una segunda ola de conversiones, hasta que llegó el turno del islam.

En una “pragmática de conversión forzosa” los monarcas sentenciaron que los “mudéjares” ⎯ los moros que permanecían en España tras la reconquista cristiana⎯ debían elegir entre el bautismo o la expulsión. Así, a los judeoconversos se sumaron los “moriscos”, árabes conversos. En los siglos siguientes y hasta 1865, en España un descendiente de conversos no podía ser oficial del ejército ni asumir funciones públicas reservadas a los “cristianos viejos”. Un certificado de “limpieza de sangre” debía acreditar que el candidato no portaba hemoglobina del “pueblo deicida”, vale decir del pueblo judío que dio muerte al judío Jesucristo, ni de los adoradores de Mahoma.

Visto con óptica chilena, un egresado del Verbo Divino con una pasada por la Pontificia y casa en San Damián no necesitará un certificado de limpieza de su sangre conservadora y pinochetista. Pero Ampuero, con antigua residencia en Cuba y la Alemania comunista, y Rojas, que dice haberse preparado para luchar contra Pinochet con las armas, han tenido que dedicar varios años a exhibir en libros, entrevistas y declaraciones sus hemogramas limpios de leucocitos marxistas-leninistas para ser creíbles. Disparar contra el Museo de la Memoria ha sido su doctorado.

En toda conversión suele haber una dosis de oportunismo, como en la del rey Enrique III de Navarra, protestante hugonote que el día en que “subió a París” para ser coronado como Enrique IV de Francia hubo de convertirse al catolicismo amparado en su célebre sentencia: “París bien vale una misa”. En Chile, un ministerio, aunque solo dure 90 horas, bien vale una conversión al piñerismo y un escupitajo “a lo más entrañable del pueblo de Chile, a sus desparecidos, a sus fusilados, a sus torturados, a sus exiliados”, según la inspirada evocación de Raúl Zurita.

Conversiones forzadas también las hubo en Chile. Al esclavizarlos en los lavaderos de oro y el servicio doméstico, los conquistadores bautizaban a los “indios”, aunque advertían que “apenas logran escapar, los bárbaros conversos vuelven a sus herejías”. Durante nuestra dictadura reciente, terrible fue el caso de los prisioneros “dados vuelta”, los torturados que, incapaces de resistir, se “convirtieron” en colaboradores de la DINA como el Fanta, excomunista preso en Punta Peuco, y el Chico Basoa, ejecutado por sus antiguos camaradas de la Jota; como Carola y la Flaca Alejandra del MIR; como la socialista Luz Arce. Arturo Fontaine, en su novela La vida doble, y Carmen Castillo, en su documental La Flaca Alejandra, han puesto la mirada en el drama de estos seres malditos. Si los hubiesen detenido y torturado, ¿habrían resistido Rojas y Ampuero? Es la pregunta que nos hacemos sobre nosotros mismos los que no pasamos por ese trance. Pero si los hubiesen torturado, no imagino que se hubieran lanzado con tutti contra el Museo de la Memoria como han hecho.

En el polo opuesto hay otros conversos: unos pocos ex torturadores y asesinos de la DINA y la CNI que han colaborado con la justicia como el soldado de la aviación Andrés Antonio Valenzuela Morales, que a riesgo de su vida se convirtió voluntariamente en testigo clave sobre algunos de los peores crímenes del aparato represivo, y “el mocito de la DINA” Jorgelino Vergara. Nona Fernández aborda la conversión de Valenzuela en su intensa novela La dimensión desconocida, uno de cuyos capítulos transcurre dentro del Museo de la Memoria, y el drama de JorgelIno y sus escalofriantes revelaciones se documenta en el libro La danza de los cuervos de Javier Rebolledo y en la película El Mocito, de Marcela Said y Jean de Certeau.

Volviendo a la colonia, el más célebre converso de ese tiempo lo fue en sentido contrario, como si el senador Moreira se hiciera comunista. Blandiendo un crucifijo y una lanza, el sacerdote Juan Barba se sumó a las huestes del “butamalón” del toqui Pelantaro, que arrasó las “siete ciudades de arriba” fundadas por los españoles en el sur y dio muerte al gobernador Martín García Óñez de Loyola. Barba es el protagonista de mi novela Butamalón.

Y en un nuevo salto volamos al último cuarto del siglo XX, cuando la conversión de Ampuero y Rojas se gestaba en el exilio tras la derrota de la UP, la muerte de Allende y la instalación de la dictadura, ante el telón de fondo de la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS y el socialismo real en Europa. El reacomodo ideológico, político y existencial de no pocos militantes comunistas, socialistas, miristas, mapucistas que antes se declaraban marxistas-leninistas y que se distanciaron de sus posturas de los años 70 se proyecta hasta hoy. Mis amigos Ernesto Ottone, el padre, y Pepe Rodríguez Elizondo, ex comunistas, han hecho interesantes
aportaciones a este debate. El protagonista de mi novela Cadáver tuerto dice:

“Mirando los hechos hacia atrás llego a la conclusión de que el General en Jefe no sólo agredió mi cuerpo y a mis seres más cercanos con los métodos extremados de sus oficiales de inteligencia, sino que al bombardear el palacio presidencial y empujar a nuestro presidente al suicidio pulverizó mi sueño y el de mi generación de participar en la construcción de la utopía en el País.

