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Generación de los ochenta

por 31 agosto, 2021

Generación de los ochenta

Crédito: fotografía de Paulo Slachevsky, en httpswww.flickr.comphotospauloslachevsky

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En el diario La Tercera del último sábado de agosto venía una decena de artículos cuyo tema principal eran las querellas generacionales. Entre ellos venía uno dedicado a la generación de los ochenta abundante en datos, pero sin un horizonte interpretativo que llevaba por título La generación perdida. Esta nota aspira a ser complementaria de dicho artículo.

A grandes rasgos la generación de los ochenta es la de aquellas personas que en Chile nacieron entre 1963 y 1970. Es una generación que en lo político tiene un vago recuerdo de la Unidad Popular y otro bastante nítido de la dictadura militar; fueron aquellos que en su infancia, adolescencia y juventud se curtieron con los fiascos deportivos de Martín Vargas, Carlos Caszely y Roberto "Cóndor" Rojas; en lo económico se deslumbraron con las chucherías del Boom y después padecieron las estrecheces de la recesión de los años ochenta. Es la generación que palideció con la explosión del transbordador espacial Challenger y que el mismo año, ese noticioso 1986, ilusionadamente trasnochó para contemplar el cometa Halley al que ni siquiera le divisó un filamento de su cabellera.

Pero ¿qué es una generación? Es un grupo humano que quiere hacer una melladura en el tiempo, una cohorte que desea ser protagonista de la historia, una pléyade que aspira a ser la heroína de su propia biografía. Para que una entidad vital constituya una generación es decir, una colectividad que comparte un modo de sentir y de vivir la vida se requieren de ciertas condiciones que la distingan de otras unidades vitales. Una de ellas es la edad. Pero a esta hay que entenderla, en este caso, como un concepto primordialmente cualitativo y solo secundariamente como un indicador numérico. Por eso, la generación a la que pertenece una persona no se determina exclusivamente por su fecha de nacimiento. Una generación es algo más complejo. Es cierta manera de interpretar el mundo y de relacionarse con él.

Para que exista una generación se requiere de cierta coetaneidad entre sus integrantes; esto es, que hayan nacido al interior de una misma zona de fechas, pero cuyas fronteras son porosas y flexibles, no absolutas ni impermeables. Se requiere, además, de cierta proximidad física y social lo cual implica coexistir en un mismo espacio geopolíticoque expone al grupo a los mismos estímulos y a tener experiencias vitales análogas. Se requiere, asimismo, tener una sensibilidad similar y cierto acervo de creencias compartidas que dan pie a sufrimientos y alegrías parecidas. Por tales motivos, no basta un mero certificado de nacimiento para ser parte de una generación. Una generación es un estilo de vida.

Una generación caletera

Es una generación que no tiene ningún hombre público de primera línea. Los más destacados son segundones, ejemplo: Claudio Orrego, Carolina Tohá y Daniel Jadue. Si uno se fija en los años de nacimiento de parlamentarios, ministros y jefes de partido, quienes la llevan nacieron antes de 1963 o después de 1970.

Los “niños bonitos” de la generación, aquellos a quienes el mundo les sonreía en los años ochenta, se pasmaron. Quizá, el niño símbolo de los pasmados es Tomás Jocelyn-Holt. Hay otros que murieron jóvenes de manera abrupta, presumiblemente por estrés laboral, como por ejemplo Pablo Andueza, quien a juicio de Cristián Warnken era la persona más brillante de la generación.

En la vida académica ninguno se ha afirmado ni ha logrado sobresalir, excepto en cargos burocráticos. Por supuesto que hay una que otra excepción, pero son solo eso: excepciones que confirman la regla. Los profesores universitarios de esa generación están sometidos a una tremenda inestabilidad laboral. Pero eso no es todo, además, nunca se han acostumbrado bien a las métricas neoliberales que miden la productividad académica, métricas que son absolutamente naturales para quienes nacieron después de 1970.

Es una generación que, cuando estaba en edad de cursar posgrados en el extranjero, ya no estaban disponibles las becas de Cooperación Internacional que estuvieron operando durante los años de la dictadura. Y cuando comenzó el programa de Becas Chile, ya estaba excedida en edad para postular. Es una generación que nunca estuvo en la hora precisa ni en el lugar indicado.

En literatura la generación de los ochenta no tiene ningún poeta ni narrador alguno que sea un ícono. Ni siquiera tiene a su haber grandes deportistas, excepto Iván Zamorano. Bam-Bam, como le decían, tuvo cierto protagonismo en los medios de comunicación masiva. Primero como deportista destacado y después como rostro televisivo. Pero su vida pública rápidamente devino en comedia. Si los humoristas y la prensa sensacionalista hicieron de él una caricatura, él se encargó empecinadamente de parodiar esa caricatura. No obstante, es un ícono de un sector de la generación. Concretamente, la de aquel que concibe la realización personal, el éxito, como la obtención y ostentación de aquellos bienes, materiales e inmateriales, que proporcionan estatus en la cultura de masas.

