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La ilusión del centro político

por 30 junio, 2019

La ilusión del centro político
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En política existen pocas certezas y pareciera que la única existente en la actualidad es que el escenario político se ha complejizado. El extenso reinado de las socialdemocracias en el mundo ha devenido en la emergencia de ciertos grupos políticos que se han fortalecido a costa del temor a la diferencia y la defensa de la identidad nacional. En el caso de América Latina, la re-emergencia de gobiernos populistas ha sido vista como una amenaza a la democracia dado su discurso demagógico acerca del poder, el valor del pueblo, la institucionalidad democrática y el orden establecido.

Para algunos, la mejor manera de combatir a los populismos de extrema derecha e izquierda es volviendo hacia el equilibrio otorgado por el centro político. En el caso de Chile, esta tesis ha sido avalada por portavoces de los principales bloques políticos gobernantes desde el retorno a la democracia, quienes han planteando la siguiente dicotomía: por un lado, el virtuosismo de un centro político racional y moderno que ha demostrado capacidad para liderar el proceso de democratización y modernización capitalista; por el otro, un populismo de tintes autoritarios que puede cobrar expresión en los extremos políticos de la izquierda y la derecha (según las condiciones económicas y el tipo de liderazgo) y que tiene como principal característica su débil valoración de la democracia liberal. 

Nadie podría negar el fundado temor que despiertan aquellos discursos fascistas y/o autoritarios que amenazan los cimientos de una racionalidad moderna y su consiguiente promesa de progreso y libertad. En este escenario, el menor de los males parece ser la articulación de un centro político que sepa apreciar los beneficios de una sociedad de mercado y, al mismo tiempo, rectificar los abusos que este mismo sistema pueda “involuntariamente” ejercer sobre los menos favorecidos. No obstante, para quienes creemos en una izquierda democrática, la construcción de una alternativa política socialmente más justa implica dos cosas: primero, la convicción de que una sociedad regida por el mercado acrecienta la desigualdad social, por lo que las supuestas “distorsiones” del sistema deben ser llamadas derechamente injusticias. Segundo, que el desafío político actual nos obliga a pensar los dilemas de las sociedades capitalistas avanzadas desde una perspectiva socialmente convocante, sin por ello renunciar a la radicalidad en la búsqueda de una mayor justicia social.

En el Chile de hoy, el alto valor otorgado al mercado y el predominio que este ejerce sobre la esfera de la vida de las personas representa el principal dilema político para cualquier proyecto de izquierda. Desde una perspectiva crítica, el mercado no ha generado las bases materiales para el ejercicio de una ciudadanía empoderada, capaz de sortear los mares de la desigualdad con más democracia, a pesar del desarrollo económico. En esta sociedad del riesgo, presenciamos una profundización de las desigualdades que día a día atentan contra nuestra calidad de vida desde una perspectiva personal y en relación con nuestro entorno. 

Sin duda alguna, para los defensores de la sociedad de mercado esta desigualdad estructural resulta poco relevante si la realización personal y la inclusión social son entendidas a través del consumo y el crecimiento económico. Es comprensible que para estos amantes del progreso económico resulte difícil entender el sentido de la llamada “desigualdad social”. Esta clase de ejercicio es más cotidiano para todos quienes día a día padecen empleos precarios, bajas pensiones, una cobertura mínima en salud o, simplemente, el servicio de un transporte público (privatizado) de baja calidad.

De ahí que el mencionado malestar social pueda, efectivamente, encontrar respuesta en proyectos populistas –de cualquier color– que en nombre de las desigualdades e injusticias sociales prometa acabar con las corruptas formas de la política tradicional. De hecho, la fórmula de la derecha populista de Bolsonaro en Brasil o Trump en USA, combina la mantención de un orden económico neoliberal y la crítica a la institucionalidad política, con tradiciones culturales y jerarquías valóricas sectarias que son utilizadas como cortafuego a un verdadero avance democrático. 

Así las cosas, la amenaza que pudieran traer consigo los populismos no parece resolverse con un viraje hacia el centro político. Sin ir más lejos, la fórmula del centro político, ha sido aplicada por años en Chile (con matices de izquierda y de derecha según el gobierno), demostrando estabilidad política, avances en calidad de vida y un inestable éxito económico, que solo ha dejado en evidencia la incapacidad de la sociedad de mercado para hacer realidad uno de las promesas centrales de la democracia liberal, a saber, un bienestar económico de la mano de igualdad social.

Entonces, ¿cuál es el nuestro desafío como izquierda democrática? Ser capaces de modificar las bases del orden económico actual, garantizando la defensa de las libertades individuales y el pleno desarrollo de una democracia política, económica y social. El Frente Amplio nace como una alternativa política a los gobiernos pasados, pero reivindicando el valor de la actividad política y su quehacer en las sociedades democráticas. Es por esto que estamos en el parlamento y en los gobiernos locales. La ilusión del centro político se vuelve efectiva y eficaz en época de campañas electorales, porque opera desde el miedo más que desde una propuesta transformadora. Y aunque el temor es comprensible, el deber del Frente Amplio es ir un paso más allá y convocar a esas voluntades políticas realmente dispuestas a realizar transformaciones con y para ese Chile que está en Fonasa, merece una jubilación decente y quiere una educación pública gratuita y de calidad. Nuestro dilema político no gira en torno a si aliarnos con el centro en la lucha para derrotar a la derecha. Nuestro interés es cambiar Chile y para eso debemos ser alternativa con una propuesta sólida y ofrecer respuestas que el centro aún no ha sido capaz de contestar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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