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¿En qué consiste el poder?

por 19 diciembre, 2019

¿En qué consiste el poder?

Crédito: Heraldo.es

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Hace unos días Renato Cristi, a través de una columna de opinión titulada “Nostalgia de Karl Marx”, sugiere la existencia de una conexión entre el rechazo generalizado a la autoridad y la doctrina anarquista, puesto que –a su juicio– el anarquismo sería posiblemente “la corriente política predominante del estallido social en Chile”.

Para fundamentar este nexo, realiza una revisión breve pero bien documentada de los reparos y desavenencias que existieron de parte de Marx y Engels hacia el movimiento anarquista dirigido en esos tiempos por Bakunin, pero también incorpora la visión de John Dewey y su perspectiva crítica sobre el liberalismo predominante. Lo que Cristi intenta probar (por medio de los autores que cita) es que los principios de autoridad y libertad son siempre complementarios, de modo que oponerlos constituiría un error.  Ahora bien, la relación que establece Cristi es cuando menos problemática, en la medida que efectivamente el estallido social chileno podría ser leído como un cuestionamiento generalizado al principio de autoridad –por lo que habitualmente se apunta al Estado como entidad opresora–, sin que ello necesariamente obedezca a la hipótesis que él formula.

Quisiera fundar mi crítica exponiendo muy someramente, la caracterización que Gilles Deleuze realiza de las “sociedades de control”, porque ofrece una explicación consistente acerca da la disipación histórica del paradigma disciplinario y sus mecanismos. En efecto, el poder ya no requiere de los “centros de encierro” (fábrica, hospitales, prisiones, escuelas) para ejercerse sino que sobre todo de “regulaciones biopolíticas” como las denominaba Michel Foucault, entonces su propósito no pasa tanto por docilizar al individuo-masa para extraer su máxima potencialidad productiva, sino que fundamentalmente por administrar la vida.

Si en las sociedades disciplinarias lo relevante era masificar e individualizar (de ahí la relación que Foucault observa entre el gobierno civil y el viejo poder pastoral), en las sociedades de control –según explica Deleuze– el número de identificación es reemplazado por la cifra y los indicadores. Esto quiere decir que los controles no obedecen a centros de referencia que los aglutinen, porque operan diseminándose a través de flujos siempre cambiantes. En definitiva, el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, signada por la transformación tecnológica, expresa una profunda mutación del capitalismo, que probablemente Marx, Engels, y Dewey no hubiesen podido advertir. Y en tal caso, la nostalgia puede entenderse como sintomática de una incomprensión a este respecto, porque olvida Cristi que en el neoliberalismo el problema no es tanto cómo complementar la autoridad con la libertad, sino que la libertad con la sumisión. Las cadenas que tiene que perder el proletario ya no son grilletes metálicos que le constriñen, sino deudas que lo asolan y lo perpetúan a una condena de nuevo tipo.

En esta analítica gubernamental del poder, vemos que el principio de autoridad va perdiendo eficacia y las instituciones del gobierno civil (la idea misa del “Estado” y el “Gobierno” requieren ser interrogadas) dan paso a nuevas técnicas y procedimientos complejos, que operan de forma descentralizada y abierta, como los sistemas informáticos, la ingeniería genética, hasta el consumo televisivo y los psicofármacos. Por cierto, no se trata de una superación teleológica fruto de un progreso civilizatorio (la disciplina y el control como tecnologías de poder, se aplican en niveles diferenciados), sino que de la intensificación de la catastrófica tendencia moderna por el dominio.

Esto conlleva la emergencia de un nuevo régimen de dominación, que torna también insuficientes las formas organizativas y de resistencia que se orientaban a los procedimientos disciplinarios. Al respecto, Deleuze coloca como ejemplo la función de los sindicatos, pero en ese mismo punto habría que agregar la decadencia general de los modelos jerárquicos que enmarca la crisis de la representación tradicional. En ese sentido, el modelo rizomático que el propio Deleuze (junto a Guattari) desarrolla, puede servir de referente explicativo frente a las delirantes teorías conspirativas que el gobierno ha difundido para denunciar a una presunta “organización criminal” (obsesión por hallar el orden unidireccional: la raíz, el eje o el urdido plan) que estaría detrás de la quema de las estaciones del Metro.

La multiplicidad rizomática no se reduce a un principio de unidad que ordene la realidad ni se encajona al interior de una estructura. De hecho, la veloz propagación del “estallido” da cuenta de una compleja conexión rizomática (línea de fuga) entre la dimensión virtual y la protesta social, en que la protagónica figura del usuario despersonalizado que existe a través del ordenador, muta hacia la forma común y heterogénea de aquel “sujeto encapuchado” que se intenta individualizar de un modo deficiente, debido al territorio impersonal –“la calle”– en que se inserta.

Si bien el ejercicio del poder podría obedecer a “esquemas”, los de hoy no pasan necesariamente por la fisonomía de las instituciones disciplinarias. Las estrategias y tácticas que la política diseña para mantener o modificar las relaciones de fuerza, responden más a la forma de los dispositivos (red que articula elementos múltiples) que a las viejas subordinaciones individuales, agregaciones a identidades orgánicas y estrictas líneas de mando. De modo que pensar la inorganicidad de la revuelta como una anomalía a ser superada (como nos ocurrió a muchos durante las primeras horas del “estallido”), defenestra todas sus potencialidades.

Lo que va siendo modificado gradualmente en el umbral de la “modernidad biopolítica”, son las lógicas concentracionarias y acumulativas que, entre otras cosas, todavía nos hacen referirnos al poder desde una concepción jurídica. De igual forma ocurriría con la producción económica, que rebasa los límites de la fábrica y se expande agresivamente, colonizando nuevas zonas y rediseñándolas en función de la generación de renta. Deleuze dirá que el capitalismo “lo que intenta vender son servicios, lo que quiere comprar son acciones”. De este modo, el capitalismo busca apropiarse de la dimensión previa a la producción, es decir el “capital humano”, y es en ese sentido que deviene biopolítico.

Un desafío para el pensamiento crítico contemporáneo, se relaciona justamente a la inquietud que Foucault le plantea a Deleuze durante una entrevista: “esta dificultad, nuestra dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas ¿no proviene de que ignoramos todavía en qué consiste el poder?” Por eso, lo que se requiere no es sentir nostalgia por un presunto Marx centralista, enemigo del federalismo libertario de Bakunin, para remendar la libertad ilimitada del neoliberalismo y sus consecuencias anómicas, mediante la restitución de un nuevo principio de autoridad, sino imaginar formas de resistencia, agenciamientos o dispositivos capaces de ajustarse y responder a esta nueva y más compleja lógica del poder.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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