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Unidos para qué, maldita sea

por 10 diciembre, 2020

Unidos para qué, maldita sea
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Según Fuad Chahin, Pablo Vidal, Natalia Castillo, el Partido Liberal y otros exponentes de la gran política local, el Frente Amplio se acabó. Y el principal argumento, según esgrimió el viernes 5 el Partido Liberal, anunciando su retiro del Frente Amplio a través de trascendidos, fue “la negativa PC a una lista única de toda la oposición”.

Los intentos de posicionar al Partido Comunista como eje de ruptura no son novedosos. Es un discurso extendido en la historia política chilena que, pese a la tradición democrática y reformista del PC en nuestro país, intentan dejarlo “más allá de lo políticamente aceptable”. ¿Es el Partido Comunista el único tope? En Convergencia Social hay acuerdo en no conformar alianzas electorales con el PPD ni con la Democracia Cristiana. Como contraparte, en esos partidos, además, no tienen interés de volver a formar coalición con el Partido Comunista luego de las mutuas recriminaciones por el fracaso de la Nueva Mayoría, y varias figuras de la Concertación histórica han desestimado alianzas con el Frente Amplio.

Y entonces, tal como ocurrió hace unos meses en la discusión respecto a las primarias para gobernaciones y alcaldías, todos y todas en la oposición saben que una lista única no es posible pero ninguno lo dice. En un despliegue típicamente masculino, se emplazan públicamente por la lista única y dan todos declaraciones vacías, a ver quién rompe primero el falso relato de unidad para luego poder hacerle pagar a ese sector el costo de ser la supuesta piedra de tope. En este caso al parecer fue Giorgio Jackson, pasando olímpicamente por alto la entrevista de Fuad Chahin del 26 de octubre, en que desestima cualquier alianza con el PC.

Durante el 2020 se intentó llamar “Unidad de Propósito” a una ruta común para llegar al plebiscito de octubre. Al poco tiempo quedó claro que los distintos sectores de la oposición le daban un significado distinto al Apruebo. Mientras para buena parte de la ex Concertación tenía que ver con el borrado de una mancha de origen para la Constitución y la relegitimación democrática del neoliberalismo -aquello que no logró nunca la Constitución del 2005 de Lagos-, más a la izquierda se veía como una puerta para empezar a superarlo. Paralelamente, la tramitación en el Congreso de proyectos como la reforma tributaria, de pensiones, las acusaciones constitucionales por violaciones a los DDHH, leyes de contingencia COVID-19 y más, mostraron que dicha unidad de propósito era, a lo más, una fachada no muy bien sostenida.

Pese a las evidentes diferencias hay dirigentes que siguen pensando en clave transicional, y lo extendido de la consigna “no son 30 pesos, son 30 años” parece que no se entiende. Como si el país fuera binominal por naturaleza y no por imposición de un sistema electoral diseñado para excluir a la izquierda por décadas, hay quienes esgrimen la unidad electoral de la oposición como la única realidad posible. Es importante detenerse, entonces, en algunos argumentos. El primero tiene que ver con el arrastre en primarias de la Democracia Cristiana y cómo este “reordenaría” el naipe político hacia, nuevamente, un centro reformista. Lamentablemente para el candidato designado a la alcaldía de Ñuñoa, Fuad Chahin, la exigua votación de todos los sectores en primarias no alcanza para proyectar ningún dato confiable más que la disciplina de sus militantes (en la que, como siempre, el Frente Amplio está al debe).

El segundo tiene que ver con la tesis del mayor rendimiento electoral de una lista única de oposición en el marco de un sistema proporcional como el D’Hondt. En primer lugar, esto es una idea que se sustenta en los datos electorales del 2017, sin tomar en cuenta los efectos del evento político más importante de las últimas décadas: el 18 de octubre. El volumen de votación de sectores largamente marginados y automarginados de la política, como la juventud de los sectores populares, y el impacto de la pandemia COVID-19 en votos más predecibles como el de las personas mayores, también hacen, al menos, tambalear este argumento.

Esto sin considerar los resquemores políticos de punta a punta: ¿los díscolos votantes del Frente Amplio votarían por la coalición que este mismo denunció como parte del duopolio? ¿Los conservadores pro Democracia Cristiana votarían de nuevo junto al Partido Comunista? ¿Los sectores progresistas de la Concertación lidiarían con su antifrenteamplismo? ¿Quienes están cansados de “la política” votarían por una lista que reúne a gran parte de la llamada “clase política” de estos últimos 30 años? Son solo suposiciones, pero dado que la movilización electoral no es nunca pura aritmética como a algunos les gustaría, cabe hacerse estas preguntas.

En teoría, entonces, la lista única es mucho mejor que la dispersión, sin contar aún en ella a las listas de independientes. Independientes que contribuirán a la dispersión en parte gracias a parlamentarios que hacen gárgaras con la unidad, pero votaron en contra de que pudieran realizar pactos con listas de partida.

¿Qué cambio nos asegura una lista única de forma y no de fondo, tomando en cuenta el compromiso de la Democracia Cristiana con el programa de la Nueva Mayoría, en los hechos? ¿Tendremos que estar vigilando que, esta vez sí, la DC lea el programa? En la calculadora, el Gobierno de Bachelet tuvo amplias mayorías en la Cámara de Diputados y en el Senado. En la calculadora, la oposición ha tenido la mayoría en el Congreso durante todo el Gobierno de Piñera. En ninguno de estos dos casos esta mayoría se transformó en realidad.

Entonces, parafraseando el clásico romántico de Gianluca Grignani, si no estamos de acuerdo y tampoco nos irá mucho mejor juntos ni numéricamente ni políticamente en cuanto a nuestros dispares objetivos, ¿unidos para qué, maldita sea?

El Frente Amplio nació al calor de luchas sociales taponeadas permanentemente por los cerrojos de la Constitución de Jaime Guzmán. Nuestro programa constituyente no puede ser otro que el que recoja las demandas de esas luchas históricas. Si de unidad se habla, deberíamos empezar a hablar de ellas, aunque sea para constatar que estamos en desacuerdo. Quizás la honestidad política sea lo que se espera para terminar con la política de los acuerdos que en verdad era la de la anulación de los disensos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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