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30 años y el regreso de la pobreza Opinión

30 años y el regreso de la pobreza

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Pablo Paniagua Prieto
Por : Pablo Paniagua Prieto Economista. MSc. en Economía y Finanzas de la Universidad Politécnica de Milán y PhD. en Economía Política (U. de Londres: King’s College). Profesor investigador Faro UDD, director del magíster en Economía, Política y Filosofía (Universidad del Desarrollo).
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La peor pandemia en más de un siglo está causando un duro revés en una de las luchas socioeconómicas más significativas que se han librado en la historia de América Latina como es la reducción de la pobreza. Si miramos nuestra región, parece indudable que los efectos económicos de la pandemia se traducirán no sólo en mayor desempleo, sino que en alzas significativas de los niveles de pobreza, no sólo en Chile, sino que en todo el continente. Julio Berdegué —subdirector de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)— declaró que: “vamos a tener un retroceso histórico en la lucha contra el hambre, sin duda. Creo que eso es ya bastante inevitable”. La misma FAO estima que podríamos ver un incremento nunca visto de la pobreza en la región de hasta 20 millones de personas que se sumarían a los 43 millones ya existentes antes del COVID-19 y que se encontraban ya en esa lamentable condición. Así, el hambre en América Latina acecha a la vuelta de la esquina.

La situación en Chile pereciera ser igual de desalentadora. La OCDE ya mencionaba, a principios de marzo, que el 53% de los chilenos podría estar en riesgo de caer en la pobreza si estos dejan de percibir por tres meses sus ingresos. Aquel escenario hoy parece ser una posible realidad a la cual pueden pasar una gran cantidad de personas durante este año. La CEPAL ha pronosticado que cerca de un millón de chilenos podrían caer, en este año solamente, bajo la línea de la pobreza producto del doble shock económico del estallido social del 18-O y los efectos de la pandemia. La CEPAL estima que la población que podría vivir en condiciones bajo dicha línea de pobreza podría escalar, durante este año, al 14% aproximadamente. Con todo, estos números sugieren un cambio inédito de tendencia en los niveles de pobreza del país. Por primera vez, desde el retorno de la democracia, la pobreza en Chile aumentará en vez de disminuir. Si bien estos números son aterradores en sí mismos, ya que no hay nada más doloroso que ver a tantos conciudadanos en la pobreza, también sugieren dos cosas importantes que merecen ser reconocidas para nuestra discusión respecto al futuro del país.

Primero, debemos reconocer que, desde el inicio de la década de los noventa, Chile ha sido el país más exitoso de la región en disminuir la pobreza, haciéndolo de forma persistente y sistemática por casi tres décadas. En estos últimos treinta años —sí, aquellos mismos vilipendiados treinta años que muchas personas parecieran hoy aborrecer— la pobreza en Chile ha disminuido de forma radical, pasando en 1990 desde el 68% de la población al 8,6% en la última medición hecha en el 2017. Resulta entonces incomprensible que aquellas personas que en octubre rasgaban vestiduras indicándonos que aquellos 30 años habían sido una ilusión o un espejismo “neoliberal” y que por lo tanto debíamos echar por tierra nuestro modelo de desarrollo (sin reconocer de paso los logros del país con relación a la reducción de la pobreza), sean los mismos “deconstructivistas del modelo” que hoy, como si nada, rasgan vestiduras recordando —¡vaya paradoja! —la existencia de la pobreza y el hambre en Chile. Pareciera que la consistencia lógica, argumentativa y moral de los discursos político-económicos escasea en el país.

De forma análoga, mientras en la periferia sur de Santiago ocurrían manifestaciones relacionadas con los problemas alimenticios y económicos asociados a las cuarentenas, en Providencia se proyectaba la palabra ‘HAMBRE’. Aprovechando dicho momento estético, los mismos que en octubre querían demoler el modelo económico y negaban (o callaban) sus logros en relación con la reducción de la pobreza salieron ipso facto en las redes sociales a poner el grito justiciero en el cielo. “El pueblo tiene hambre” pasó inmediatamente a ser la nueva consigna que reemplazó a “no son 30 pesos, son 30 años”; sin que nadie pareciera notar la ironía o la inconsistencia de dicho cambio inesperado de slogan.

