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75 años del Teatro UC

por 11 septiembre, 2018

75 años del Teatro UC
En Chile, en 1943, éramos un país pobre y, en consecuencia, la creación de un espacio destinado a la actividad teatral sin duda que constituyó una apuesta osada y acaso un lujo de esta universidad, pero al mismo tiempo una manifestación más de nuestro deseo de aportar, desde un nuevo escenario –literalmente hablando–, al ambiente cultural del país, obedeciendo a nuestro compromiso institucional de aportar a la esfera de lo público, que está presente desde nuestra fundación hace 130 años.
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En la Casa Central de la Universidad Católica se ha inaugurado recientemente una magnífica exposición, la que recoge el patrimonio histórico del Teatro UC (TEUC), un espacio cultural fundado hace 75 años, paradójicamente en un momento de la historia troquelado a fuego por el sangriento conflicto bélico que azotaba a tres continentes.

La primera mitad de la década de los años cuarenta fue un tiempo aparentemente poco propicio para iniciativas culturales que entraban en contradicción con el ambiente de incivilización reinante sobre todo en Europa, cuyos ecos lograban llegar a este país lejano al escenario de guerra, pero atento al desarrollo de la conflagración mundial.

En Chile, en 1943, éramos un país pobre y, en consecuencia, la creación de un espacio destinado a la actividad teatral sin duda que constituyó una apuesta osada y acaso un lujo de esta universidad, pero al mismo tiempo una manifestación más de nuestro deseo de aportar, desde un nuevo escenario –literalmente hablando–, al ambiente cultural del país, obedeciendo a nuestro compromiso institucional de aportar a la esfera de lo público, que está presente desde nuestra fundación hace 130 años.

En palabras sencillas, a este modesto escenario del fin del mundo ha concurrido el gran teatro del mundo: los dramaturgos griegos, españoles, franceses, ingleses, norteamericanos, nórdicos, alemanes, italianos, chilenos, latinoamericanos; los clásicos, medievales, modernos y contemporáneos; el teatro aristotélico-burgués, el didáctico o épico, el teatro de la violencia, el del absurdo, etc. En una variedad y riqueza que escapan a una enumeración exhaustiva en esta columna, es más bien un recuento que es materia de los historiadores de este género artístico. Solo podemos decir –como espectadores y seguidores del teatro– que nos hemos emocionado con tantas actuaciones que quedan en nuestra memoria.

Respecto a la aparente contradicción histórica recién mencionada, a fin de cuentas tal vez se trataba exactamente de lo contrario, vale decir, de abrir en tan complejas circunstancias del país y del mundo, un modesto pero significativo espacio al arte y, de alguna manera, dar testimonio de que aún en los momentos más dolorosos para la humanidad hay una expresión artística que nos puede redimir como especie. Es decir, el arte expresado como un grito liberador que nos muestra una nueva realidad. En este sentido, sabemos que uno de los grandes apreciadores de la belleza fue el escritor ruso Fiódor Dostoyevski.

La belleza era central en su vida, y esto puede resultar sorprendente si consideramos que sus novelas penetraron en las zonas más oscuras e incluso perversas del alma humana, pero lo que en verdad lo movía era la búsqueda de la belleza. Al respecto, en su libro El idiota nos legó esta famosa frase: “La belleza salvará al mundo”.

Hoy, por supuesto que no sabemos si ideas o consideraciones estético-filosóficas como la anterior motivaron a los fundadores del TEUC a emprender esta aventura que ha prevalecido durante 75 fructíferos años. Sin embargo, lo que sí sabemos es el impacto que ha tenido en la formación de las nuevas generaciones de nuestra Escuela de Teatro y de otras escuelas del país. También sabemos el impacto que ha tenido en la creación e investigación teatral. Por su escenario han pasado las obras más representativas, más importantes, más complejas y más simples en su belleza que ha producido la dramaturgia universal.

En palabras sencillas, a este modesto escenario del fin del mundo ha concurrido el gran teatro del mundo: los dramaturgos griegos, españoles, franceses, ingleses, norteamericanos, nórdicos, alemanes, italianos, chilenos, latinoamericanos; los clásicos, medievales, modernos y contemporáneos; el teatro aristotélico-burgués, el didáctico o épico, el teatro de la violencia, el del absurdo, etc. En una variedad y riqueza que escapan a una enumeración exhaustiva en esta columna, es más bien un recuento que es materia de los historiadores de este género artístico. Solo podemos decir –como espectadores y seguidores del teatro– que nos hemos emocionado con tantas actuaciones que quedan en nuestra memoria.

Ahora bien, esta exposición cumple con una doble función: por una parte, es un adelanto a las celebraciones que tendrán lugar en el próximo mes de octubre, cuando el Teatro UC está de aniversario, pero que sin embargo festejará desde ahora, inicios de septiembre, con diversas actividades. Y si uno repasa el programa de actividades planificadas, siente la tentación de solicitar un tiempo sabático para solazarse con los espectáculos que ofrece esta celebración: estrenos de obras, revisita de clásicos –incluida La pérgola de las flores– y un encuentro de mujeres directoras de teatro en el Campus Oriente, están entre otras actividades.

Por otra parte, la exposición que se presenta actualmente fijará en nuestra memoria los avatares de una historia plena de logros que se han incorporado al acervo y al imaginario cultural nacional. En este sentido, esta exposición nos brinda la oportunidad de rememorar, de celebrar y de recordar la espléndida trayectoria del Teatro UC.

Este aporte cultural que se entrega de manera amplia y generosa desde la universidad se debe a una idea visionaria, que se plasma con el trabajo de directores, profesores, actores, técnicos, personal de apoyo, estudiantes y con la calurosa aceptación de un público que nos ha acompañado durante toda esta trayectoria. En el camino a celebrar su centenario, el Teatro UC hace un alto y presenta su historia, su recorrido y sus principales hitos. Ha sido un verdadero aporte cultural a nuestra nación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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