
El eco cómplice: medios, élites y partidos ante la ultraderecha
Mientras tanto, los problemas reales –la desigualdad, la precariedad, la falta de cohesión social– permanecen intocados, porque los monstruos fabricados por la razón dormida se han vuelto demasiado rentables para quienes buscan el poder.
Por décadas, la ultraderecha fue tratada como un actor marginal en la política contemporánea. Sin embargo, hoy ocupa espacios centrales en la disputa del poder no solo en Europa, sino en buena parte del mundo. Francia, laboratorio político de tantas tendencias, nos ofrece claves para comprender este fenómeno. Los estudios de Pierre-André Taguieff, Nonna Mayer y Pascal Perrineau permiten iluminar un proceso que no ocurre en el vacío: medios de comunicación, grupos empresariales y partidos tradicionales han jugado un rol decisivo en abrir la puerta a los discursos de odio.
Taguieff ya advertía que el “nuevo racismo” no se presenta como una exaltación biológica de la superioridad, sino como una defensa cultural de la identidad frente al “otro”. Esa reformulación discursiva, pulida y difundida en columnas, tertulias televisivas y redes sociales, ha permitido que los medios multipliquen su alcance. Lo que antes se denunciaba como xenofobia hoy se presenta como “preocupación legítima por la seguridad” u “orgullo identitario”.
Mayer ha demostrado cómo el voto por la ultraderecha en Francia se consolidó entre sectores populares desprotegidos, precarizados por la globalización, pero ese crecimiento no hubiera sido posible sin que los grandes medios ofrecieran un megáfono constante a esas narrativas, normalizando la idea de que la crisis social se resuelve a través del castigo a los más vulnerables: migrantes, minorías, disidentes. Los noticieros instalan así una jerarquía del miedo, donde la víctima es sospechosa y el verdugo se disfraza de protector.
Por su parte, Perrineau ha subrayado que la “desdemonización” de la ultraderecha se produjo cuando los partidos tradicionales empezaron a replicar su agenda. Para contenerla, adoptaron parte de sus postulados, esquinando el debate político hacia la exclusión y el autoritarismo. Así, lo que era un límite moral se transformó en cálculo electoral: “Si no puedes derrotarlos, imítalos”. La derecha moderada, y a veces incluso la socialdemocracia, incorporaron demandas de “orden” y “frontera” hasta hacerlas indistinguibles del guion original.
En este proceso, los grupos empresariales tampoco son inocentes. Ven en la ultraderecha una fuerza útil para garantizar la disciplina social, debilitar sindicatos, desmontar regulaciones ambientales y sostener políticas económicas de choque. El odio se convierte en un recurso instrumental: divide a la sociedad y distrae del conflicto principal, el de la desigualdad.
El resultado es un círculo vicioso: medios que amplifican, partidos que legitiman y élites que financian, hasta que la ultraderecha deja de ser la excepción y se vuelve norma. Cuando los discursos de odio son repetidos cada noche en horario estelar, cuando se integran sin pudor en programas de gobierno y cuando son defendidos como “necesarios para el crecimiento económico”, el monstruo ya no habita en los márgenes, sino en el corazón mismo de la democracia.
En Chile, el eco de este proceso es evidente. La agenda de la ultraderecha ha dejado de ser marginal para convertirse en tema cotidiano: los noticiarios repiten con obsesión el discurso del miedo a la delincuencia y la migración; sectores empresariales la ven como garante del orden necesario para sus negocios; y partidos tradicionales han terminado por plegarse a su retórica, creyendo que así neutralizan a sus adversarios.
El resultado es el mismo que en Francia: el odio se normaliza, se institucionaliza y se viste de sentido común. Y mientras tanto, los problemas reales –la desigualdad, la precariedad, la falta de cohesión social– permanecen intocados, porque los monstruos fabricados por la razón dormida se han vuelto demasiado rentables para quienes buscan el poder.
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