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Impuestos y crecimiento

por 7 marzo, 2019

Impuestos y crecimiento
El Presidente Piñera, en su encuentro llamado “En Marcha” (cualquier similitud con Macron y los “chalecos amarillos” de Francia debe ser desestimada), dijo que el problema tal vez no estaba en el crecimiento sino más bien en la distribución. O sea, en el desarrollo. Ahora tiene todas las facultades para no quedarse en las puras palabras. Recientemente pidió actuar de buena fe para abordar la Reforma Tributaria. La condición de la buena fe es actuar sobre los datos y los hechos. No sobre la representación falsa de la realidad (la ideología), ni sobre cifras distorsionadas.
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Cuando niño en mi casa no se hablaba de dinero. No sobraba ni faltaba. Simplemente se consideraba un tema de mal gusto. Vulgar.

Creo que el Presidente Piñera tiene, en el tema de la plata, el mismo pudor que la mayoría de los chilenos y sabe que hablar de impuestos es hablar de dinero, de lo vulgar: en impuestos, le resto a unos para dar a otros.

De esa vulgaridad deriva la necesidad de revestir con un fin loable la actual Reforma Tributaria. Para ello el actual Gobierno propone bajar impuestos directos a los más pudientes con el argumento de favorecer el crecimiento de la economía. El razonamiento es simple y desde siempre esgrimido en Chile, y en el mundo: lo que dejan de pagar al fisco los sectores sociales con capacidad de ahorro lo destinarán a inversión y esta generará dinamismo económico, incluido el aumento del empleo.

Nunca y en ninguna parte se ha comprobado esta correlación. Al contrario, la poca evidencia empírica muestra que lo no pagado al fisco va más bien a consumo suntuario.

En nuestro país, desde 1990 los impuestos no han cesado de aumentar y el crecimiento de la economía tampoco.

En 1990, el Gobierno de Aylwin, con el apoyo del actual Presidente Sebastián Piñera, subió el impuesto a las utilidades de las empresas del 10 al 15 por ciento; más tarde se subió al 20% y hoy, dependiendo de si se está en el sistema de renta atribuida o en el semiintegrado, al 25 y 27 por ciento, respectivamente.

¿Y qué pasó con la economía? Creció entre 1990 y 2018 de 5 mil dólares per cápita a 25 mil dólares per cápita. O sea, con aumento constante de los impuestos Chile creció un 500 por ciento en ese período.

Esta es la evidencia empírica, lo no ideológico (la representación falsa de la realidad), los datos duros como se gusta decir. Es más, ello sucede estando vigente la Reforma Tributaria del Gobierno de Michelle Bachelet y sin que se le haya cambiado una coma, pues en 2018 la economía creció en un 4 por ciento.

La actual oposición, en un esfuerzo de buena voluntad, suscribió unánimemente una minuta sobre los principios que, a su juicio, deberían informar una Reforma Tributaria y los puso en conocimiento del Gobierno para buscar su opinión y un acuerdo que diera viabilidad al debate legislativo de dicha reforma. Aún no hay respuesta.

Según el informe financiero del propio Gobierno, reintegrar el sistema (esto es, que el dueño de la empresa a la hora de pagar sus impuestos descuente como crédito lo que pagó aquella) le costará al fisco 833 millones de dólares en régimen (mucho más al inicio). Por otra parte, flexibilizar el concepto de “gasto necesario para producir la renta”, sumado al error de cálculo en la sobreestimación de la recaudación por la boleta electrónica, le costarán otros 200 millones de dólares.

Para no desfinanciar al fisco, ese mismo informe dice que se reemplazarán esos impuestos directos (de los más poderosos), mejorando la recaudación de impuestos indirectos, que pagan todos los chilenos por igual, mediante la boleta electrónica: unos 1.000 millones de dólares. O sea, pan por charqui, con el agravante de que para mejorar la recaudación del IVA, con otras reformas se debilita al Servicio de Impuestos Internos, que es el que recauda.

Para la clase media no hay nada, pues la rebaja del IVA en la vivienda es para los sectores más acomodados, con la mala noticia de que se gravarán servicios digitales de alto consumo por parte de dicho segmento (Netflix, Uber, Cabify y otros).

A las pyme se les ofrece una cláusula especial que encarece sus costos al obligarlas a llevar contabilidad completa y, por tanto, a tener que contratar contadores. Ello, en circunstancias que la pyme lo que demanda es facilitarles el acceso al actual artículo 14 ter de la ley vigente y que les permite llevar contabilidad simplificada (registro de ingresos y gastos) sin necesidad de pagar contadores. ¿Por qué el Gobierno campeón de la “libre elección” no deja la opción del 14 ter y de la “cláusula pyme” a la decisión de la pyme?

Hay espacio para revisar y crear otros impuestos, que no sean los indirectos, con los cuales reemplazar los cambios que provocan merma en la recaudación fiscal. Identificarlos y concretarlos requiere imaginación y voluntad.

¿Por qué no impuestos a las ganancias de capital en la especulación financiera y de la propiedad?, ¿o un impuesto a las transacciones financieras como la llamada “Tasa Tobin”?, ¿o el fin de la renta presunta de que se benefician grandes empresas agrícolas, mineras y del transporte?, ¿o el aumento del impuesto a las herencias de más de 5 millones de dólares?, ¿o el instituir el impuesto a las grandes fortunas patrimoniales de más de 15 millones de dólares?  

Un esquema así podría favorecer que el vulgar tema de los impuestos, del dinero, se convierta no solo en crecimiento sino en desarrollo, que es lo humano.

El Presidente Piñera, en su encuentro llamado “En Marcha” (cualquier similitud con Macron y los “chalecos amarillos” de Francia debe ser desestimada), dijo que el problema tal vez no estaba en el crecimiento sino más bien en la distribución. O sea, en el desarrollo. Ahora tiene todas las facultades para no quedarse en las puras palabras.

Recientemente pidió actuar de buena fe para abordar la Reforma Tributaria. La condición de la buena fe es actuar sobre los datos y los hechos. No sobre la representación falsa de la realidad (la ideología), ni sobre cifras distorsionadas.  

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