Nadie sabe para quién trabaja

Una de las principales características de la generación es que es trabajólica. Por eso está vitalmente agotada, reventada, estresada, debido a que laboralmente fue sobrexplotada desde muy joven. A mí me parece que envejeció prematuramente. Al respecto vale la pena compararla con otras generaciones. A veces observo a profesores que cronológicamente son viejos, de setenta u ochenta años, y los veo que están física y mentalmente bien. Y enseguida observo a los colegas que son de mi edad y me doy cuenta de que no vamos a llegar a los setenta u ochenta años con la vitalidad que tienen ellos.

Otra de las cosas que caracteriza a la generación que nació entre 1963 y 1970 es que ella fue la que puso los insumos vitales (su juventud y su vida adulta) para grandes obras sin obtener mayores réditos de ellas. Fue la generación que en los años ochenta arriesgó el pellejo para bajarle el moño a la dictadura, fue la generación que a principios de los años noventa sacrificó sus aspiraciones de retaliación para hacer posible la transición y, además, fue la generación que con jornadas laborales extenuantes y mal remuneradas costeó el modelo de desarrollo neoliberal (modelo que, junto a sus innumerables deficiencias, es lejos el modelo de desarrollo más exitoso de América Latina).

Es, de alguna manera, una generación que no vivió para sí misma, sino para las otras, ya sean estas anteriores o bien posteriores. Habría que preguntarse si lo hizo por altruismo, por ingenuidad o por cálculos mal hechos. O, quizá, bien hechos, pero que fueron defraudando por los caprichos de la diosa Fortuna.

Concretamente, sus esfuerzos fueron capitalizados por las dos generaciones que la antecedieron (por ponerles nombres: la de Patricio Aylwin y Ricardo Lagos y también por la de Joaquín Lavín y Francisco Vidal) y lo que con esfuerzo se logró construir a costa de ella, finalmente, lo lapidaron las dos generaciones posteriores (la de Giorgio Jackson y Camila Vallejo y la de los actuales estudiantes universitarios; o sea, las generaciones que protagonizaron el estallido social). Por tales motivos, a esta generación le cae como anillo al dedo el adagio que dice: nadie sabe para quién trabaja.

En síntesis, es una generación que en su infancia y adolescencia conoció cierta pobreza (revestida de austeridad, pulcritud y solemnidad) y que, como ninguna otra en Chile, vislumbró la posibilidad del desarrollo, pero que tendrá una vejez que ya está a la vuelta de la esquina con jubilaciones más miserables que las imaginadas, después de los retiros porcentuales de los fondos de pensiones.

Es una generación que nunca llegó a buen puerto. Fue una generación caletera, que logró avanzar a tumbos, con reglas del juego que cambiaban sobre la marcha, y que de un momento a otro tomó conciencia de que su tiempo ya pasó. Al respecto resulta bastante sintomático que los dos candidatos a la Presidencia de la República con mejores posibilidades, Sebastián Sichel y Gabriel Boric, nacieron en 1977 y 1986, respectivamente.

Quizá, lo que explica el destino fallido de esta generación (una generación que tenía inicialmente fe en sí misma y que se sentía llamada a realizar grandes tareas) es que fue educada para un mundo que dejó de existir, precisamente, cuando recién acababa de salir de las aulas.

¿Una generación perdida?

En la actualidad la generación de los ochenta solo tiene existencia nominal. ¿Cuándo dejó de existir? Durante los años noventa. Es una generación a la que los giros políticos de 1989, tanto a nivel local como internacional, la dejaron sin libreto. Se quedó sin proyectos, sin referentes, sin amigos y sin enemigos. No tenía contra quién luchar ni por qué luchar. De sopetón, y sin estar preparada para ello, se encontró cara a cara con uno de los tantos rostros del nihilismo: el del nada vale la pena, el de la futilidad de los valores, que en el lenguaje coloquial de principios de los años noventa cristalizó en la expresión no estoy ni ahí. Y así fue como, en un abrir y cerrar de ojos, se esfumó la arcilla que tan apasionadamente amasaba con sus manos y con la cual iba a modelar su mundo. Se quedó sin ideales, sin proyectos, sin utopías, se quedó con las manos vacías.

Al respecto resultan sintomáticas las letras de las canciones de la banda icónica de esa generación: Los Prisioneros. Ella de alguna manera compendia la trayectoria de la generación. Como se recordará, es una generación que partió con un impulso tremendo, con una fe enorme en sí misma, como bien lo trasluce la letra y música del primer álbum de la banda, La voz de los 80. La letra y la música de los álbumes siguientes trasminan la intención de modelar el mundo a su voluntad, previa crítica al mismo, y en ellos no se atisba ningún indicio de que se sienta intimidada por la envergadura de la tarea titánica que se asignó. Pero el ciclo de la banda termina de manera abrupta con la renuncia al mundo (desertando de su misión sin siquiera claudicar oficialmente) y la consiguiente búsqueda de refugio en un cubil, no de ideales sino de ilusiones; no de sueños sino de ensoñaciones. De esa huida del mundo da cuenta la música y la letra de la canción Mi casa en un árbol, pese a que en estricto rigor no es de la banda, sino de quien fue su líder. Dicha canción es, entre otras cosas, un indicador de la soledad existencial y social de los veteranos de los ochenta. Soledad que los acompaña hasta la actualidad; pero que a estas alturas ya no los incomoda, puesto que es un hábito, un modo de vida.

