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La NO banalidad del mal

por 13 septiembre, 2018

La NO banalidad del mal
Llama la atención sobremanera que, cuando nos volvemos a preguntar por la banalidad del mal, término tan significativo cuando estamos llamados a comprender cómo personas comunes y corrientes pueden llegar a naturalizar atroces crímenes contra la humanidad, este concepto no tiene ningún sentido para el debate que se está dando actualmente. Las personas que hoy en Chile demandan volver a mirar el contexto y reclaman por el clima de “odiosidad” que hoy se ha levantado, no son banales en sus críticas y en sus amenazas. No buscan entender su apoyo a la dictadura como parte de una mecánica instalada que los llevó a actuar irreflexivamente. Al contrario. Están diciendo claramente que, de volver a presentarse las demandas largamente constreñidas desde los sectores marginados, de enfrentarse nuevamente al mismo clima político, ellos volverán a tener la misma respuesta.
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Mucho se ha hablado estos días de la necesidad de entender “el contexto” que habría llevado a la dictadura en Chile a aplicar terrorismo de Estado. La esposa del ex ministro Mauricio Rojas ha insistido en Twitter en la postura que él mismo propició y que, supuestamente, ya no acompañaba sus pensamientos. De ese modo, ella se ha preguntado qué fue lo que hizo que los chilenos y chilenas nos llegáramos a odiar tanto.

Existen muchas respuestas y hechos para poner en evidencia por qué los sectores populares, al momento del ascenso de Frei y Allende y desde mucho antes, tenían motivos para sentirse marginados e injustamente tratados por parte de los sectores que tenían el poder tanto político como económico. La miseria y los malos tratos que por años afectaron a los trabajadores y trabajadoras, en distintos contextos a lo largo del país, hablan ya de una necesidad de justicia que puede ser fácilmente transformada en rabia.

Sin embargo, para los sectores privilegiados, que también mostraron enorme odiosidad en el contexto permanentemente citado, las causas del odio son fundamentalmente distintas.

Este no nace fruto de carencias, marginación y olvido, sino como una forma de indignación frente a lo que conciben como una insubordinación, como una desvirtuación de las costumbres y las jerarquías y, a fin de cuentas, como un reclamo ilegítimo por parte de los sectores marginados, al buscar ser considerados como iguales. Ante esto no cabe más que recordar la rabia expresada hace pocas semanas por vecinos en la Rotonda Atenas, al verse enfrentados con la posibilidad de vivir con personas de estratos más bajos, “que no merecen la misma calidad de vida que ellos”.

Es lamentable que, ante el auge del conflicto en el actual período, nuevamente los sectores conservadores salgan a reclamar por el exceso y la supuesta artificialidad de las demandas. Las comparaciones con los Mercedes Benz, el ninguneo a la desigualdad, el autoexilio de grandes empresarios tipo Büchi a la menor alteración al “orden”, es decir, a la amenaza a sus ganancias, no hacen más que exacerbar el clima de conflicto que ellos reclaman. Sergio Melnick –sin duda uno de los mayores defensores de este orden– ha clamado incluso estos días en pro de crear un museo de la democracia, para que los que reclamamos recordemos el período anterior al golpe. No vaya a ser que se repitan (¡oh sorpresa!) los “excesos” represivos de la dictadura. En esta réplica es posible verificar, sin embargo, nuevamente, no el amor que estos sectores tienen por la democracia, sino el afán aleccionador y poco reflexivo de dichos sectores al utilizar este concepto. Democracia implica para ellos la calma y el orden y, por supuesto, la no transformación del statu quo. No implica el abrirse al debate y no implica escuchar las demandas de reconocimiento con fines de mejorar la participación y la igualdad de las personas bajo dicho sistema.

Esta afrenta históricamente se ha pagado caro. Ha implicado el castigo y el aleccionamiento, por ejemplo, a través del cepo, o a través del “fondeo”, término que a inicios de siglo aludía a hacer desaparecer en el fondo del mar a las personas que hacían revueltas. Las diversas matanzas de trabajadores que se han dado durante la historia de Chile –y que seguramente muchos estarán prontos a negar– también dan cuenta de este afán aleccionador de las clases dominantes, armando muchas veces a sus propios jóvenes a través de “juventudes doradas” para su propia defensa y la de su propiedad.

