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LA CRÓNICA CONSTITUYENTE

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Peleando por quién es más pacífico

por 14 noviembre, 2021

Peleando por quién es más pacífico
Los 20 convencionales de derecha que promovían un documento que buscaba la condena a "todo tipo de violencia como forma de expresión política", se negaron en bloque a confluir con el resto en una declaración común alegando que habían presentado la suya antes, y que exigían un pronunciamiento respecto de ella. No era muy difícil constatar que se trataba de una maniobra política, bastante bien pensada, por lo demás. De rechazarse, los titulares de su prensa cómplice dirían al día siguiente algo así como: “La Convención se niega a apoyar condena a la violencia”, lo que en los tiempos que corren sólo podía jugar en favor de José Antonio Kast, cuya campaña promete la paz de los cementerios y el orden de los regimientos. Evidenciaban así que por encima de la voluntad de emitir un mensaje pacificador estaba el deseo de poner en jaque al contrincante. La oposición, por su parte, mostró su indisposición de regalarle cualquier punto a ese sector que insistentemente busca desacreditar este proceso, amen de acarrear una historia de violencia que vuelve francamente indigerible concederle una estampa gandhiana. Se hubiera requerido demasiada generosidad para eso, y la política, según he terminado de constatar en estos meses, disfruta más de campeonato que de los encuentros. La declaración amplia exigía la renuncia de una minoría, la otra, de una mayoría.
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El martes comenzaron las audiencias en la Comisión de Derechos Fundamentales. Como el tema de esta primera convocatoria fue su materia en general, llegaron el Representante de ONU Derechos Humanos para América Latina, dirigentes de organizaciones sociales y profesores de derecho de las principales facultades del país para exponer sobre su conceptualización, el problema de su titularidad -¿los humanos, las personas, los pueblos, la naturaleza, los animales…?, ¿los viejos, los niños, las mujeres, los inmigrantes…?, ¿todos al mismo tiempo?, ¿a veces unos y a veces otros?-; los mecanismos para volverlos exigibles - los jueces, los legisladores, el ombusman (al que algunas piden llamar ombusperson) o todos ellos, como partes de un sistema complejo-; la necesidad de una “Clausula de Limitaciones”; la experiencia comparada y los tratados internacionales al respecto. Los expositores fueron recibidos con respeto y atención. El lugar en que sesionamos se convirtió en una sala de clases, donde el saber acumulado se impuso por sobre las pasiones, y las fuerzas reivindicativas se supeditaron a la historia constitucional, la técnica legal, el desarrollo académico y la experiencia internacional en el reconocimiento y la protección efectiva de aquellos derechos que las democracias más desarrolladas aseguran hoy a todos sus gobernados.

Durante la semana, algunos dejamos nuestros puestos de costumbre para instalarnos en otras zonas del hemiciclo y socializar con integrantes de otras bancadas: derechistas que se pasaron al ala de los socialistas, socialistas que se movieron a la zona de “los pueblos” y “los movimientos sociales”, “escaños” que buscaron la compañía de “no neutrales”, y así sucesivamente. No se trató de un revoltijo masivo, pero sí del primer paso en la construcción de un diálogo capaz de permear los bloques y que ya encuentra otras instancias afuera del edificio del Congreso.

Las comisiones, lo conté antes a propósito de las conformadas durante el período de instalación, funcionan como los cursos en los colegios. La obligación de trabajar juntos hace que aquellos a los que antes se veía de lejos ahora sean compañeros de tarea. Nos preguntamos unos a otros no sólo el parecer respecto de asuntos sustanciales, sino también el horario, lo que viene, lo que falta. Se impone el saludo a medida que compartimos territorios comunes y los nombres que antes resonaban lejanos van tomando rostro; al hablarle a uno mismo, las voces que antes se dirigían al pleno se cargan de personalidad y pasan de representar una causa a encarnar un individuo. Entonces los humores cómplices se encuentran y una risa genera la cercanía que no consigue ningún discurso.

  • ¿Y qué hacemos con los lenguados? -le digo al oído desde la fila de atrás a Fernando Tirado, pescador, representante del pueblo Chango, mientras alguien menciona los derechos de los animales.
  • Lo mismo que con las llamas -me contesta, porque a su lado está la abogada Isabella Mamani (33), aymara, que muchas veces viste los mantones y aguayos coloridos del altiplano, y otras se limita a llevar un sombrero de paja fina con una cinta verde cata.

Entonces Isabella suelta una carcajada muda y se acomoda los anteojos de marco dorado. Ahora vive en Alto Hospicio, pero es oriunda de Colchane, donde permanece buena parte de su familia. Me contó que Colchane está convertido en un pueblo de viejos. Todos los jóvenes se fueron y ya no hay parturientas que los renueven. En su lugar, han llegado los inmigrantes, no todos con buenos modales, a ocupar las casas deshabitadas, instalar carpas, meter ruido. Ya superan en número a sus vecinos de siempre y “están asustados”, me cuenta.

