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“Familias Guardadoras”: la etiqueta pendiente de un diagnóstico inconcluso

por 9 agosto, 2018

“Familias Guardadoras”: la etiqueta pendiente de un diagnóstico inconcluso
Al revisar el Informe de la Comisión Investigadora Sename II, advertí que poco o nada se discutía sobre la categoría “Familia Guardadora”. Por lo tanto, si solo consideramos las historias de Katty, Juan, Ángel y Homero, hoy todos adultos, pero que como niños institucionalizados pasaron varios años en una familia de este tipo y aun así fueron víctimas de graves vulneraciones a sus derechos humanos, con aplicaciones de tortura incluidas, en el diagnóstico faltan sus voces y las de otros que, con seguridad, han sido invisibilizados.
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He seguido de cerca lo que viene ocurriendo en torno a la crisis en materia de infancia. Por una parte, por un interés personal, me he interesado por el proceso legislativo respecto del trabajo de las Comisiones Sename I y II, y los diagnósticos que dan cuenta de la dolorosa situación que han debido padecer niños, niñas y adolescentes (NNA) de este fracturado y escindido país. Pero también, aún más importante, conozco las historias de vida de Katty, Juan, Ángel y Homero, cuatro niños –hoy todos adultos– que vivieron bajo lo que denomino un régimen de protección del Estado, esa extraña e implacable figura que en algún momento de sus vidas conectaría sus biografías para siempre.

Partiré por describir algunos de estos puntos de encuentro.

Primero, considerando que sus familias de origen no pudieron garantizar ni su cuidado ni su crianza y, menos, su formación, todos fueron institucionalizados a muy temprana edad: Katty al cumplir cinco años, Juan a los cuatro, Ángel a los dos y Homero al cumplir tres.

Segundo, a los dos años de haber ingresado a la Casa Nacional del Niño y a través del Programa de Colocación Familiar, todos ellos se encuentran en el domicilio de una “Familia Guardadora” (no residencia), aquel lugar que supuestamente debía cautelar su cuidado y protección, velando y respetando sus derechos a vivir en una familia.

Sin embargo, tercero, en este lugar debieron vivir no solo el abandono sino también, aun siendo apenas unos niños, fueron víctimas de graves violaciones a sus derechos humanos con prácticas que desbordan hechos de violencia psicológica, verbal y física.

En dicho caso, cuarto, se les aplicó prácticas de tortura como las utilizadas en centros de detención y tortura durante la dictadura militar (submarino húmedo, es decir, hundimiento de la cabeza en un recipiente con agua).

Aunque con relativa distancia, sus biografías siguen conectadas y, de alguna manera, cada uno ha sido protagonista en la trama de sus vidas. Por ejemplo, Katty es madre de tres hijos y desarrolla el importante oficio de temporera en extensos terrenos parronales. Por su parte, Juan le dio una oportunidad a la vida y hoy vive acompañando a su madre y he sabido que se desenvuelve como comerciante. Ángel, cuya historia es muy cercana para mí, es padre de cuatro hijos y se especializa en cortar y unir piezas, lo que ejecuta a través del oficio de soldador. Como verán, aunque la vida los trató con dureza, en todos ellos podemos destacar importantes valores. En Juan hay reconciliación y en él habita el perdón. En Ángel y Katty encontramos el valor de la familia, sus semillas trascienden en sus hijos e hijas. En ellos vemos aquello para lo cual, deduzco, nadie está preparado: “ser” padres. Sus ejemplos de sobrevivencia, en un país de escasas oportunidades y abundantes desigualdades, merecen no solo admiración sino también reconocimiento y reparación.

Aunque con relativa distancia, sus biografías siguen conectadas y, de alguna manera, cada uno ha sido protagonista en la trama de sus vidas.

Por ejemplo, Katty es madre de tres hijos y desarrolla el importante oficio de temporera en extensos terrenos parronales.

Por su parte, Juan le dio una oportunidad a la vida y hoy vive acompañando a su madre y he sabido que se desenvuelve como comerciante.

Ángel, cuya historia es muy cercana para mí, es padre de cuatro hijos y se especializa en cortar y unir piezas, lo que ejecuta a través del oficio de soldador. Como verán, aunque la vida los trató con dureza, en todos ellos podemos destacar importantes valores.

En Juan hay reconciliación y en él habita el perdón. En Ángel y Katty encontramos el valor de la familia, sus semillas trascienden en sus hijos e hijas. En ellos vemos aquello para lo cual, deduzco, nadie está preparado: “ser” padres. Sus ejemplos de sobrevivencia, en un país de escasas oportunidades y abundantes desigualdades, merecen no solo admiración sino también reconocimiento y reparación.

No cabe duda, la responsabilidad respecto de las vulneraciones que sufrieron y sufren NNA bajo la tutela del Estado le corresponde al Estado de Chile. Así, lo ha señalado la Comisión Investigadora Sename II (2017), los diputados que solicitan al Presidente de la República la creación de una Comisión Nacional de Verdad y Reparación en Materia de Infancia (2018) y, más recientemente, el informe presentado por la ONU a través del Comité de los Derechos del Niño (2018). Pero ¿cómo avanzar con un diagnóstico inconcluso? Este es mi siguiente punto.

Al revisar el Informe de la Comisión Investigadora Sename II, advertí que poco o nada se discutía sobre la categoría “Familia Guardadora”. Por lo tanto, si solo consideramos las historias de Katty, Juan, Ángel y Homero, quienes, como sabemos, pasaron varios años en una familia de este tipo y, aun así, fueron víctimas de graves vulneraciones, entonces, en el diagnóstico faltan sus voces y las de otros que, con seguridad, han sido invisibilizados.

Esto es sumamente relevante si consideramos que lo que está en discusión, en materia de protección de la infancia, es, entre otros aspectos, el Programa de “Familia de Acogida Especializada” (FAE), otrora “Familia Guardadora”. En el informe referido se hace alusión a él como el “proyecto estrella” de Sename” (pág. 158) y, como si fuera poco, su nudo crítico –además de la insuficiente supervisión técnica– pone a las familias participantes en el centro, pero no a NNA, al señalar que estas se ven imposibilitadas de acceder al “[...] cuidado definitivo o su adopción [...]” (págs. 40, 325, 356-357). Ciertamente, es un tema pendiente, además de clave para integrar en la política pública.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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