Lo paradojal de este repentino cambio de foco es que ni la vulnerabilidad ni la pobreza —que se arrastran por más de veinte años en muchos sectores del país— habían sido realmente un foco serio de atención de los sectores progresistas del país. Más bien, todos aquellos paladines sociales, que hoy protestan y vociferan contra el hambre, estuvieron décadas preocupados de problemas post-materiales que parecieran ser más relevantes en Finlandia que en Chile. De hecho, si miramos las consignas levantadas por muchos antes y durante el movimiento del 18-O, podemos notar repetidas manifestaciones en favor de los derechos LGTB, movimientos en contra del rodeo y otros tantos a favor del veganismo, el uso de psicotrópicos y el anti-especismo. No obstante, hace décadas que no vemos a nadie manifestarse en Plaza Italia en contra de la vulnerabilidad y la pobreza que sufren muchos compatriotas día a día. Si pareciera incluso que hace algunos meses atrás, hasta una niña sueca de 17 años llamada Greta Thunberg les interesaba e importaba más a los chilenos que todas las acciones juntas realizadas para erradicar la pobreza. Todo esto sugiere, quizás, que dicho cambio de foco pueda ser más bien una instrumentalización oportunista de una realidad que simplemente habíamos decidido ignorar, más que una real preocupación por el prójimo y por el estado de pobreza de nuestros conciudadanos.

Segundo, este regreso de la pobreza y el hambre al debate público nos ayuda a reconocer que la pobreza en realidad nunca había sido erradicada por completo de Chile y que nuestros discursos exitistas respecto a la disminución de ésta parecen ser un poco desmedidos. Dicho en otras palabras, el regreso de la pobreza nos debería hacer más humildes respecto a nuestros discursos exitistas relacionados al desarrollo económico del país y debiera matizar también nuestros discursos de éxito respecto de la misma pobreza. Llevábamos casi dos décadas bajo la falsa convicción de que la pobreza y el hambre eran cosas de un pasado remoto y que habían dejado de ser problemas que merecían nuestra atención. De hecho, el auge de los debates redistributivos y sociales como aquellos relacionados con la educación universitaria gratuita y la desigualdad económica son sintomáticos de una población encandilada que creía que los campamentos, las ollas comunes y la pobreza eran problemas y realidades ya superadas que no merecían ni nuestra atención ni nuestros escasos recursos públicos. Pero este engaño y esta complacencia han quedado tristemente al descubierto en tan sólo meses de circulación del virus.

Con todo, la vuelta de la vulnerabilidad y la pobreza no son el regreso de un fantasma de un pasado olvidado, sino que más bien pareciera ser una forma más brusca de despertar tanto de nuestra complacencia, como de creer que poseíamos un estado de progreso y de bienestar superior al que en realidad teníamos. El regreso de la pobreza nos proporciona un mensaje duro y triste, pero quizás también necesario: somos un país mucho menos rico y mucho más pobre y frágil de lo que creíamos ser y, por tanto, no deberíamos jamás volver a olvidar el rol fundamental del crecimiento económico para combatir la miseria. La pandemia no sólo ha hecho evidente la fragilidad de nuestro desarrollo y de nuestro discurso exitista respecto a la pobreza, sino que también realza, como nunca, la necesidad imperante de volver a poner foco en el constante crecimiento económico como la única forma seria y sustentable de erradicar la pobreza nacional.

Es de esperar que las fuerzas políticas de todos los sectores, la sociedad civil y toda la ciudadanía de forma transversal logren superar los dogmas y las animadversiones existentes y así puedan sumarse al llamado generalizado de la Presidencia y de otras figuras públicas para poder retomar el dialogo y poder construir una agenda social y económica post-pandemia que nos ayude a retomar el extraviado rumbo del progreso, la productividad y el crecimiento económico. Como bien advertía Adam Smith “no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”, por lo que el tiempo para actuar y retomar dicha senda de crecimiento económico de los pasados treinta años se agota, la realidad de la pobreza ha vuelto lamentablemente a tocarnos la puerta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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