Para el viernes a medianoche, cuando se cerraron las inscripciones, habían llegado 1650 solicitudes de audiencias, esta vez para referirse a derechos particulares. Organizaciones, individuos, académicos que esperan manifestar su parecer respecto de cada uno de ellos. Se supone que los 33 miembros de la comisión nos separaremos en a lo menos dos grupos para escuchar  a la mayor cantidad posible. La voluntad de atenderlos a todos, sin embargo, chocará con los plazos establecidos en el cronograma. Como me dijo el secretario: “si no seleccionamos, terminamos la Constitución en 2025”. 

En el pleno del miércoles 10, el sector más duro de la derecha presentó una declaración de condena "todo tipo de violencia como forma de expresión política", para ser votada por la Convención. Al conocerla dos días antes, desde Independientes No Neutrales confeccionaron otra que llevaba el asunto más allá: “La violencia se manifiesta de muchas formas en Chile: la violencia estatal expresada en las graves violaciones a los derechos humanos de las que hemos sido testigos en los últimos años, las distintas formas de violencia estructural de las que son víctimas los pueblos originarios, las mujeres, los niños, niñas y adolescentes, las disidencias sexogenéricas y las personas más vulnerables, y la violencia como estrategia de acción política y delincuencial, entre muchas otras”. A continuación enfatizaba que la Convención Constitucional las condenaba todas ellas, y “está convencida que la violencia no es el camino para superar la crisis política y social que vive nuestro país”. Esta carta sumó 40 firmas de miembros de INN, el FA, el Colectivo Socialista y tres representantes de ese sector de Chile Vamos que se separó de su ala intransigente: Manuel José Ossandon, Paulina Veloso y Luciano Silva.

El asunto es que cuando se dio la palabra, las declaraciones en cuestión dieron pie a un gallito entre una mayoría que se negaba a apoyar la carta de ese sector de la derecha, por considerarla incompleta y deficiente, pero también por provenir de donde provenía. No era muy difícil constatar que se trataba de una maniobra política, bastante bien pensada, por lo demás. De rechazarse, los titulares de su prensa cómplice dirían al día siguiente algo así como: “La Convención se niega a apoyar condena a la violencia”, lo que en los tiempos que corren sólo podía jugar en favor de José Antonio Kast, cuya campaña promete la paz de los cementerios y el orden de los regimientos, mientras las ansias por transformaciones democratizantes conviven con la dispersión y el miedo al desgobierno. 

Los 20 convencionales de derecha que promovían el primer documento se negaron en bloque a confluir con el resto en una declaración común, alegando que habían presentado la suya antes, y que exigían un pronunciamiento respecto de ella. Evidenciaban así que por encima de la voluntad de emitir un mensaje pacificador estaba el deseo de poner en jaque al contrincante. La oposición, por su parte, mostró su indisposición de regalarle cualquier punto a ese sector que insistentemente busca desacreditar este proceso, amen de acarrear una historia de violencia que vuelve francamente indigerible concederle una estampa gandhiana. Se hubiera requerido demasiada generosidad para eso, y la política, según he terminado de constatar en estos meses, disfruta más de campeonato que de los encuentros. La declaración amplia exigía la renuncia de una minoría, la otra, de una mayoría. Escoja, mi reina es coja.

La solución la dio el tiempo. Pasadas las seis de la tarde, hora fijada para el término de la sesión, la discusión seguía viva, y no habiéndose dispuesto un “hasta total despacho”, el convencional Viera reclamó que lo esperaban a él y a otros dos para la presentación de un libro en la Pontificia Universidad Católica de Chile, comprometida con muchísima antelación, lo que hacía imposible su permanencia más allá del horario acordado. El convencional Fuad Chaín, experto en artes parlamentarias, aseguró que así las cosas, “por reglamento, esta sesión tiene que terminar”.

Arturo Zúñiga dijo “votemos inmediatamente, entonces, porque no me vengan a decir ahora que les gusta debatir cuando llevamos 4 meses sin debatir ni una sola cosa de fondo”. Muchos se burlaron con rezongos fingidos, de esos que se ridiculizan los lamentos. El vicepresidente Jaime Bassa tomó la palabra desde la testera para confirmar que efectivamente estábamos pasados en la hora de término y que para continuar sesionando se requeriría de la voluntad mayoritaria de la convención. Preguntó, primero en el hemiciclo, si había voluntad de continuar. La mayoría movió los brazos en sentido contrario. Luego hizo lo propio con cada una de las salas laterales, y casi todos aleteamos de la misma manera, como minuteros que van y vuelven. “Muy bien -dijo Bassa- habiendo tomado conocimientos de la voluntad del hemiciclo y de las salas dos, tres y cuatro, por haberse cumplido el horario para el cual esta sesión fue citada, se levanta la sesión”. 

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