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Para una política de las vidas

por 2 abril, 2020

Para una política de las vidas
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La pandemia del coronavirus está teniendo impactos insospechados. En Chile, desactivó la movilización social de cinco meses -al menos momentáneamente- y nos hizo entrar en una crisis más compleja aún, pues está poniendo a prueba el sentido de comunidad nacional y la institucionalidad estatal para responder a los efectos-estragos que nos hará padecer. Y, como hemos visto, el virus sigue viajando por el planeta, aterrizando en distintas sociedades, con diferentes culturas, economías y Estados y, por supuesto, con desiguales accesos a los servicios públicos y al ejercicio de las libertades democráticas.

Si bien, no es la primera crisis global que hemos vivido en los últimos 20 años -la financiera del 2008, la de las migraciones forzadas, la prolongada crisis por el cambio climático que lleva tiempo- ahora es un hecho frontal que, a diferencia de las otras, golpea preguntando por quién vive, en la puerta de la casa o la empresa. Está en juego la vida, y también la redistribución del poder mundial y local; en esto radica otra diferencia sustancial.

Por ello, es bueno preguntarse por el origen de este virus, sobre el que hay aún un debate. Pero si uno considera como verídico que este virus se origina en un mercado de Wuhan, China, por el consumo de murciélagos (https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30251-8/fulltext; https://www.bbc.com/mundo/noticias-51962135),  esto sería similar a otras nuevas  enfermedades que pasan de animales a humanos, como el SARS 1, el síndrome Vaca loca y el Ébola. Lo que estaría ocurriendo es que los cambios provocados por el Hombre, como el Cambio Climático, la globalización acelerada y desregulada, la destrucción de los ecosistemas y las formas hiperindustrializadas -y por ello artificiales- de producir alimentos (ganado, cerdos, pollos, salmones) han subvertido el vínculo con las demás formas de vida, las que nos responden adaptándose a la nueva situación.

Esto es indicativo que hay un nuevo sujeto que entra en escena de forma evidente. La vida no humana. La naturaleza y los demás seres vivos se han constituido en un actor clave –en realidad siempre lo fueron, resistiendo la acción modernizadora- para configurar la situación actual. Esto tiene implicancias fundamentales para el conocimiento, pues nada puede seguir siendo pensado desde el eje naturaleza pasiva-acción humana ilimitada sobre ella; o, desde el sujeto que actúa sobre objetos exteriores a este, pues el sujeto humano no puede vivir independiente de su entorno que le sostiene la vida.

Dicho lo anterior, pensar el futuro en medio de esta incertidumbre por el presente, puede ser aventurero. Sin embargo, se ha dicho, las decisiones que hoy se tomen marcarán el futuro y por ello es radicalmente necesario generar un pensamiento utópico que organice mejor las decisiones presentes.  Componentes ineludibles de ello son los derechos humanos y la democracia, no porque moralmente puedan ser “superiores” a otras formas de organizar la vida social, sino porque son los que podrán frenar los autoritarismos que adquirirán más adherentes en la medida que el miedo se expanda.

Pero tampoco se trata de dar una cantinela de los derechos y su exigencia de garantías, o que la democracia no se limite al acto electoral. Todo se ha vuelto más complejo, con un Estado debilitado por décadas de neoliberalismo, pues de esta crisis solo se saldrá sin grandes traumas sociales y políticos, si hay una respuesta estatal que no discrimine en el acceso a los derechos a la sanidad, laborales, a la educación, a las libertades civiles y políticas, en países como el nuestro en que la segregación barrial, la desigualdad territorial de acceso a esos servicios y al control sobre las autoridades, son parte estructurante del diario vivir. Junto al fortalecimiento del Estado debería reconstruirse una nueva relación con la sociedad civil, donde ésta se le valore por sus aportes a la generación de comunidades empoderadas que han dado respuestas a los múltiples desafíos (cambiando el típico agradecimiento a los esfuerzos realizados o inventando fondos concursables), que aportan a la estructuración de una nueva forma de democracia participativa.

Pero también, junto a esto, es indispensable que en el debate por la Nueva Constitución que regirá a Chile, se recoja esta experiencia crítica y el medioambiente, los derechos de la naturaleza a su propia reproducción y el respeto al hábitat de los pueblos originarios, tengan un lugar clave para la nueva sociedad que se necesita construir.

No saldremos de la crisis que vivimos, y es posible que se agudice, si no profundizamos en este debate. El crecimiento económico ha mostrado que no lleva al progreso, más bien al “pobrezo”, a la destrucción de las vidas y con ello a la fragilización de la vida humana. En esto la modernidad capitalista y la ideología neoliberal han sido –ojalá- la última fase de este pensamiento agotado por la evidencia de sus efectos.

Construir una respuesta común, requiere que se sostenga en una política de la vida y el bienestar, para una comunidad nacional fracturada por la crisis social previa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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