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No tenemos acuerdo nacional

por 14 junio, 2020

No tenemos acuerdo nacional
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Caen muertos a nuestros pies. Con ellos, cae también toda la democracia chilena. Las calles de nuestro país están repletas de conmoción y la falta de tacto se vuelve hoy, más que nunca, la causa y el motor de una política ciega que nos hunde hasta la miseria emocional. Desde el mundo político, se levantan voces de unión y trabajo mancomunado que ocultan, detrás de sus turbias persianas, intenciones personales por usar y abusar de lo público hasta que no le quede ni una sola gota.

Se erigen en nuestros días propuestas de acuerdo nacional. Gran parte de esas propuestas vienen nada más y nada menos que de aquellos que nos han arrastrado hasta donde estamos, obligándonos a vernos morir los unos a los otros. Los mismos que en octubre no cambiaron su modo de actuar, sus reflexiones personales, su manera de llegar a lo público y trabajarlo, ni tampoco su nula capacidad de saber cuándo detenerse frente a los abusos.

Han quebrado la institucionalidad, y junto a ella, fracturado todo el sentido de lo público. Lo público ha pasado así, de ser lo nuestro, a ser lo ajeno. Algo muy lejano que no nos pertenece, ni que tampoco debería interesarnos. La mecánica fraudulenta del ejercicio político y partidario se funde, para la ciudadanía, en un solo gran bloque arrastrado dentro de nuestras emociones a expresiones tan triviales y originarias como el odio. Como resultado, lo público se desprecia porque es sinónimo del ejercicio político de unos pocos, alejados de la ciudadanía cual dios lo haría de una creación accidental.

No puede haber acuerdo nacional. Pero seguramente habrá acuerdo. Uno entre unos pocos. Entre los mismos inescrupulosos gobernantes y legisladores que hoy disputan hasta la última oportunidad de seguir viviendo de lo que debería pertenecernos a todos, de ultimar las circunstancias y oportunidades en que lo público, lo nuestro, puede volverse lo privado, lo de ellos. Como consecuencia, hoy ya no alcanzan siquiera el sentido común mínimo que tendría cualquier persona. Cuando lo alcanzan, no lo usan. Es posible, en nuestros días, encontrar más sentido común en cualquier recóndito rincón del país que en aquellos que dicen representarnos. La carencia de este sentido es tan manifiesta que los supuestos representantes que no marcan porcentajes de aprobación mínimamente aceptables en términos democráticos en las encuestas (me refiero a los políticos, de forma casi transversal) intentan, mediante un desesperado ejercicio de aprobación, llamarle nacionales a acuerdos que se construirán lejos de todos nosotros. Sin duda, nada de esto es justo.

Con el llamado estallido social de octubre observamos, en efecto, que las calles vivenciaron una explosión de lo público. Lo problemático, sin embargo, viene después: ¿Qué nos unirá mañana, a chilenas y chilenos, por encima de todas nuestras notables y crudas diferencias? Esta debe ser la respuesta que tenemos que diseñar como país para, posteriormente, sostenernos sobre ella. No hay muchas oportunidades de caminar por esta vía como la que hoy tenemos en medio del murmullo y la turbulencia.

En el fondo, la agitación de lo público y el estallido social no necesariamente representan un intento de recuperar lo público. Hemos visto, en efecto, calles repletas y a personas de todas las culturas unidas bajo una misma bandera. Pero, a la vez, lo público e institucional está más fragmentado que nunca. Estamos unidos en algún sentido, pero lo estamos porque somos similarmente desiguales. Desigualdad que forma parte de la realidad de la mayoría de las familias chilenas.

Lo desesperanzador en estas circunstancias es que la desigualdad no puede construir nada público que se sostenga a mediano o largo plazo sin quebrarse, como tantas veces se han derrumbado nuestras instituciones. La desigualdad no puede sostener lo que es de todos, pues siempre será conflictiva y tenderá a la ruptura en condiciones donde ya no tenemos de qué sujetarnos ni en quién confiar. Todo lo demás se ha vuelto un triste maquillaje de un Chile unido por lo privado, pero más fracturado que nunca en lo público. Vale decir, incluso cuando ha logrado repletar sus calles, sigue careciendo de la capacidad de dialogar con el otro, con el que es distinto.

Para muchos, dialogar con el otro es sinónimo de arrojarse a la misma suerte de opresión histórica que nos ha fracturado. Estos y sus contrarios sin duda tienen sus razones. Pero nos guste o no, de algo tendremos que sujetarnos. De no hacerlo, los mismos vicios que hoy nos enfurecen serán los que se repliquen mañana. Lo único que cambiarán son las caras bajo la misma lógica política binaria. Hasta entonces, no habrá un verdadero acuerdo nacional. No somos más que un barco hundiéndose en medio de un océano, mientras los capitanes de la nave se sientan a fumar un cigarro.

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