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No hay mucho que celebrar los 19 de septiembre

por 21 septiembre, 2021

No hay mucho que celebrar los 19 de septiembre

Crédito: ATON

Debemos hacer el esfuerzo por contarnos toda la historia, y no solo pasajes antojadizos y adornados según nuestro interés. Así podremos avanzar en reencuentros basados en piedra sólida y no en barro. Me parece interesante el llamado de Kouyoumdjian a un acto que reúna a los chilenos y chilenas en torno a sus FF.AA. Pero dicho “reencuentro” se debe dar después de un arduo proceso de sanación y reparación. 
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Richard Kouyoumdjian nos invita, en su columna de opinión del 19 del presente, a celebrar todas las glorias del Ejército. Sin embargo, antes de concurrir a dicha celebración, me parece impostergable enfrentar y discutir democráticamente algunos puntos críticos.

Cabe recordar que el Ejército se piensa a sí mismo como anterior al Estado chileno. Según la doctrina militar, este nace por Real Cédula en 1603. Vale decir, es anterior a la existencia del Estado y de la República. ¿Quiere decir esto que el Ejército fue parte central o gestor principal de la República de Chile? Sin duda que habrá quienes así nos lo quieran hacer creer.

La historia de una institución, cualquiera esta sea, está plagada de mitos y adornos literarios que, de tanto ser repetidos, pasan a ser asumidos como verdades.

Aquello del Ejército que nos dio la libertad o independencia es, cuando menos, discutible, toda vez que los registros y fuentes dan cuenta del carácter casi vecinal de las tropas patriotas y realistas. En efecto, eran los mismos criollos y sus peones (estos sin mucha voz ni voto), unos del Maule, los otros de Concepción, quienes se declararon patriotas o fieles al rey, ellos lucharon en las denominadas Guerras de Independencia.

No es cierto lo del “Ejército vencedor, jamás vencido”. Ya por 1891, la Armada derrotó al Ejército en la guerra civil de ese año.

Toda institución social (y las FF.AA. lo son) debe estar supeditada a la reflexión y definiciones que el cuerpo social mayor que la cobija establece para ese órgano o institución. Por tanto, sin miedos y sin autocensuras, debemos avanzar en la discusión sobre qué tipo de Fuerzas Armadas queremos; con qué nombre; con qué cuerpos doctrinarios se formarán; qué criterios tendrán para asegurar la llegada a los altos mandos de todos y todas (hijas de campesinos; personas no binarias; hijos de migrantes); cómo asegurarán que el trato interno será con enfoque de DD.HH.; cómo nos proveeremos del servicio “Defensa Nacional” a un costo razonable, con diálogo vecinal, superando antiguas hipótesis de conflicto.

Pretender hacernos creer que solo gracias al esfuerzo de los institutos armados se evitó llegar a la guerra con Argentina en 1978 es, cuando menos, una mirada poco atenta a los demás elementos que complementan el cuadro general que ayude a comprender los procesos, y en este caso faltan los factores de la política interna de la Argentina y los elementos internacionales.

Sí me parece interesante el llamado de Kouyoumdjian a un acto que reúna a los chilenos y chilenas en torno a sus FFAA. Pero dicho “reencuentro” se debe dar después de un arduo proceso de sanación y reparación.

Cuando discutamos y asumamos que el Ejército y nuestras Fuerzas Armadas han sido, muchas veces en la historia nacional, los rompehuelgas, con el consiguiente derrame de sangre de trabajadores, campesinos, indígenas, estudiantes, estaremos dando un paso adelante.

Cuando todos asumamos, y en especial las instituciones castrenses, que la pasada dictadura cívico-militar no fue el arrebato de un solo hombre o de un grupo minoritario. La dictadura de 1973 a 1990, contó con la participación sistemática de las instituciones castrenses, de comienzo a fin. El comandante en Jefe del Ejército, que asumió el Poder Ejecutivo, y las instituciones castrenses y de orden que, a su vez, asumieron el Poder Legislativo a través de la Junta Militar, extinguieron formalmente su participación política el 10 de marzo de 1990, pero por mucho tiempo más se verán opiniones que buscaban resguardar la obra del gobierno militar.

Por tanto, debemos hacer el esfuerzo por contarnos toda la historia, y no solo pasajes antojadizos y adornados según nuestro interés. Así podremos avanzar en reencuentros basados en piedra sólida y no en barro.

Y, finalmente, toda institución social (y las FF.AA. lo son) debe estar supeditada a la reflexión y definiciones que el cuerpo social mayor que la cobija establece para ese órgano o institución. Por tanto, sin miedos y sin autocensuras, debemos avanzar en la discusión sobre qué tipo de Fuerzas Armadas queremos; con qué nombre; con qué cuerpos doctrinarios se formarán;  qué criterios tendrán para asegurar la llegada a los altos mandos de todos y todas (hijas de campesinos; personas no binarias; hijos de migrantes); cómo asegurarán que el trato interno será con enfoque de DD.HH.; cómo nos proveeremos del servicio “Defensa Nacional” a un costo razonable, con diálogo vecinal, superando antiguas hipótesis de conflicto.

Por ahora no hay mucho que celebrar el 19 de septiembre. Pero ya estamos avanzando.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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