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Plan Araucanía: chocar dos veces con la misma piedra

por 10 diciembre, 2018

Plan Araucanía: chocar dos veces con la misma piedra
La estrategia desarrollista tiene la finalidad de la integración y homogenización como el camino para llegar al desarrollo económico, no permitiendo el disfrute de los derechos colectivos sociales, culturales y políticos, de un pueblo al que no se le reconoce legitimidad ni valor. Para ellos, el desarrollo económico es individual, no es una tarea de pueblo.
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La chilenidad es un imaginario simbólico con que el Estado ha querido designar las características de una nación unificada. Este falso relato, no es más que maquillaje, que finalmente no logró cubrir las profundas fisuras del intento de eliminar y luego asimilar al pueblo Mapuche. La verdad, es que este pueblo, ha debido construir su propia historia y generar sus propios padres de la “patria”. Esto, inevitablemente, debía conducir a un imparable choque entre el Estado de Chile y la Nación Mapuche.

Esta es la razón de fondo del fracaso de todos los planes de desarrollo orientados hacía el pueblo Mapuche, que en realidad no busca la equidad y justicia social, sino, una integración sin identidad, con el objetivo evidente de conformar una comunidad política homogénea y obsecuente. Lo que se ha pretendido, es establecer una relación de subordinación entre el Estado y el Mapuche, cómo receptores pasivos y resignados. En la práctica, el resultado ha sido el establecimiento de una especie de víctimas de las estrategias de desarrollo, en las cuales, obviamente, no participa el indígena, ni en su diseño ni en su implementación.

En consecuencia y como lo hemos repetido desde su anuncio, el Plan Araucanía está condenado al fracaso, ya que no busca el desarrollo real, sino que intenta construir un prototipo a su medida. En realidad este es un fuerte instrumento de clientelismo del Ministro Moreno, que crea dependencia y cooptación de los líderes, tal como ya lo había hecho Ricardo Lagos con el Programa Orígenes y Michel Bachelet con el programa Chile Indígena.

El Estado habla de desarrollo indígena, queriendo referirse, con un uso actualizado del lenguaje, a lo que antes se denominada “un cambio civilizador”. De esta manera, se entiende que para que un mapuche alcance el desarrollo, tiene que adoptar ciertos parámetros que se consideran “civilizados”. Entonces, el mapuche, para ser desarrollado, debe abandonar su cosmovisión y adquirir la chilenidad.

En suma, la estrategia desarrollista tiene la finalidad de la integración y homogenización como el camino para llegar al desarrollo económico, no permitiendo el disfrute de los derechos colectivos sociales, culturales y políticos, de un pueblo al que no se le reconoce legitimidad ni valor. Para ellos, el desarrollo económico es individual, no es una tarea de pueblo. Se puede entonces concluir, que la estrategia del gobierno tiene un carácter de dominación de los mapuche, volviéndolos cada vez más dependientes de dádivas económicas.

El señor Ministro debería comprender, algún día, que el desarrollo debe ser desde lo endógeno y que no pasa por esta u otra posición ideológica, tampoco por integración ni separación, sino por el simple reconocimiento del otro, con sus diferencias. Dejemos esto claro, la integración sin ciudadanía indígena, es la causa del empobrecimiento y la exclusión.

Aquí en La Araucanía, no hay un solo problema, hay varios y todos de diferente naturaleza. Estos afectan por igual y con mucha intensidad a los ciudadanos chilenos que viven en la región. En ese sentido, es necesario dar a conocer los distintos problemas y su génesis y que sea esto, lo que permita proponer soluciones de acuerdo a cada situación.

En primer lugar el tema Mapuche -y el tema indígena en general-, no es solo un asunto de La Araucanía, es un tema nacional, cuyo origen es la violación sistemática, por el Estado de Chile, del tratado de Trapihue de 1825 y la posterior invasión del Biobío al sur. Ese periodo implicó la expropiación ilegal de las tierras mapuche y el robo alevoso de todo su ganado por parte del Ejército de Chile. Por lo mismo, dejemos de usar eufemismos y llamemos a las cosas por su nombre, por lo que una política de resolución y desarrollo del pueblo mapuche, debe ser denominado “Plan de desarrollo Mapuche” y no Plan Araucanía.

La pobreza de la Región de La Araucanía obedece a un problema de descentralización y de inversión pública para crear una infraestructura necesaria para el desarrollo de un territorio postergado, en lo que tiene que ver el presupuesto de la nación. Los chilenos pobres, en definitiva, son víctimas de una política pública, implementada por los mismos políticos que ellos mismos han elegido.

A una parte importante de Chile, le ha quedado claro que las ideologías hegemónicas que han administrado el Estado mediante distintos colores políticos y gobiernos, aún no logran explicar cuál es el lugar de los sectores pobres, poblacionales y campesinos en el proyecto de crecimiento económico del país. Este es el elemento en común con el pueblo mapuche, a quien aún hoy no se le logra explicar, cuál es su rol como nación originaria, en la política del Estado.

Tenemos una minoría privilegiada como adversario común, esta no es una frase vacía, es una constatación. La culpa que el chileno sea pobre no es del mapuche, sino de esa minoría económica y política que administra el Estado, y lo ha convertido en una fábrica de pobreza para muchos y riquezas para pocos.

De esto es de lo que el ciudadano común hoy se ha dado cuenta: existe un grupo humano que lo único que exige es sus derechos arrebatados. Esto se ve en la solidaridad de los movimientos estudiantiles, trabajadores, poblaciones y políticos, producto del asesinato, por agentes del Estado, del joven Camilo Catrillanca.

El discurso de la importancia del pueblo como sujeto de su propio desarrollo y destino, no se ha expresado en la relación de poder ni en el reconocimiento de derechos económicos a chilenos postergados ni al pueblo mapuche. Esto nos obliga a plantearnos la unión política y social del pueblo de Chile con el pueblo Mapuche.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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