Desde esta perspectiva, la rabia que surge de las personas marginadas nace del maltrato o, como diría el filósofo y sociólogo Axel Honneth, de la falta de reconocimiento. Nace de hacer valer los requerimientos más básicos a través del peso de la fuerza de la masa y la manifestación, porque, como hemos podido ver actualmente con las demandas de género y de los grupos LGTBI, y así como se presentaron también las protestas por los derechos civiles de los afroamericanos en EE.UU. durante los 60, el reconocimiento a los sectores menos privilegiados o invisibilizados, no se da de manera espontánea por parte del sistema político, ni por buena voluntad, sino a través de la crítica y la afrenta; de la exposición cruda de la realidad, la que, muchas veces, aparece a ojos de los sectores privilegiados como una exageración y un montaje. No obstante, esta ha sido la forma a través de la cual se han logrado subir los estándares de justicia e igualdad: de reconocimiento.

Por más que a los sectores con poder les parezca que los períodos de conflicto son muestras de afanes dictatoriales y de poco respeto a la democracia, deberían partir por preguntarse con más ahínco justamente por las causas del conflicto y no por su expresión más visible.

Desde esa perspectiva, el respeto a la democracia se mide más por la capacidad de escuchar realmente las demandas de otros y otras y no por la censura o represión del conflicto, que no es más que un clima artificial, que si bien acalla, no resuelve las demandas. De este modo, y ante el actual contexto, sería un buen ejercicio empezar a escuchar a las personas que no han tenido la posibilidad de vivir la vida sin carencias que ellos(as) –y nosotros(as)– hemos tenido. Saber entender lo injusto y poco democrático de un modelo “de desarrollo” que permite que existan personas que viven vidas de dolor y de represión externa e interna de necesidades; que no cuentan con garantías sociales para poder realizarse plenamente como personas, sin que eso implique que en ello se les vaya la vida misma. Que puedan hacerlo sin que la vida penda de las ganancias de un bingo o de la aquiescencia de la Isapre, la AFP, o la empresa de turno, muy bien administrada, pero sin objetivo social.

Es lamentable que, ante el auge del conflicto en el actual período, nuevamente los sectores conservadores salgan a reclamar por el exceso y la supuesta artificialidad de las demandas. Las comparaciones con los Mercedes Benz, el ninguneo a la desigualdad, el autoexilio de grandes empresarios tipo Büchi a la menor alteración al “orden”, es decir, a la amenaza a sus ganancias, no hacen más que exacerbar el clima de conflicto que ellos reclaman. Sergio Melnick –sin duda uno de los mayores defensores de este orden– ha clamado incluso estos días en pro de crear un museo de la democracia, para que los que reclamamos recordemos el período anterior al golpe. No vaya a ser que se repitan (¡oh sorpresa!) los “excesos” represivos de la dictadura. En esta réplica es posible verificar, sin embargo, nuevamente, no el amor que estos sectores tienen por la democracia, sino el afán aleccionador y poco reflexivo de dichos sectores al utilizar este concepto. Democracia implica para ellos la calma y el orden y, por supuesto, la no transformación del statu quo. No implica el abrirse al debate y no implica escuchar las demandas de reconocimiento con fines de mejorar la participación y la igualdad de las personas bajo dicho sistema.

Llama la atención sobremanera que, cuando nos volvemos a preguntar por la banalidad del mal, término tan significativo cuando estamos llamados a comprender cómo personas comunes y corrientes pueden llegar a naturalizar atroces crímenes contra la humanidad, este concepto no tiene ningún sentido para el debate que se está dando actualmente. Las personas que hoy en Chile demandan volver a mirar el contexto y reclaman por el clima de “odiosidad” que hoy se ha levantado, no son banales en sus críticas y en sus amenazas. No buscan entender su apoyo a la dictadura como parte de una mecánica instalada que los llevó a actuar irreflexivamente. Al contrario. Están diciendo claramente que, de volver a presentarse las demandas largamente constreñidas desde los sectores marginados, de enfrentarse nuevamente al mismo clima político, ellos volverán a tener la misma respuesta. Y ese mal no tiene nada de banal, sino es activamente consciente de la utilización aleccionadora que hacen y volverían a hacer del terrorismo de Estado.

Más que entender el contexto y su rol como sectores privilegiados antes y ahora, nos están diciendo nuevamente: no repitamos el contexto, porque, ante el contexto, ¡ya saben lo que les va a pasar!

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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