domingo, 18 de agosto de 2019 Actualizado a las 14:18

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Teología política de la derecha

Teología política de la derecha
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La política sigue llamando a la ética. La necesita para legitimarse y validarse frente a la ciudadanía. Esto que parece evidente, en la práctica y en las prácticas no lo es. Ciertas formas de hacer política usan métodos que no pasarían el escrutinio del más común sentido ético. En una columna anterior aludimos a valores y sensibilidades necesarias y, dado el contexto en que vivimos, urgentes. Hablamos de la compasión y del cuidado. Sin duda podríamos referirnos a otras virtudes que la política ha ido dejando “en carpeta” debido a parámetros impuestos y visiones hegemónicas supuestamente incuestionables.

La Teología Política contextual, aquella preocupada de los movimientos sociales y de los empobrecidos, aquella que se elabora como pensamiento propio en América Latina, ha tenido que enfrentarse a formas, prácticas y sistemas políticos diversos y, allí, ha intentado colocar una visión humanista y personalista en la discusión. Visiones, sin duda, debatibles. La política actual sigue interpelando a la propia política. Planteando las preguntas de fondo: ¿Qué maneras? ¿Qué institucionalidad? ¿Para qué y para quiénes? Nos interesa justamente volver sobre esas cuestiones.

Pareciera que desde la derecha nos gobiernan políticas de maximización, donde los números priman por sobre la colectividad. Enunciados que no se cansan de declamar la libertad individual y los máximos beneficios, sin explicar ni especificar cuáles son ni cuales son los costos para llevarlos a cabo. Premisas sobre premisas. ¿Acaso la persona concreta, con sus problemas y esperanzas, no ha desaparecido? ¿Acaso no nos hemos escudado, una y otra vez, detrás de datos, cifras, ingresos y discursos?

Dicha Teología Política no ha cesado de buscar ese rostro humano y defenderlo a toda costa. Sus documentos, de hace décadas y los más recientes, repiten una y otra vez, el horror de la devastación, el olvido de los pobres y denuncian políticas donde la solidaridad, el compartir y la entrega no poseen lugar. La “libre competencia” ha devorado prácticas sociales y políticas públicas ligadas a la donación, entrega y renuncia. Temibles palabras que no son comprensibles fuera del ámbito de lo privado. Podría resumirse en un: “dentro de su casa sea generoso, pero en la esfera pública sea competitivo”. Sin embargo, líderes como Clotario Blest o Anita González, dijeron y mostraron todo lo contrario. Una vida con sentido va mucho más allá del mercado, la ganancia y el éxito.

Vivimos en una mesa coja. Los nuevos -que nunca son realmente nuevos- discursos políticos de derecha extreman posturas altamente peligrosas. Como un círculo cerrado, las ideas que sustentan dichos discursos, no dejan entrar; no acogen, no conversan. No son discursos, son exhortaciones. No nos hablan de proyectos, sino de agendas. No animan a lo nuevo, sino que buscan restituir la tradición y el poder. Son discursos de domesticación. Y pareciera que los interlocutores somos sus mascotas. Se trata de una domesticación a través del miedo y de la incertidumbre. Algo de ello fue el “chilezuela” que triunfó. Algo de eso hay en los discursos políticos domesticadores de Trump, de Bolsonaro, de VOX en España y de José Antonio Kast, en Chile.   

Frente a nubes del no-saber y de la escalada de lo violento y descontrolado; aparecen los héroes del orden. Aquellos que, con sendos artilugios -mano dura- y lenguajes novedosos -performances públicas y neopopulismo religioso- prometen lo que no hemos podido, como sociedad, lograr. Una estabilidad económica y una seguridad ciudadana. Promesas retóricas y ambiguas, ya que permanecen en lo abstracto, de nuevo. Seguridad, ¿Para quienes? Estabilidad económica, ¿Para quienes, donde, para hacer qué? Esas promesas, que por lo demás no son sostenibles ni sustentables desde la perspectiva ecológica o, incluso, moral; quieren situarse en la agenda por sobre la justicia eco-social, la igualdad de oportunidades, la educación de calidad para todos y una salud digna. 

