
Venezuela y Estados Unidos: la vieja estrategia del enemigo externo
El verdadero desafío no es militar, sino político y diplomático: ¿cómo acompañar una transición en Venezuela sin caer en intervenciones coloniales ni en la indiferencia frente al sufrimiento de millones de personas? Esa es la pregunta que debería guiar la acción regional.
El reciente despliegue de buques estadounidenses frente a las costas venezolanas y las amenazas del presidente Donald Trump de “usar todos los recursos disponibles” contra el narcotráfico en Venezuela han vuelto a instalar en la agenda internacional la posibilidad de una escalada entre Washington y Caracas. Sin embargo, más allá de la retórica, lo que se observa responde a un patrón antiguo: la construcción de un enemigo externo para justificar políticas internas y fortalecer la proyección geopolítica de Estados Unidos.
Las tensiones entre ambos países no son nuevas. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, las relaciones con Washington comenzaron a deteriorarse. No obstante, durante varios años se mantuvo una suerte de paz pragmática: el petróleo continuaba fluyendo hacia Estados Unidos y ese intercambio económico mitigaba el conflicto político. El quiebre más profundo se produce con Donald Trump. En sus gobiernos, la narrativa sobre Venezuela se transforma: ya no se habla solo de un régimen autoritario, sino de un foco de inmigración masiva y de criminalidad organizada, comparable a la amenaza de los carteles mexicanos. El Tren de Aragua y el Cartel de los Soles son instalados en el discurso norteamericano como símbolos de la “inseguridad exportada” desde Venezuela.
Ese cambio en la imagen pública no es inocente. Sirve para preparar el terreno de una intervención, al menos discursiva, y para legitimar ante la ciudadanía estadounidense medidas de presión política, económica y eventualmente militar. No se trata solo de seguridad: también está en juego el petróleo. Con una producción interna debilitada por la crisis, Venezuela conserva, sin embargo, las reservas más grandes del mundo, un recurso estratégico para una potencia que enfrenta simultáneamente la inestabilidad en Medio Oriente y la incertidumbre de sus propias transiciones energéticas.
Ahora bien, ¿existe realmente la posibilidad de una intervención militar directa? Es poco probable. La historia de América Latina muestra que esas operaciones abiertas dejaron de ser viables hace décadas, y hoy serían leídas como un gesto colonial, sin apoyo internacional ni siquiera dentro del propio Estados Unidos. Más que una guerra, lo que se busca es desestabilizar el poder interno de Nicolás Maduro. Mientras las Fuerzas Armadas lo respalden, su permanencia es posible; el día en que pierda ese sostén, su salida se volverá inevitable. Por eso la estrategia de Washington apunta a debilitar esa relación, mediante sanciones económicas, maniobras militares y aislamiento diplomático.
La retórica de Trump se inscribe en una tradición muy conocida en política estadounidense: la del enemigo externo como excusa para medidas internas extremas. El ejemplo más claro es el 11 de septiembre de 2001. Aquel atentado permitió a George W. Bush instaurar la Ley Patriótica, intensificar el espionaje a sus ciudadanos y justificar invasiones en Medio Oriente. Hoy, el fantasma venezolano cumple un papel similar: desplazar la atención de los problemas internos y galvanizar apoyos en torno a la figura presidencial.
En ese sentido, el discurso sobre narcotráfico es más bien instrumental. El tráfico de drogas desde América Latina hacia Estados Unidos existe desde los años setenta. Pablo Escobar, el Chapo Guzmán o las FARC fueron nombres recurrentes en décadas pasadas. Nada indica que hoy el fenómeno sea más grave que antes. Lo que sí cambia es el uso político de esa narrativa. Al igual que en el pasado, el narcotráfico se convierte en la justificación ideal para una estrategia más amplia de control geopolítico y para la proyección de poder en la región.
Las implicancias para América Latina son profundas. Una eventual intervención, incluso indirecta, afectaría la estabilidad regional y pondría a los países vecinos en la difícil disyuntiva de respaldar o rechazar acciones que, aunque puedan debilitar a Maduro, abrirían un precedente peligroso de injerencia externa. En paralelo, la crisis humanitaria y migratoria de Venezuela sigue impactando a países como Colombia, Chile, Perú y Brasil, generando presiones sociales y políticas que ningún discurso militar resolverá.
El verdadero desafío no es militar, sino político y diplomático: ¿cómo acompañar una transición en Venezuela sin caer en intervenciones coloniales ni en la indiferencia frente al sufrimiento de millones de personas? Esa es la pregunta que debería guiar la acción regional.
Hoy, mientras Trump intenta revivir una lógica de Guerra Fría y Maduro responde con retórica nacionalista, lo que está en juego no es solo el destino de Venezuela, sino también la capacidad de América Latina de construir una voz propia frente a las potencias. El desenlace dependerá menos de la fuerza de los buques estadounidenses y más de la fortaleza de la política regional para evitar que el futuro de uno de sus países quede atrapado en una vieja estrategia: la del enemigo externo como herramienta de poder.
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