Aunque más que utópicos ⎯de la esencia de la utopía es ser inalcanzable⎯ éramos una hueste milenarista: pretendíamos hacer parir la Historia saltando sobre su vientre de chancha preñada para instaurar mil años de felicidad en la tierra que sería “el paraíso de toda la humanidad”, según rezaba nuestro himno de combate. ¿Era viable nuestra fórmula para acabar con las injusticias que abundaban por doquier en el planeta? El devenir de nuestro país y del mundo parecería decirnos que no. Gracias al General en Jefe ⎯o por desgracia⎯ los revolucionarios de entonces tuvimos que asumir nuestra impotencia y, arrastrados por los avances portentosos y las iniquidades abismales de la globalización, hoy oscilamos entre quienes sostienen que teníamos razón y que fue el mundo el que se equivocó y los que creen que la humanidad avanza por el mejor de los caminos y que los equivocados éramos nosotros. Entretanto, nos mantenemos a flote como cínicos beneficiarios de la sociedad de mercado o abogados vergonzantes de cambios al dos por ciento.”

Todo un símbolo de este fenómeno ha sido la renovación del Partido Socialista hacia el reformismo socialdemócrata encabezada por Carlos Altamirano, antiguo líder guatapiquero que le creara serios problemas a Allende con su guapeza de “avanzar sin transar”. A la vez, la disolución del MAPU y la dispersión de sus militantes en un arcoíris de 360 grados ha alimentado con ministros, subsecretarios, jefes de servicio, embajadores, senadores, diputados, alcaldes, tanto a los gobiernos de la “centroizquierda” como a los de la “centroderecha”. Su converso máximo, el mapucista Andrés Chadwick Piñera, subió a Chacarillas a jurar lealtad al genocida Pinochet y sigue en las pistas de la extrema derecha, mientras Fernando Flores, ex ministro de Allende y antiguo preso de Isla Dawson, apoyaba la primera candidatura presidencial del empresario. Una pléyade de mapucistas se ha desparramado en las distintas corrientes del Partido Socialista, PPD, etc., y Juan Andrés Lagos funca de dirigente duro del Partido Comunista.

Los partidos Comunista y Socialista y el MIR pagaron un altísimo precio cuando sus aparatos clandestinos fueron diezmados por los asesinos de Pinochet; el MIR dejó de existir y el antiguo PC, poderoso partido proletario inserto hasta la médula en el tejido social y la historia de Chile, devino en una tienda cupular. En una conversa veraniega de café a la que por coincidencia ambos llegamos de guayabera, José Miguel Varas, amigo entrañable, me confesó que él no sabía en qué momento había dejado de pertenecer al partido. Yo le conté que mi alejamiento tenía fecha: agosto de 1991, el momento en que Gladys Marín apoyó el golpe frustrado contra Gorbachov, cuyos organizadores habían encargado a una fábrica metalúrgica 250.000 pares de esposas destinadas a los opositores y preparado los estadios para convertirlos en centros de detención a la manera de Pinochet. José Miguel hasta su muerte y yo mientras continúe vivo no dudamos en seguir identificados con un progresismo sin arrugas.

Óscar Guillermo Garretón lideró el ala extremista del MAPU, fue subsecretario de Allende y activo expropiador de empresas, y uno de los “más buscados” por la dictadura, y Enrique Correa, el “Guatón”, encabezó la corriente marxista-leninista y fue un valeroso combatiente clandestino. Garretón es actualmente guaripola de posturas pro empresariales y Correa, lobbista número uno de Chile, se dedica a dorar la imagen de empresarios corruptores y políticos corruptos, generales depredadores del presupuesto, acosadores sexuales del cine y la tele. ¿Conversos? Ni tanto: los dos ex MAPU reconocen filas en el Partido Socialista mientras ordeñan las ubres del capitalismo.

Pero en la izquierda no todo ha sido conversión, transfuguismo y arreglo de bigotes. Un núcleo duro de antiguos revolucionarios y nuevos reclutas sigue con las botas puestas. En un mundo de redes sociales y de prensa online, el diario El Siglo y la revista Punto Final, sus medios emblemáticos, han entrado en decadencia y este último acaba de cerrar. Pase lo que pase en los países del decaído socialismo latinoamericano del siglo XXI y sean cuantos sean allí los opositores perseguidos e incluso los muertos, esos recalcitrantes chilenos le quitan el cuerpo al debate sobre la universalidad de los derechos humanos y siguen cuadrados como tabla con lo que queda de los Castro y con Maduro, sin atender al sabio Joaquín Sabina que nos advierte: “Las revoluciones envejecen mal”.

Y para terminar volvemos a nuestros mellizos Roberto Ampuero y Mauricio Rojas. Adivinamos que de acuerdo con la Ley del Converso, han de perseverar en su fuga hacia adelante para tranquilidad de sus propias conciencias y para que el epíteto de “traidores” que les llueve desde la izquierda les sirva de salvoconducto ante sus amigos de la derecha.

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