Políticas conservadoras que de a poco van dejando traslucir sus aprioris religiosos. Su teología política de derecha. Pero, talvez, y ahí hemos sido ingenuos, se trata más bien de artilugios y artimañas del poder; banderas que sumar para escalar posiciones y ganar adherentes. Dicho de otro modo, que Bolsonaro aparezca con una polera que dice “Jesús 2019”, junto a grupo de pastores en una Marcha Evangélica o que José Antonio Kast repita varias veces (twitteándolo también) que no fue a celebrar el triunfo de Piñera porque prefirió ir a dar gracias en una Misa; no son confesiones creyentes, sino políticas; no corresponden a bienintencionadas manifestaciones espirituales, sino a “bienintencionados” recursos políticos. Dios acompaña a Kast, así que él camina de Su mano benévola. Nada nos puede faltar. En realidad, y hay que explicitarlo; estas políticas neo-conservadoras tienen muy poco de teología. No construyen un proyecto político de raigambre cristiana, sino al revés. Valiéndose de slogans neotestamentarios (como la defensa de la familia; ¿Cuál? ¿De quiénes? ¿En base a qué?), buscan posicionarse en esferas del poder político, para desarrollar figuras y movimientos, que poco o nada tienen que ver con el servicio, la justicia y la fraternidad. Sus prédicas son mas similares a dictámenes de un juez, que a palabras y silencios propios de quién está a la mesa como el que sirve. Y qué importante es decirlo, pues la figura del juez no tiene nada que ver con lo cristiano. Jesús mismo se alejó de esta figura (Mt 7, 1; Jn 3, 17) anunciando misericordia y la “otra mejilla”. El cristianismo no se trata de emitir juicios ni sentarse en el sitial del juez. Jesús, explica sucesivamente que su mensaje habla de inclusión (de todo lo diverso y distinto) y no de veredictos o tajantes imposiciones sobre el otro. ¡Cuánta distancia de discursos de odio, de mensajes violentos y promesas nacionalistas!      

Y eso no lo hemos sopesado con la seriedad debida. Una falsa inocencia se deja entrever en estos discursos y prácticas. Una especie de ignorancia divertida (como en el Lavín de las playas artificiales en el centro de Santiago). Ingenuidades comunicacionales que más bien constituyen una estrategia. Una estrategia tan buena que tiene a Trump y Bolsonaro liderando pueblos y encauzando historias. No olvidemos que el lenguaje crea realidad y el poder produce lo real (Foucault). Estrategia que alimentan -torpemente- las piñericosas. ¿Acaso no son divertidas? Son tan divertidas que olvidamos que son reales y nos gobiernan. Nuevas estrategias, a partir del espectáculo, la “torpeza”, el “error involuntario” (sic), para domesticar conciencias y apaciguar fuerzas sociales. Una teo-política de lo ridículo.  

Otro de los aprioris inmutables para estas elucubraciones discursivas es la propiedad privada. Lo complicado aquí recae en lo segundo más que en lo primero, a saber, en lo privado. La cultura de lo privado, pues abarca bastante más que lo económico o jurídico; se expresa en términos existenciales. Lo mío vale más que lo nuestro. Lo propio es más importante que lo tuyo. Nuevamente, no debemos ser ingenuos; la libertad y la autonomía del sujeto son grandes conquistas de la modernidad. Sin embargo, desde una perspectiva ecológica y social, han sido exacerbadas y absolutizadas al punto de tener a millares en la miseria, de generar lo que Achille Mbembe llama una “necro política”, aquella versión de la política neoliberal y neocolonial, cuyo subproducto es la muerte. Muerte económica para millones esclavos de la deuda, muerte social de pueblos enteros sumidos en la pobreza y abandono, muerte ecológica de la biodiversidad, frutos de un extractivismo sin conciencia. Muerte de ecosistemas denominados y apuntados como zonas de sacrificio.  

Vale la pena distinguir pues no todo es consecuencia de conceptos o ideas. La vida en sociedad no es simple ni simplista; pero, sin duda, debemos estar alertas a cierta utilización y manipulación religiosa a favor de constructos políticos inadecuados, intolerantes y anquilosados en esa también peligrosa ecuación entre el poder económico, el poder político y el poder comunicacional. No debemos cansarnos de hablar de solidaridad, de justicia, de paz social, de diálogo, de debate público, de participación ciudadana, de donación, entrega, cuidado, hospitalidad y equidad en todos los aspectos. No podemos construir política y sociedad desde el odio y el espectáculo. Ello solo continuará alimentando esa “necro política”. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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