sábado, 19 de septiembre de 2020 Actualizado a las 05:15

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Pandemia, centralismo y extractivismo: el orden de la secuencia no altera los resultados

Pandemia, centralismo y extractivismo: el orden de la secuencia no altera los resultados
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La pandemia visibiliza el país en que vivimos, sin máscaras y sin eufemismos. Un territorio donde 19 millones de personas habitan distintos cielos y suelos. En esa ecología humana, la pandemia lava las apariencias y sale a relucir una estructura fragmentada, central, envuelta en sí misma que solo sabe de Chile por catálogo. Para muchos, hay un territorio desconocido que vive en las regiones y en la periferia de la capital.

El centralismo está naturalizado en nuestro país. Hemos cambiado el nombre de provincias, a regiones con número, a más regiones con nombres simbólicos. Los del norte o los del sur, los de allá lejos, los del patio de atrás. La desigualdad en Chile es estructural siendo el centralismo su peor cara. Las decisiones centralizadas se basan en espejismos de realidad, en prejuicios o cálculos políticos y económicos, que no consideran a los habitantes de los diversos territorios.

La sensación de injusticia y tantas veces, abandono, se matiza con la cotidianidad territorial. Debemos aceptar que la Región de Antofagasta aún no tenga autopistas en gran parte de la Ruta 5 y que no exista ningún hospital pediátrico fuera de la Región Metropolitana, al mismo tiempo, aceptar lo que nos toque o lo que decida ‘Santiago’. Que los medios recuerden que tenemos necesidades, ideas, sueños, y no solo recursos para extraer y alimentar la maquinaria central. Siempre esperar porque hay otras urgencias. Somos invisibles si no estamos en la Región Metropolitana (RM). Nuestras autoridades son designadas desde el centro, incluso hasta los parlamentarios vienen de Santiago a representarnos. Muchos se distribuyen los distritos como si fueran una “repartija” de galletas a la hora del café.

Chile es un país extractivista con zonas de sacrificio disgregadas a lo largo y ancho de esta faja de desigualdad. Porque, además de convivir con termoeléctricas y fundiciones de cobre, hay que asumir con la cabeza baja el estigma de vivir en una zona ‘sacrificada’. Lo debemos hacer para el “beneficio de todo Chile”, nos dicen. Para viajar al extranjero debemos volar a la capital, aunque esté a miles de kilómetros de distancia. No podemos elegir autoridades empoderadas para decidir nuestros propios destinos. Parecemos el hijo o hija antiguamente ilegítimos de unos padres negligentes.

Cuando el contagio se aceleró, la ‘Batalla de Santiago’ fue la metáfora que guió las decisiones respecto a la pandemia. A nadie le importó mucho prevenir el contagio en regiones porque el cordón sanitario no aplica para los que vuelan o viajan a extraer nuestras minas, bosques, o a transportar insumos a través de nuestros puertos. Eso no se detiene cuando la batalla por controlar el virus se impone. Los contagios se elevaban lenta y progresivamente en distintas regiones fuera de la RM. Ahora sabemos que muchos casos nunca fueron informados y que los números de fallecidos no coinciden con los registros oficiales. A su vez, las comunas periféricas de la RM vivían sus propias batallas en un Santiago invisible y marginado.

El centralismo se alimenta del extractivismo (y viceversa), es su fuente de energía. A veces lo reviste de trajes verdes o luminosas sustentabilidades, pero sigue siendo destrucción del medio ambiente para el enriquecimiento de pocos. La megaminería moviliza a miles de trabajadores todos los días desde la Región Metropolitana y otras regiones hacia los territorios de Tarapacá y Antofagasta. El 40% de los trabajadores mineros de la Región de Antofagasta provienen de otras zonas. Mientras se libraba la batalla a lo largo del Mapocho, el río Loa recibía 10 vuelos diarios con trabajadores para continuar con sus labores en las minas, porque para quienes gobiernan, la economía no se toca, menos si ocurre a miles de kilómetros de la Alameda.

La pandemia ha afectado enormemente a la Región Metropolitana, la disponibilidad de camas UCI es crítica, tanto así que se han tenido que trasladar pacientes a otras regiones. Los contagios y fallecimientos siguen al alza, en total se han reportado 225.103 casos en Chile, de los cuales el 82% se encuentran en la RM y 3.841 fallecidos (86% en la RM). Sin embargo, basarse solo en los números para tomar decisiones en otras comunas es un sesgo que no puede continuar.

Paralelamente, el Hospital de Calama ya no cuenta con más capacidad para recibir pacientes críticos por COVID-19 y el de Antofagasta está en el límite. Calama aumentó 11 veces los contagios y 18 veces el número de fallecidos en un mes, superando a la ciudad de Antofagasta. Y los vuelos continúan llegando. Otras regiones, como Valparaíso, también con altos contagios, tuvieron que exigir por semanas el establecimiento de la cuarentena. La cuarentena decretada de modo reactivo quizás llegue tarde, no solo a Valparaíso, además a San Antonio, otra zona de sacrificio indispensable para que la capital se alimente y obtenga energía.

Esta tragedia en tiempo real nos muestra que, para evitar una catástrofe mayor, es necesario tomar decisiones con base en las personas y sus territorios ahora. Las regiones necesitan estrategias que respondan a las necesidades y características de los territorios; no puede dejarse solamente al arbitrio de los intereses de la capital.

Continuar con una estrategia centralista en el enfrentamiento de la pandemia solo conseguirá precarizar aún más el país que no existe en la zona metropolitana. Es necesario contener el contagio en regiones con medidas que procuren apoyar a las familias para realizar cuarentenas efectivas, a las comunidades para establecer cordones sanitarios que los aíslen del contagio que viene de ciudades densas, y empoderar a las autoridades locales para determinar medidas precisas y a tiempo que impidan el contagio de más personas y el aislamiento y trazabilidad de aquellos que ya están contagiados.

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