miércoles, 8 de julio de 2020 Actualizado a las 22:27

Que las cajas no nos impidan ver el bosque

por Francisco Letelier Troncoso, Javiera Cubillos Almendra, Patricia Boyco Chioino, Víctor Fernández González 2 junio, 2020

Que las cajas no nos impidan ver el bosque
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Señor Director: 

Los efectos sanitarios y sociales de la pandemia por COVID-19 en el mundo, en América Latina y en Chile son gravísimos y en gran medida imprevisibles. Los Estados, sus gobernantes y la “clase política” se ven interpelados en varios aspectos, en especial por su rol en el resguardo de la salud y la subsistencia material de las personas y familias.

En este contexto, asuntos como el de “las cajas” (quién las reparte, a quiénes, con qué contenidos, a qué costo, etc.) no deben nublarnos la visión e impedirnos ver aquello que está en el fondo de todo esto. Debemos evitar que las soluciones de corto plazo, por vistosas que sean, se conviertan en una trampa que nos lleve a simplificar el problema.

Hoy es urgente ir en auxilio de quienes no pueden proveerse alimento, pero llegado el momento la cuestión de fondo será definir qué rol queremos que desempeñe el Estado en la concreción de nuestro bienestar. En último término, la pregunta de siempre: qué Estado queremos para nuestra sociedad.

El Estado está siendo puesto a prueba y la pregunta que resuena es: ¿tiene sentido todavía ser parte de una comunidad política, de un Estado y de una forma de gobierno común? ¿Sirve de algo el Estado para vivir mejor en momento de crisis? Estas preguntas no son nuevas, y si habían aparecido con fuerza en el despertar social de octubre, hoy se vuelven más radicales y urgentes.

Las políticas públicas que se han implementado desde los años 80 hasta ahora nos brindan una respuesta: nos dicen que es el mercado, y no el Estado, el mecanismo prioritario para garantizar el bienestar. El Estado reduce su rol a compensar los daños –construidos como “colaterales”— de un mercado que pretende ser la mejor solución al problema de la escasez, pero que en un contexto como el actual muestra su cara segregadora, deshumanizada y deshumanizante.

La concepción neoliberal del rol del Estado no solo evita un compromiso de este con el bienestar de la sociedad, sino que también promueve mecanismos que debilitan a la sociedad misma. Si el liberalismo podía convivir con unas comunidades fuertes y protagónicas y políticas públicas orientadas a fortalecerlas, el neoliberalismo apuesta todo al mercado. Así, hemos visto cómo en los últimos 40 o 50 años la cultura cívica y el protagonismo de las comunidades territoriales se ha venido minando con políticas que no les reconocen ni ejercitan un “poder real”, un rol incidente en la construcción y el devenir de sus territorios.

Pese a esto, la sociedad y sus comunidades siguen buscando formas diversas de suplir la ausencia del Estado. La búsqueda del bienestar individual y colectivo se traduce en movilizaciones que acaban tejiendo una enorme red formal e informal de ayudas mutuas desplegadas en tiempos de crisis. Estas acciones se realizan desde el ámbito semipúblico, que va desde la calle o el pasaje, hasta espacios más amplios como las comunas y las ciudades.

Por eso, en medio de esta crisis socio-sanitaria, hemos visto un enorme despliegue de iniciativas de ayuda mutua y de cooperación: ollas comunes, comedores solidarios, campañas de donación de alimentos, redes de trueque e intercambio, ayuda a los adultos mayores, entre muchas otras.

Este conjunto de iniciativas, enmarcadas en las diversas formas que adquieren la economía del cuidado y la economía comunitaria, y que habitualmente tienden a ser invisibilizadas y subvaloradas, muestran hoy su enorme importancia para preservar la vida.

El trabajo que las comunidades y organizaciones de la sociedad civil están desarrollando en la actual crisis nos recuerda la importancia de repensar el lugar que tienen y deben tener en la provisión de bienestar social y material, más allá del Estado y del mercado. Así, en una sociedad en la que el rol de las comunidades se considerara relevante, la forma de atender la crisis social sería distinta. Se partiría desde “abajo”, diagnosticando los problemas con las organizaciones y construyendo con ellas soluciones eficaces y legítimas. En vez de jugarnos por soluciones encajonadas, la respuesta estaría sostenida en las redes de trabajo y solidaridad que, como las raíces de un bosque, permiten que la vida sea sustentada y permanezca.

Francisco Letelier Troncoso, Universidad Católica del Maule, CEUT

Javiera Cubillos Almendra, Universidad Católica del Maule, CEUT

Patricia Boyco Chioino, SUR Corporación de Estudios Sociales y Educación

Víctor Fernández González, Universidad de las Américas

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