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Muchos vínculos y pocos puentes: después de la pandemia, ¿qué?

por 8 mayo, 2020

Muchos vínculos y pocos puentes: después de la pandemia, ¿qué?
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Las noticias sobre la pandemia que afecta al mundo han generado preocupación e incertidumbre no solo por los efectos que tiene y tendrá en la salud de las personas, sino también por cómo las sociedades se adaptarán a la realidad post COVID-19. No cabe duda que se experimentarán graves dificultades en variados ámbitos, pero la historia ha demostrado que las crisis de esta magnitud también abren espacios para remediar problemas y generar nuevas formas de relacionarse que pueden redundar en un aumento y mejora de la convivencia y la calidad de vida.

Durante la segunda mitad del siglo XX, Pierre Bourdieu, James Coleman y Robert Putman, entre otros, desarrollaron el concepto de capital social para referirse a los beneficios sociales y organizacionales que generaba el establecimiento de redes de confianza y respeto a las normas entre las personas y las instituciones. Por una parte, la confianza reduce la necesidad de control, lo que tiene consecuencias desde los costos necesarios para mantenerlo hasta la tensión que produce el estar bajo el escrutinio de otros; en segundo lugar, el respeto a las normas y la generación de confianza contribuye decididamente en la buena imagen y reputación; por último, la confianza también es un elemento fundamental al que se apela en tiempos de crisis, donde las barreras aumentan y la desconfianza tiene un precio que no siempre se puede pagar.

Putman, en sus trabajos de la década de 1990, reconoce dos tipos de capital social: el capital vínculo o bonding social capital y el capital puente o bridging social capital. El primero está referido a la generación de redes que se dan en relaciones que han compartido experiencias de vida relativamente similares, ya sea en torno a sus actividades profesionales, familiares o de clase social. El capital puente, en tanto, da cuenta de las relaciones que se dan entre los “unos y los otros”, en los que predomina la heterogeneidad y la inclusión de sujetos diversos, la idea del puente hace las veces del conector de esas relaciones alternas.

Las investigaciones en capital social han dado cuenta de que este se ha ido reduciendo en las últimas décadas, debido –entre otras cuestiones– al desarrollo de las redes virtuales en las que los lazos que se establecen tienden a ser mucho más tenues y descomprometidos que los que se dan de manera presencial y directa. Asimismo, la individualización en los proyectos de vida y la menor disposición de tiempo libre para sociabilizar han incidido en este descenso.

El caso de Chile

La experiencia chilena con relación al capital social sigue el patrón de los países que han experimentado crecimiento económico significativo en pocas décadas, dándose la paradoja de que el capital vínculo es cada vez más fuerte, y el puente, más débil o incluso en proceso de disolución acelerada.

El capital puente se obtiene cuando se cuenta con una educación pública de calidad y cuyas máximas expresiones en su momento fueron el Instituto Nacional, cuna de quince presidentes de la república, además de intelectuales, científicos y artistas; y la Universidad de Chile, con presencia en gran parte del territorio nacional y que ha impulsado el desarrollo regional y central con altos estándares de calidad. El aporte del Estado a estas y otras instituciones educacionales ha cedido como consecuencia de un modelo de desarrollo que apuesta a la actividad privada por sobre la integración social, política y cultural que alentaba el Estado.

Tampoco hay capital social puente en los barrios cada vez más segregados y sin espacios comunes de convivencia, ni en los partidos políticos que poseen escasa aprobación y participación ciudadana. Incluso en ambientes populares como los parques de las grandes ciudades, deportes de masas o los espectáculos musicales masivos se observa heterogeneidad, lo que predomina es la segmentación y la reproducción de relaciones entre pares e iguales.

El futuro del capital social después de la pandemia

La cuarentena, una palabra conocida por muchos pero que difícilmente alguien había experimentado en su vida, es desde abril de este año una condición que ha generado incertidumbre, inestabilidad y temor para millones de chilenos(as) a lo largo del país. Muchos han tenido que soportar este periodo en la soledad de su hogar y su único contacto con el exterior ha estado dado por la comunicación a través de las redes online. Este aislamiento obliga a reflexionar sobre la relevancia que tiene para una sociedad en crisis y con problemas estructurales de arrastre, el valor del capital social como un recurso que permitirá a la población reinstalarse en una sociedad muy distinta a la que existía antes de la pandemia producida por el COVID-19.

Si bien, como se describió anteriormente, los años precedentes no fueron muy alentadores para esperar una mejoría del capital social, la misma necesidad de superar y aprender de la crisis podría dar un espacio para que el capital social sea considerado un motor fundamental en la recomposición social, económica y política de Chile.

En este sentido, hay ciertas condiciones que facilitarán el desarrollo del capital social y particularmente del capital puente. En los periodos poscrisis se hace imperioso reconstituir el tejido social y económico, dado el contexto de inestabilidad laboral, escasa liquidez y desconfianza del consumidor. Estos factores obligan a innovar, buscar nuevas formas de asociatividad y aumentar la colaboración entre actores que en ambientes de normalidad tienen a operar bajo condiciones de competencia

Un caso interesante de apreciar al respecto es el crecimiento que ha experimentado en el país el desarrollo de las denominadas “Empresas B”, en las que Chile destaca no solo a nivel regional, sino también mundial. Este tipo de empresas en su definición resaltan su diferenciación con las empresas convencionales por su compromiso con el medioambiente y con la integración social, buscando impactos a nivel local y colaborando con sus clientes en una serie de acciones que van desde la sustentabilidad social, el reciclaje y el mejoramiento de barrios y espacios públicos.

Otro caso interesante que observamos es la masificación de la educación online, que, si bien tiende al aislamiento de los individuos, puede dar paso a un aumento de las oportunidades de personas con dificultades de movilidad tanto físicas como geográficas, integrándolas al sistema educacional del país. Finalmente, la historia contemporánea nos muestra que, luego de periodos críticos y dada la necesidad de dinamizar las economías, el Estado amplía su participación y apoyo a la actividad económica, introduciendo reformas sociales y económicas que tienden a una mayor integración de sectores afectados por la crisis, reforzando, de paso, la organización de los trabajadores en la defensa de sus derechos y de las nuevas condiciones laborales que desde ya son posibles de advertir en el país.

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