Algunos sostienen que es una generación perdida; otros afirman que es una generación que se traicionó a sí misma (quienes recusan de tal posibilidad alegan con vehemencia que ella fue utilizada y defraudada por las dos generaciones que la anteceden) al dejarse seducir por la molicie del creciente bienestar material, por los viajes a lugares paradisiacos y por los cantos de sirena del consumismo; otros creen que simplemente se la tragó la vorágine de la vida como a todas las generaciones. En la eventualidad de que sea una generación perdida, el problema no es que se haya evaporado a sí misma; el gran problema es que con su desaparición se interrumpe la dialéctica generacional y su enigmática ausencia torna a la sociedad más cojitranca de lo que habitualmente es. Desde este punto de vista, la generación de los ochenta no es de ruptura ni de continuidad, es simplemente un casillero vacío, un león que súbitamente dejó de rugir y devino en esfinge.

Pero ¿quién silenció a la voz de los ochenta? ¿Fueron los placebos del consumismo o, tal vez, la retórica del jaguar que se impuso en los años noventa o, quizá, ella a sí misma porque traicionó su vocación? A ella habría que preguntarle lo mismo que la célebre banda le preguntó al espectro de Marilyn y decirle: Dime, dime quién fue. Sea como fuere, el hecho concreto, desde el punto de vista político, es que la generación de los ochenta es una incógnita, porque, pese a que está mayoritariamente inscrita en el Registro Electoral, desde diciembre de 1997 es renuente a sufragar.

Nostalgia de los 80

Pese a lo señalado, la voz de los ochenta persiste como una leve melodía que asciende de los subterráneos del alma, de la psiquis profunda, como un destello de luz que permite reencontrar la senda perdida. Durante las noches invernales del 2020, tal vez, alumbró a más de un veterano de los ochenta con una intensidad tan extraordinaria que se sintió animado a renunciar a los placebos del consumo, a los oropeles del éxito económico, a los viajes a lugares exóticos. Pero, quizá, demasiado tarde para poner reversa, echar marcha atrás y retornar a la vía originaria.

Si el pasado arrasa con el imperio del presente y nos inunda una marejada de oleaje agridulce con brisas placenteras que deleitan nuestra conciencia, es porque hemos sido anegados por la marea de la nostalgia.

Pero no se trata de cualquier pasado. Es un pasado agónico que tiene anhelos de restauración, que clama por retrotraer las agujas del reloj, que se resiste a morir. Es un pasado que aún vive, pero que vive como recuerdo. Un pasado absolutamente concluido, irrevocablemente fenecido, no genera nostalgias. La nostalgia es una protesta contra la finitud, es una rebelión contra la tiranía del tiempo. Su exigencia mínima es una segunda oportunidad o, por lo menos, volver a vivir una vez más en plenitud y por un instante lo mismo de antes, lo que ya irrevocablemente fue.

La nostalgia es una sensación ambivalente, dado que, por una parte, tiene un matiz de melancolía y, por otra, tiene algo de placentero, algo que nos suscita íntimamente cierto regocijo. Sentimos nostalgia de lo que nos resulta grato, no de lo exasperante. También tiene algo de misterioso, porque el hecho recordado y que nos provoca regocijo en la actualidad–, no fue necesariamente experimentado como reconfortante en el momento que se vivió.

¿Qué genera la nostalgia? Siempre hay un suscitante, un detonador puntual, un hecho accidental, pero ello no basta. Hace falta algo más: una predisposición a cierto tipo de recuerdos que se incuba en el aquí y el ahora. La nostalgia, como huida al pasado, supone una incomodidad con el presente y también una ausencia de voluntad de futuro. El nostálgico es, de alguna manera, un fugitivo del presente; es un sujeto que no solo percibe su tiempo como inhóspito; es, por sobre todas las cosas, alguien que se siente o que se sabe incapacitado para modificarlo. El nostálgico rehúye las exigencias del presente y a modo de consuelo y como autojustificación de su propia impotencia lo observa con cierto desdén desde la atalaya de un pasado selectivamente rescatado.

¿Por qué la generación de los ochenta se afana en cultivar la nostalgia?, ¿en qué radica la dulzura del pasado con el cual se solaza?, ¿qué la incita a recordar de manera romántica una década que fue de pellejerías, de lacrimógenas, de restricciones a la libertad y de todo tipo de violencias? En síntesis, ¿por qué idealiza ese pasado?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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