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El Covid-19 y la vejez

por 16 mayo, 2020

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El Covid-19 retornó el vocabulario de la tercera edad y el adulto mayor al léxico de la senectud y la vejez. Desvistió a los septuagenarios y octogenarios transformándolos en víctimas de un virus con gran capacidad de discriminación etaria. Convirtió las residencias de ancianos en campos de concentración contemporáneos, donde se acumularon cadáveres como en las viejas fotografías de la infame solución final del último nazismo.

Mientras hombres y mujeres expresan su juventud rutilante haciendo jogging y bicicleta, y hacen una declaración pública de su capacidad para estar por encima de la pandemia, trazan también una efectiva frontera invisible con cualquiera susceptible de enfermar. Y es que la epidemia está construyendo un muro entre los sanos y los enfermos, los cuerpos perfectos frente a los defectuosos. Discriminando entre la funcionalidad y la incapacidad, el nuevo virus ayuda a producir una estructura social fundada, por un lado, sobre la fortaleza del cuerpo, y, por otro lado, en base a la capacidad de acceso a los servicios de salud en términos de alcanzar una atención razonablemente individualizada. Sin duda, una división precaria, puesto que el tránsito entre una posición y otra puede producirse de forma acelerada por un simple contagio, incluso detrás de todas las barreras de vidrio, telas y plásticos certificados.

El orgullo de los estados y sus sistemas de salud y bienestar, la longevidad de sus ciudadanos, su esperanza de vida, en aumento constante, y los sistemas de pensiones como un premio o un permanente motivo de vergüenza por no poder reconocer el esfuerzo de un sostenido trabajo de décadas. Madres y padres de un mundo que resbala por la pendiente de un tiempo que alguna vez les perteneció como una tierra firme, como una propiedad familiar de varias generaciones atrás, un escenario igual de teatral y pasajero que el nuestro.

Dejaron de existir los de derechas y los de izquierdas, los sexos masculino y femenino, colocolinos y universitarios blue, la capital y las regiones, y queda en medio de la esfera pública, desnuda, sin harapos que ponerle, sin remedios que administrar, la vejez, el cuerpo esquelético que cruza el río de la muerte arrastrado por una corriente inevitable que nos hace olvidar a los que todavía estamos de este lado que la lengua que hablamos, la educación que disfrutamos, la democracia que llegó, las parejas que amamos, los edificios que habitamos fueron construidos con las manos que hoy despedimos sin abrazos ni responsos, sin discursos ni compañía. ¿No es esta una pregunta para los jóvenes, viejos también algún día? Jóvenes, sí, sin sexo ni bandera, de cuya respuesta depende en gran medida que podamos, parafraseando a Dante Alighieri, evitar apartarnos del “camino recto”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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