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Por qué me opongo a la propuesta de Reforma Tributaria

por 24 septiembre, 2019

Por qué me opongo a la propuesta de Reforma Tributaria

Crédito: Agencia UNO

Algunos dirigentes políticos de oposición se han dejado encandilar (voluntariamente al parecer) por ciertos beneficios para determinados sectores sociales más carenciados y se allanaron a aprobar la reintegración del sistema tributario (que para el Gobierno es lo central y lo que verdaderamente le importa). Es verdad que para estos sectores cualquier beneficio es bienvenido, sobre todo cuando las carencias son acuciantes, pero la pregunta es: ¿puedo transar mis principios en aras de beneficios mínimos focalizados, a cambio de beneficiar a los más ricos del país?
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Ha llegado al Senado el proyecto de Reforma Tributaria presentado por el Gobierno y aprobado por la Cámara de Diputados. Nosotros, los senadores, tenemos la responsabilidad de evitar que se apruebe un proyecto de ley que claramente atenta contra los principios básicos de un buen sistema tributario. Estos son, vale repetirlos: (i) que los que ganen lo mismo paguen lo mismo, independientemente del origen del ingreso; (ii) que los que ganan más, paguen más; (iii) que distorsione lo menos posible las decisiones económicas; y (iv) que sea simple y barato de administrar. En estos principios no parece haber desacuerdo entre los especialistas.

Al parecer el Gobierno, y buena parte de mis colegas de la Cámara, han optado por abandonar estos principios, y otros de tipo político y ético, en pos de obtener supuestos réditos por el lado del crecimiento económico. Al hacerlo, hacen caso omiso de la evidencia internacional que muestra que los resultados de bajar los impuestos a las empresas y a los grupos de altos ingresos son inciertos y, en el mejor de los casos, si son positivos duran muy poco.

Más aún, también parecen hacer abstracción de las dificultades fiscales que enfrentamos hoy y las que se proyectan para el futuro. Porque, digámoslo, las finanzas públicas están en su peor momento desde 1990 y se proyecta que seguirán empeorando, en parte porque la reforma propuesta disminuirá la recaudación de impuestos.

En todo caso, la discusión pública ha dejado en evidencia que el corazón de la propuesta tributaria del Gobierno viola los cuatro principios enunciados al inicio. Con la reforma propuesta los que tienen ingresos del capital pagarán menos impuestos que los que obtienen sus ingresos del trabajo. Esto, porque los dueños del capital no pagarán impuestos sobre los ingresos (ahorros) que quedan dentro de la empresa. Esa ventaja generó nada menos que US$300 mil millones que quedaron en los FUT hasta 2014, sin pagar impuestos. Eso, desde luego, agrava la concentración de la riqueza, uno de los grandes flagelos de nuestra sociedad. La reforma anterior le había puesto un límite a esta forma de concentración de la riqueza.

Son varios los motivos, llamémoslos técnicos, por los que no puedo dejar de votar en contra de la propuesta del Gobierno. Pero mucho más gravitantes son los principios que deben guiar nuestra acción política en orden a no favorecer con las políticas públicas a los más ricos de la sociedad, sino jugársela por los más necesitados, pero no con migajas sino con justicia social.

Algunos dirigentes políticos de oposición se han dejado encandilar (voluntariamente al parecer) por ciertos beneficios para determinados sectores sociales más carenciados y se allanaron a aprobar la reintegración del sistema tributario (que para el Gobierno es lo central y lo que verdaderamente le importa). Es verdad que para estos sectores cualquier beneficio es bienvenido, sobre todo cuando las carencias son acuciantes, pero la pregunta es: ¿puedo transar mis principios en aras de beneficios mínimos focalizados, a cambio de beneficiar a los más ricos del país? ¿No es acaso esto volver a la política del chorreo (implantada por la dictadura con los Chicago Boys) en orden a favorecer a los ricos para que algo les caiga a los más pobres? ¿No es acaso una inconsecuencia haber formado parte del Gobierno pasado y haber aprobado la Reforma Tributaria del 2014 (que va en la dirección contraria a la actual) borrando hoy con el codo lo que ayer escribiste con la mano?

Por el mismo motivo, la reforma viola el segundo principio. Al pagar impuestos sobre los retiros y no sobre las utilidades totales, todo lo que no se retira de la empresa queda exento de impuestos. ¿Y quiénes pueden dejar más recursos dentro de las empresas? Los grandes accionistas de las más grandes empresas.

El tercer principio, esto es, que no incida sobre las decisiones económicas, también se viola con la propuesta de reforma. Son tales las ventajas de ser empresa, sobre todo las sociedades de inversión, aparentando ser pymes, que no producen nada y son usadas para reducir el pago de impuestos.

Y, luego, viene la elusión y la evasión que también son parte del punto anterior y dificultan la administración del sistema y, por lo mismo, la encarece violando el cuarto principio. En parte porque la reforma propuesta disminuye la capacidad del SII para limitar esas actividades, al debilitar las normas antielusión que tiene la ley vigente al prevalecer la autonomía de la voluntad, dejando sin efecto las normas de derecho público de la Reforma Tributaria del Gobierno de la Presidenta Bachelet.

A todo lo anterior hay que sumar una multitud de “regalitos”, principalmente a las personas de altos ingresos que no perciben estos exclusivamente sobre la base de un salario fijo, acentuando aún más la disparidad en el tratamiento impositivo.

Por todos estos motivos, llamémoslos técnicos, no puedo dejar de votar en contra de la propuesta del Gobierno. Pero mucho más gravitantes son los principios que deben guiar nuestra acción política en orden a no favorecer con las políticas públicas a los más ricos de la sociedad, sino jugársela por los más necesitados, pero no con migajas sino con justicia social.

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