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Opinión

El aborto como problema político

por 24 marzo, 2016

El aborto como problema político
Al liberalismo de Bellolio le encanta verse a sí mismo desde una neutralidad respetuosa de la diversidad de proyectos de vida, pero en rigor contiene afirmaciones morales muy contundentes –como, por ejemplo: un feto no es un ser humano con los mismos derechos que nosotros–. De más está decir que dichas afirmaciones ganarían en plausibilidad de ser asumidas como tales.
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¿Qué filiación intelectual tienen los argumentos que se han ofrecido en favor de la legalización del aborto en tres causales? Intenté responder esta pregunta en un texto publicado el viernes 18 de marzo, donde afirmaba que –en términos generales– las razones esgrimidas hasta aquí tienen un claro trasfondo individualista. Mi objetivo era limitado: intentar explicitar las premisas y tensiones intelectuales presentes en la discusión. Cristóbal Bellolio ha presentado algunas objeciones a mi tesis en su columna reciente: “¿Es neoliberal apoyar el aborto?” (para la anécdota queda el carácter enigmático del título: no he utilizado el concepto de neoliberalismo). Pese a que sus preguntas están bien formuladas, creo que no logra ir al centro del asunto, y que –de hecho– termina confirmando más que refutando mi propia posición. Veamos.

Por un lado, Bellolio sugiere que ignoro la problemática de la igualdad involucrada en el problema del aborto. Habría, según él, una cuestión de igualdad en la distribución de las cargas sociales: la mujer, según el columnista, “reclama el derecho de disponer libremente de su cuerpo en casos en los cuales el deber estatal que se le impone no guarda ninguna proporcionalidad con lo que exige regularmente a los hombres”.

La frase es formidable por varios motivos. Por de pronto, queda claro que este argumento excede con mucho la discusión actual de las tres causales, pues posee un alcance mucho más amplio –aquella “carga” desigualmente distribuida dura al menos nueve meses…–. Ahora bien, referirse a esta cuestión con este lenguaje no deja de ser llamativo. Es evidente que los hombres no quedamos embarazados, y que las mujeres sí. La consecuencia sería, desde esta lógica, que la ley debe equilibrar esa injusticia manifiesta. Pero ¿qué sentido tiene hablar aquí de cargas y de distribución igualitaria? ¿Es neutro ese lenguaje, o conlleva una carga que determina ex ante la respuesta?

De algún modo, buena parte del problema reside exactamente aquí: considerar al embarazo –y todo lo implicado en él– desde una perspectiva de esa naturaleza importa asumir una categoría estrictamente individual para tratar un fenómeno que es imposible de aprehender desde allí. Más allá de las contorsiones intelectuales y del talento retórico desplegado, hay en ese razonamiento algo que no calza, algo fundamental que se pierde de vista.

En efecto, la maternidad (y la paternidad) también pueden mirarse desde un lugar distinto: como esa instancia misteriosa que permite la transmisión de lo humano, y a partir de la cual se generan bienes imposibles de reconducir a los derechos individuales –bienes irreductibles, en el lenguaje de Taylor–. Por eso la primera exigencia de igualdad consiste en respetar la dignidad de todos los involucrados –y los bienes que de allí se derivan–, pues eso permite fundar todos los otros derechos. Como fuere, parece innegable que su defensa de la legalización del aborto tiene un sustento teórico que no tiene nada de minimalista, porque no es neutro concebir la filiación como una “carga” por distribuir.

Más tarde, Bellolio me atribuye otro error: el de ignorar el aspecto emancipatorio de ciertas formas de autonomía individual frente al control colectivo. Confieso que aquí me cuesta seguirlo, básicamente porque no creo que el mero uso de ciertas palabras sea suficiente para justificar ningún tipo de prácticas. Además, la emancipación bien podría estar fundada en premisas individualistas. Pero quizás nuestra diferencia central sea la siguiente: yo creo que –como todos los fenómenos sociales– la emancipación también puede ser ambigua, y que el concepto no contiene ninguna necesidad histórica. Salvo que recurramos, por fe inexplicada, a una narración progresista unidireccional –donde todo proceso emancipatorio sería positivo per se: la Historia sigue su marcha, compañeros–, recurrir a esta noción nos deja en el mismo lugar.

Donde Bellolio me parece más desorientado es en su alusión a los mínimos morales. Según él, al utilizar estas premisas, la Nueva Mayoría no se estaría convirtiendo al individualismo, sino que estaría simplemente aceptando algunos mínimos que hoy forman parte de la opinión dominante.

En cualquier caso, donde Bellolio me parece más desorientado es en su alusión a los mínimos morales. Según él, al utilizar estas premisas, la Nueva Mayoría no se estaría convirtiendo al individualismo, sino que estaría simplemente aceptando algunos mínimos que hoy forman parte de la opinión dominante. Más allá de las dificultades de este último concepto –tan bien percibidas por Tocqueville–, la aseveración tiene sus problemas. Tengo el mayor respeto por las tradiciones liberales —que distan de ser unívocas— como para menospreciarlas a ese punto: su propuesta no es solo de mínimos.

Los mínimos liberales, que pueden funcionar en muchos contextos, son inútiles para resolver preguntas de cierta envergadura, cuyas respuestas exigen afirmaciones morales sustantivas –y ningún liberal que se precie de tal guarda silencio frente a esas interrogaciones–. Como bien lo explicara Michael Sandel, los mínimos liberales serían inútiles, por ejemplo, para argumentar contra la esclavitud –de hecho, sería interesante saber cómo justificar la prohibición a la esclavitud consentida desde aquellos mínimos, sin recurrir a la “opinión dominante”…–.

Al liberalismo de Bellolio le encanta verse a sí mismo desde una neutralidad respetuosa de la diversidad de proyectos de vida, pero en rigor contiene afirmaciones morales muy contundentes –como, por ejemplo: un feto no es un ser humano con los mismos derechos que nosotros–. De más está decir que dichas afirmaciones ganarían en plausibilidad de ser asumidas como tales.

En virtud de todo lo anterior, me parece importante advertir que la Nueva Mayoría –la misma que hace gárgaras morales cuando critica algunas consecuencias del individualismo– asume premisas intelectuales que la hacen entrar de lleno en esa lógica –ya le había ocurrido en el caso del voto voluntario–. Si el consentimiento individual es el único criterio válido, incluso cuando la vida de un tercero está en juego, pues bien, eso tiene consecuencias evidentes en otros planos, y explicitarlas me parece una tarea ineludible –y no me convierte en predicador del apocalipsis: la peor versión del liberalismo adviene cuando caricaturiza–.

Me extraña que Cristóbal Bellolio no perciba la importancia del asunto, pues él mismo ha realizado un esfuerzo sistemático por explicitar las articulaciones doctrinarias de nuestra vida política. Para decirlo en términos gráficos, cuando el mundo de la centroizquierda argumenta utilizando exactamente las mismas premisas que Axel Kaiser, quizás el problema no lo tenga Soledad Alvear, y quizás no sea inútil constatarlo. Desde luego, cada cual tiene el legítimo derecho de argumentar utilizando categorías propias del liberalismo individualista; lo único que pido, por mi parte, es que cada cual se haga cargo de las consecuencias de esa argumentación. Coherencia intelectual, le llaman.

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