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La paradoja de la tolerancia

por 28 noviembre, 2019

La paradoja de la tolerancia
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Amedrentar a políticos e incluso a intelectuales, en nombre de los valores de la democracia, por estos días está de moda. La semana pasada fueron funados Beatriz Sánchez, José Miguel Insulza y Gabriel Boric. Tal práctica no es nueva; comenzó el año pasado y debutó invocando el valor de la tolerancia frente a los intolerantes. Quienes lo invocaron lo hicieron con un dejo de satisfacción moral e intelectual.

            En Chile, hasta marzo de 2018, casi nadie había oído hablar de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper (1902-1994). Excepto, quizá, el reducido número del círculo de lectores de este filósofo británico de origen austriaco. Pero un hecho noticioso la puso de moda. La agresión física que sufrió José Antonio Kast, en las inmediaciones de la Universidad Arturo Prat de Iquique, cuando éste se disponía a dar una conferencia, fue justificada por parte de los simpatizantes de los agresores apelando al argumento de la paradoja de la tolerancia de Popper. Según éstos, Kast debía ser silenciado porque su discurso era (o es) intolerante. En consecuencia, es legítimo acallar al intolerante en nombre de la tolerancia. Por consiguiente, los puñetazos, patadas y escupitajos que Kast recibió no ameritarían ningún reproche.

El argumento de la paradoja de la tolerancia fue esbozado por Popper en el capítulo séptimo de su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”. En la nota al pie de página número cuatro de dicho capítulo Popper apunta lo siguiente: “La tolerancia ilimitada puede conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a quienes son intolerantes —y si, además, no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes— el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes. Mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, en el caso de que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de la argumentación racional, sino que, por el contrario, comiencen a descalificar tal tipo de razonamiento. Así, por ejemplo, pueden prohibir a sus adeptos que presten oídos a los argumentos racionales, tildando a éstos de engañosos, y que inciten, asimismo, a sus adherentes a contrarrestar los argumentos racionales con el uso de los puños o de las armas. Debemos reclamar, entonces, en nombre de la tolerancia el derecho a no tolerar a los intolerantes. Debemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos”.

            ¿Cuáles serían las características, según Popper, de la intolerancia? De esa intolerancia que es preciso ahuyentar y penalizar legalmente. Es posible identificar tres características de los grupos intolerantes.

1.- Evitan que sus adherentes se expongan a flujos de información alternativos; o bien impiden que éstos exploren ideas contrarias a las de su credo; por consiguiente, prohíben a los miembros del grupo (secta, diría yo) escuchar argumentos que pongan en tela de juicio las creencias tribales.

2.- Rehúyen el debate de ideas y la confrontación racional de argumentos.

3.- Sustituyen la argumentación racional por el uso de la violencia física.

Es plausible barruntar que tras estas características subyace cierto afán imperativo que se deriva de una creencia absoluta. Poco importa cuál sea el fundamento, el origen o la génesis de esa creencia. Lo que sí importa es que esa creencia tiene pretensiones de exclusividad y, por lo mismo, es excluyente de cualquier otra creencia que no sea afín a su universo.

Popper invita a penalizar las conductas, no las ideas. Por eso, las características que se pueden identificar en el párrafo transcrito tienen que ver con acciones concretas. Por consiguiente, Popper no penaliza determinados pensamientos, concepciones filosóficas, o bien ideologías, por muy intolerantes que ellas sean en sí mismas. Lo que él penaliza son las conductas, los comportamientos, las acciones concretas. Entonces, para que un grupo sea colocado fuera de la ley no importa tanto el punto uno, sino que el dos y, especialmente, el tres.

La posición de Popper es bastante similar a la de John Stuart Mill. Este último aboga por la más irrestricta libertad de pensamiento y expresión, pero pone límites a las conductas a través del principio del daño, en cuanto nuestro comportamiento puede lesionar a terceras personas. En cuanto a la libertad de pensamiento y expresión hay (para mí) un párrafo clave de Mill a este respecto, en el cual sostiene que “hasta la más intolerante de todas las iglesias, la Iglesia Católica Romana, durante un proceso de canonización admite y oye pacientemente a un abogado del diablo”. La expresión clave de la frase citada es la dicción “hasta la más intolerante”. Si hasta en la más intolerante de todas las iglesias se tolera a los puntos de vista que van a contracorriente, ¿por qué razón no se habrían de aceptar en otras instituciones que son menos intolerantes? Ese es el argumento de Mill.

Dicho sea de paso, el abogado del diablo es un teólogo que tiene por misión echar abajo las pruebas de sus colegas teólogos que intentan probar que un beato efectuó determinados milagros. Por consiguiente, impugna las pruebas y creencias de quienes promueven la canonización de una persona y ello implica no sólo cuestionar, sino que además eventualmente herir, las creencias de quienes alientan la santificación de un beato.

Como se ve, la existencia de contra discursos es fundamental para que una sociedad pueda ser calificada de liberal, diría Mill; de abierta, diría Popper; de decente, diría Rawls; de pluralista, diría Berlin. Para Mill y para Popper no hay nada más peligroso que el pensamiento único y, obviamente, que la dictadura de lo políticamente correcto.

Volviendo al punto de partida de esta nota, entonces, a quienes correspondería penalizar y poner fuera de la ley, de acuerdo al argumento de Popper, sería a quienes funaron a José Antonio Kast, pues ellos no lo combatieron en el plano de las ideas, sino que a patadas, puñetazos y escupitajos. En este caso puntual, la intolerancia de Kast es de menor envergadura que la de quienes lo agredieron; pues la de aquél está en el plano de las ideas y la de éstos en el plano de las conductas. Una es tolerable para Popper, la otra no. Lo que debieran hacer los detractores de Kast es convocarlo a la plaza pública, no para lapidarlo; sino que para interpelarlo racionalmente.

Así, paradojalmente, el argumento de la paradoja de la tolerancia se revierte, precisamente, en contra de quienes lo invocaron.

Nada de qué extrañarse, estamos en Chile, país plagado de impostores, de imposturas y de dobleces; país del presbítero Karadima y del cura Poblete, de Allende y de Pinochet, de Chang y de Garay; país que idolatra los derechos humanos y que le otorgó refugio al mayor criminal europeo de la segunda mitad del siglo veinte: Erich Honecker.

¿Significa lo anterior que somos un pueblo incoherente o, peor aún, hipócrita? Creo que no. Somos, al parecer, un pueblo bastante superficial, casquivano y, probablemente, algo disléxico. Si somos así, no se nos pueden imputar malas intenciones, ni tampoco una lectura deliberadamente sesgada de la realidad. Somos simplemente insustanciales, banales y veleidosos. Somos un país que al despuntar el alba tiene un tenue destello de lucidez, que al medio día es escéptico, por la tarde es apático y por la noche rabiosamente fanático.

            Finalmente, estimo casi innecesario decir que discursos como el de José Antonio Kast —al igual que el de los “ayatolas” virtuales y el de un sinnúmero de epígonos callejeros de Savonarola— en nada contribuyen a mejorar la deteriorada convivencia política de este país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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