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Debate presidencial: crisis (o ausencia) de una idea de país y el conflicto en La Araucanía

por 17 noviembre, 2021

Debate presidencial: crisis (o ausencia) de una idea de país y el conflicto en La Araucanía

Crédito: Aton

El debate mostró –a riesgo de ser demasiado severos– que la crisis institucional de los últimos años ha vuelto errática y fragmentada no solo a nuestra sociedad sino también la mente de los políticos. Y quienes deben administrar Gobierno y Estado se muestran estupefactos ante la realidad, carentes de nociones claras e integrales de territorio, país, Estado o Gobierno. La omisión de referencias a la tensión en La Araucanía, especialmente ante la emergencia de un nacionalismo radical mapuche, es imperdonable, pues demuestra ineptitud o indiferencia de las fuerzas políticas en disputa. El nacionalismo radical mapuche, interpretado como autonomía política nacional con soberanía, que hoy esgrimen algunos intelectuales mapuche, desafiará el orden institucional de la República de Chile, pudiendo cuajar en un desafío de gobernabilidad mayor, imposible de omitir en circunstancias como un debate presidencial.
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El último debate presidencial bien podría haber sido el primero o el único, y no habría existido ninguna diferencia sustantiva. El de este lunes se caracterizó por su desorden y carencia  de una idea integral sobre el país en los candidatos, por la omisión de temas fundamentales de la institucionalidad y la política actual, como la Convención Constitucional o La Araucanía, y la ausencia de sociedad. Todo opaco y lleno de muchos adjetivos y muy pocos sustantivos.

Se repitieron frases enteras aprendidas y reiteradas para la campaña, tratando de hacer surgir, primero, la imagen de presidenciable y, luego, la motivación electoral, básicamente esperanza, rechazo o miedo, que se supone alientan las voluntades ciudadanas luego del estallido social. Nadie se jugó a fondo por una salida clara al momento político calificado por todos como de transición y en un formato periodístico consistente en un cuestionario más propio de un examen de grado que de un debate presidencial. El enorme rating de 35% promedio durante las 2 horas y media que duró, puede ser atribuido a la indefinición ciudadana.

Más allá de la idea sobre qué candidato sacó la mejor nota, es evidente que faltaron en ellos ideas políticas coherentes sobre lo que el país requiere. No solo en cuanto a sus programas presidenciales sino también de los mecanismos y plataformas de comunicación que se manejan en el país, y que se requieren para producir una ciudadanía informada sobre los temas trascendentes de la vida política. El debate mostró a riesgo de ser demasiado severos que la crisis institucional de los últimos años ha vuelto errática y fragmentada no solo a nuestra sociedad sino también la mente de los políticos. Y quienes deben administrar Gobierno y Estado se muestran estupefactos ante la realidad, carentes de nociones claras e integrales de territorio, país, Estado o Gobierno.

En el debate, todas las alocuciones convergieron en un embotamiento cultural que pone en evidencia la falta de conexión con la realidad y que entrega una mala perspectiva de gobernabilidad.

Todas las democracias, y la chilena no es una excepción, no se desarrollan en un vacío de las ideas, sino que expresan y requieren un amplio contenido cultural. Como sostiene Salvador Giner, “la economía política y la estructura de una sociedad quizás sigan siendo los mejores puntos de partida en cualquier análisis macro sociológico, pero por sí solas no pueden explicar el éxito o fracaso de un orden político”.

Tal vez la omisión de los temas constitucionales y la ausencia de la sociedad real en el debate sea lo peor de él. La omisión de referencias a la tensión en La Araucanía, especialmente ante la emergencia de un nacionalismo radical mapuche, es imperdonable, pues demuestra ineptitud o indiferencia de las fuerzas políticas en disputa. El problema no es el uso de la fuerza sino la falta de perspectiva política que encierra dicha acción ante el tema mapuche, a lo cual los candidatos tendrían que haberse referido, por ser tal vez el tema más fuerte para la gobernabilidad en estos momentos. Mucho más que la acusación constitucional a un Presidente que está terminando su mandato en el más completo desprestigio y desorden.

Las democracias constitucionales nacieron en una afirmación de las libertades civiles y la igualdad, como alternativa frente a la dominación autoritaria. Para seguir siendo un modo válido de ejercicio político, la democracia de un país requiere tener una sociedad civil con ciertas identidades básicas y organizadas, que con independencia del Estado y autoconstituidas para actuar con autonomía y en defensa de sus propios intereses e ideales frente a este, garanticen la representación de los ciudadanos y la competencia para gobernarlo. Ese campo, netamente cultural, corresponde esencialmente a los partidos políticos, y se espera que sus líderes lo expresen de manera coherente cuando compiten por la voluntad electoral de los ciudadanos.

Tal vez la omisión de los temas constitucionales y la ausencia de la sociedad real en el debate sea lo peor de él. La omisión de referencias a la tensión en La Araucanía, especialmente ante la emergencia de un nacionalismo radical mapuche, es imperdonable, pues demuestra ineptitud o indiferencia de las fuerzas políticas en disputa.

El problema no es el uso de la fuerza sino la falta de perspectiva política que encierra dicha acción ante el tema mapuche, a lo cual los candidatos tendrían que haberse referido, por ser tal vez el tema más fuerte para la gobernabilidad en estos momentos. Mucho más que la acusación constitucional a un Presidente que está terminando su mandato en el más completo desprestigio y desorden.

El nacionalismo radical mapuche, interpretado como autonomía política nacional con soberanía, que hoy esgrimen algunos intelectuales mapuche, desafiará fuertemente el orden institucional de la República de Chile. Y aunque este nacionalismo mapuche siempre ha carecido de expresión política orgánica, y posiblemente nunca la tenga, dada la cultura y subjetividad mapuche de ver el poder siempre como un acuerdo parlamentado, podría cuajar en un desafío de gobernabilidad mayor, imposible de omitir en circunstancias como el debate presidencial.

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