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La vida secreta de los Ángeles

por 9 febrero, 2015

La vida secreta de los Ángeles
El problema de estos ángeles de la guarda fue que, al confundir el poder con el dinero, menospreciando tontamente al poder por el dinero, lo que hicieron fue trastrocar el sentido mismo de lo político: antes que ángeles, hoy parecen más bien los “nuevos ricos” de la política chilena, tal cual como esos “nuevos ricos” de la burocracia estatal de la Nueva Mayoría, engominada, que de tanto usar traje a la medida, toma por cierto el piropeo callejero o de revista papel cuché. Mírenlos, son tal para cual.
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Los ángeles custodios del modelo resultaron tener una vida secreta. Los ángeles guardianes, precisamente aquellos que debían estar alerta durante la plena luz del crecimiento, o en vigilia, cuando la noche del populismo arreciara, fallaron, y lo hicieron brutalmente no solo en el incumplimiento de sus tareas, sino que en el desapego que mostraron (y vienen mostrando) a sus propias e irrestrictas convicciones.

Hoy la UDI, ese ejército de arcángeles guerreros y salvadores impolutos del modelo chileno, después de la debacle moral que le enrostra e implica el Caso Penta, no es más que un marasmo de ángeles caídos.

Ángeles que enlodaron justo aquello que aparentemente los fundaba como partido político diferenciador del sistema de partidos tradicionales chilenos: un cúmulo de convicciones nacidas de principios de fe preconciliar, y una obediente disciplina al mandato que la voz de su profeta líder, Jaime Guzmán Errázuriz, impelía.

La obsolescencia de esa maquinaria partidaria hoy es para todos evidente, obsolescencia intrínseca y moral por supuesto, a eso me refiero.

Santo Tomás de Aquino concluyó que el pecado fundante de la caída de los ángeles no fue otro que el de la codicia. Penta es eso, es la codicia hecha pecado para la UDI. Penta es la transmutación del poder en dinero, un imposible, como imposible puede ser el sostenimiento del poder por el solo valor del dinero. El poder es mucho más y Jaime Guzmán lo supo siempre a la perfección. Sus rudos análisis nada tendrían que envidiarles en esto a los del maquiavélico Frank Underwood, especialmente cuando se queja irónicamente al constatar que Remy Danton, un lobbista profesional que pudo haberse dedicado a la política, se perdió, como un ángel caído, en el marasmo del dinero y su seducción.

Debemos advertir –como ya lo han hecho diversos intelectuales– que aquello que llamamos “modelo”, eso que fue fundado en la dictadura y reformateado en la democracia concertacionista, es algo mucho más radical que un modelo de crecimiento económico y de orden político institucional; pues el “modelo” fue, es y ha sido efectivamente un ethos moral, es decir, algo de muchísimo mayor calado antropológico, pues en los hechos ha sido un plexo normativo moral tejido, desde las élites conservadoras hacia el ciudadano medio, con los hilos de los fundamentos metafísicos fuertes que inspiraron la transformación de Chile desde los 80 en más.

Pues bien, precisamente para el cosmos de ese modelo fue que Jaime Guzmán quiso fundar, con una mezcla rara de pragmatismo neoliberal y conservadurismo moral, un partido de ángeles guardianes, de ángeles custodios… a quién le puede caber alguna duda. Están ahí no sólo para defender el neoliberalismo económico social que tan mal nos tiene en lo cotidiano, sino, también, para predicar la moral de la vida y del rechazo al aborto, para negarse a la racionalidad de la píldora del día después, para obstruir el derecho a la diferencia de género, para decir no, en suma, a todo aquello que pudiera atentar contra ese ethos moral, ese modelo de vida que consideran santo, puro y casto para el pueblo chileno.

Es cierto que todavía no aprendemos a ponderar esta debacle angelical que Penta implica, pues el hundimiento ha sido severo en un breve lapso.

Si no me creen esto último, ya tenemos ahí a los santurrones y moralistas de siempre, los que primero llegan y hacen gárgaras con la educación ética que se les estaría impartiendo a las élites en sus colegios, en sus universidades o en sus facultades.

Sus disputas religioso-ideológicas son tan evidentes para quienes los observamos, como invisibles para ellos mismos que se mueven ciegamente entre el activismo opus-deísta o jesuítico: la complejidad del hundimiento de los ángeles no se soluciona con el absurdo de un cognitivismo ético o con quien ofrece una mejor catequesis. Mejor ni recordar que, en el seno de sus parroquias de élite, el paradigma de sus sermones durante muchos años los encarnaron los Karadima y los O’Reilly… en fin.

Para otros (también ciegamente) esto es un problema fundamentalmente de personas que, si las cambiamos, entonces la solución llegaría por arte de magia. Nada más iluso o interesadamente más iluso.

El problema no es de personas, es de prácticas. De prácticas instaladas –hoy lo sabemos– no simplemente para financiar tal o cual campaña electoral, sino para sostener la custodia tanto del poder como del orden moral establecido por dicho poder.

No hay que ser Max Weber, ni pavonearse en una columna de domingo con su “Política como profesión”, para darse cuenta de que el problema de estos ángeles de la guarda fue que, al confundir el poder con el dinero, menospreciando tontamente al poder por el dinero, lo que hicieron fue trastrocar el sentido mismo de lo político: antes que ángeles, hoy parecen más bien los “nuevos ricos” de la política chilena, tal cual como esos “nuevos ricos” de la burocracia estatal de la Nueva Mayoría, engominada, que de tanto usar traje a la medida, toma por cierto el piropeo callejero o de revista papel cuché. Mírenlos, son tal para cual.

Así que si cambiamos a un Novoa por un Hasbún –por llevar el análisis al extremo– ¿vamos a solucionar el problema que el hundimiento Penta significa? Dejemos las payasadas para otro domingo de playa, mejor. Acá estamos hablando de ángeles.

Santo Tomás de Aquino concluyó que el pecado fundante de la caída de los ángeles no fue otro que el de la codicia. Penta es eso, es la codicia hecha pecado para la UDI. Penta es la transmutación del poder en dinero, un imposible, como imposible puede ser el sostenimiento del poder por el solo valor del dinero. El poder es mucho más y Jaime Guzmán lo supo siempre a la perfección. Sus rudos análisis nada tendrían que envidiarle en esto a los del maquiavélico Frank Underwood, especialmente cuando se queja irónicamente al constatar que Remy Danton, un lobbista profesional que pudo haberse dedicado a la política, se perdió, como un ángel caído, en el marasmo del dinero y su seducción.

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