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La política de los conflictos en la universidad Opinión BBC

La política de los conflictos en la universidad

Daniel Chernilo
Por : Daniel Chernilo Profesor Titular de Sociología en la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Santiago y Director del Doctorado en Procesos e Instituciones Políticas.
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Si los conflictos seleccionados permiten dividir el mundo entre buenos y malos, entonces los estudiantes pueden ponerse a sí mismos incondicionalmente del lado de las víctimas y, con ello, convencerse de que las causas del conflicto son simples.


Las escenas recientes de protestas violentas en campus universitarios estadounidenses, pero no solo en ese país, son inquietantes. Por un lado, hay algo especialmente perturbador cuando estudiantes recurren a actos de ese tipo para hacer ver sus puntos vista, justamente al interior de aquellos espacios donde están siendo formados en la discusión racional de evidencia y argumentos. Por el otro, perturbadora es también la entrada de fuerzas policiales a los campus universitarios para “volver al orden”, no solo porque ello reafirma el diagnóstico del fracaso definitivo de la razón, sino que, por lo general, también esas intervenciones transforman una situación ya grave en una mucho peor.

Perturbadoras como son, sabemos que estas imágenes no son nuevas; por el contrario, son parte del panorama recurrente de la vida universitaria a contar de la expansión de la matrícula en la educación superior de todo el mundo hace ya más de medio siglo. A contar de ese momento, las razones que los jóvenes tienen para asistir a la universidad, así como las razones que las sociedades tienen para aumentar el número de estudiantes matriculados en sus instituciones universitarias, cambian de manera radical. De hecho, hoy sabemos que lo que cambió con esa expansión es la definición misma de qué es una experiencia universitaria.

Nada simboliza mejor ese fenómeno que las revueltas estudiantiles globales de 1968, donde estudiantes, familias y la propia sociedad se vieron forzados a reconocer que la continuación de su contrato social intergeneracional más significativo no sería fácil. Movilidad social ascendente, mejores salarios, postergación de las responsabilidades adultas e incluso la realización vocacional individual parecen transformarse en condición necesaria, mas no suficiente, de una experiencia universitaria genuina. Una de las consecuencias del éxito indudable de ese proceso de masificación global es la ampliación de aquellos espacios en que la experiencia universitaria debe ser definitoria. Por ello, en muchísimos casos y durante largos períodos, la acción política es tan importante durante el paso por la universidad.

Así, la historia de la política universitaria global ha jugado un rol clave cuando se trata de elevar distintos conflictos a hitos generacionales de sus épocas respectivas: protestas masivas contra la guerra de Vietnam y contra la proliferación de armas nucleares en las décadas de 1960 y 1970; contra la continuación del régimen del apartheid en Sudáfrica y la implementación de reformas neoliberales en la década de 1980; contra la discriminación de disidencias sexuales en la década de 1990; contra la invasión a Iraq en la primera década del siglo XXI; contra el calentamiento global en la década pasada. El tema de hoy es la guerra en Gaza.

Las protestas mencionadas en el párrafo anterior no tienen demasiado en común, pero comparten algunos rasgos significativos. El primero es que, en sus momentos respectivos, ellas consiguieron capturar la imaginación generacional de los estudiantes más allá de sus contextos específicos y, por cierto, de la capacidad o no de los movimientos estudiantiles para influir en el curso de esos acontecimientos. Los conflictos seleccionados, por oposición a aquellos que no generan esa atención y pasan al olvido, adquieren el rol simbólico de condensar una serie muy amplia de problemas: desde el racismo a las desigualdades económicas, pasando por el colonialismo y la crisis medioambiental. Si los conflictos seleccionados permiten dividir el mundo entre buenos y malos, entonces los estudiantes pueden ponerse a sí mismos incondicionalmente del lado de las víctimas y, con ello, convencerse de que las causas del conflicto son simples y recaen en su totalidad en las generaciones que los precedieron.

Sin dudar por un momento de sus buenas intenciones, y aceptando también (al menos casi siempre) la legitimidad de sus demandas, esta forma de hacer política universitaria no es un proceso deliberativo en relación con la justicia intrínseca de tal o cual conflicto, sino que la selección de las causas parece más bien responder a su capacidad de representar situaciones de injusticia total y absoluta. Puesto que la prioridad no es la capacidad real de influir en el curso de los acontecimientos, esa misma impotencia práctica no hace sino reforzar la justicia de las propias convicciones. El hecho de que, entremedio de esas discusiones, marchas y protestas, las víctimas reales de conflictos tan dramáticos suelan transformarse en meros símbolos de causas aparentemente superiores, no parece preocuparle demasiado nadie. Mal que mal, entre la bondad incorruptible de las buenas intenciones y la maldad inexorable del mundo, efectivamente no hay dónde perderse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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