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Opinión

Aborto: el triunfo del individualismo

por 18 marzo 2016

Aborto: el triunfo del individualismo
¿Desde dónde criticar más tarde las consecuencias menos amables de la lógica individualista? Por más que le pese, la izquierda –y ni qué decir la Democracia Cristiana– queda así atrapada en una pendiente sumamente resbaladiza. Como lo ha dicho una y otra vez Jean-Claude Michéa, es imposible elaborar una crítica coherente al mercado si se ha aceptado este tipo de premisas.

La Nueva Mayoría votó, de modo casi unánime, en favor del proyecto que legaliza el aborto en tres causales. Al hacerlo, adoptó un curioso principio individualista, del que será difícil librarse después: como decía Berlin, las ideas tienen consecuencias. A estas alturas, uno tiene el derecho de preguntarse si se trata de una abdicación consciente o no, pero el hecho es que casi todas las argumentaciones en favor del aborto asumen el mismo principio que el oficialismo –tanto en su vertiente democratacristiana como socialista– dice aborrecer.

En efecto, el motivo central enarbolado por aquellos partidarios de legalizar el aborto puede resumirse así: la mujer es dueña de su cuerpo y de sus decisiones y, por tanto, resulta ilegítimo imponerle algún tipo de obligación vía legal en esta materia. Así, el aborto es presentado como un avance ineluctable de los derechos de la mujer: la marcha de la Historia aún no acaba, compañeros.

La argumentación tiene su lógica –y su fuerza–, pero resulta imprescindible identificar su filiación teórica.

En rigor, este razonamiento –como lo denunciara Marx con tanta lucidez– es fundamentalmente individualista: son los derechos del hombre separado del hombre, son los derechos del burgués aislado de la comunidad. Aprobar el aborto a partir de ese fundamento importa suponer que la maternidad, la familia –y también la paternidad– pueden concebirse desde una categoría puramente individual.

Esta afirmación es tan fuerte y tan radical que implica, en el fondo, que toda la realidad social puede comprenderse desde la mónada aislada. Este punto de vista es legítimo, y tiene de su lado a grandes teóricos, pero no nos engañamos respecto de su naturaleza. Si queremos ser intelectualmente rigurosos, debemos explicitar que se trata de una perspectiva contractualista-liberal. Según ella, no hay nada relevante antes del individuo ni después de él; solo valen sus decisiones que no admiten exigencias sociales, incluso cuando puede estar en juego la vida de un tercero.

 No escribo estas líneas con el ánimo de persuadir a nadie. El debate se ha crispado a tal punto que pretender algo así sería una quimera. Simplemente resulta importante notar, con el objeto de comprender mejor nuestra situación, que la Nueva Mayoría abdicó de su inspiración más profunda y originaria: la de criticar un mundo dominado por el paradigma individualista, prefiriendo sumarse cómodamente a él.

La dificultad ineludible estriba en lo siguiente: la maternidad parece involucrar otras dimensiones, porque precisamente allí reside el origen del fenómeno social. El hecho es que allí hay dos –a decir verdad tres; un dato que curiosamente se olvida en esta discusión–, y no entender que eso tiene efectos políticos implica adherir a una versión del individualismo particularmente extrema.

Si lo único relevante en esta discusión es la decisión individual de la mujer, es necesario asumir las consecuencias de dicha premisa. ¿Cómo explicar después, por ejemplo, que las personas no son dueñas de su cuerpo como lo son de un auto o de una mesa? ¿Se puede sostener luego que la sociabilidad humana impone deberes y exigencias que no son reconducibles a la mera voluntad individual? ¿Desde dónde criticar más tarde las consecuencias menos amables de la lógica individualista?

Por más que le pese, la izquierda –y ni qué decir la Democracia Cristiana– queda así atrapada en una pendiente sumamente resbaladiza. Como lo ha dicho una y otra vez Jean-Claude Michéa, es imposible elaborar una crítica coherente al mercado si se ha aceptado este tipo de premisas, y en ese lugar exacto está atrapada la izquierda en buena parte del mundo. Por eso es tan miope la crítica furibunda a quienes, como Soledad Alvear, han intentado protegerse del individualismo. Al hacerlo, ella no se acerca a la derecha sino que, al contrario, intenta preservar lo que queda en Chile de patrimonio social-cristiano –esto es, de raíz no individualista: las apariencias engañan–.

No escribo estas líneas con el ánimo de persuadir a nadie. El debate se ha crispado a tal punto que pretender algo así sería una quimera. Simplemente resulta importante notar, con el objeto de comprender mejor nuestra situación, que la Nueva Mayoría abdicó de su inspiración más profunda y originaria: la de criticar un mundo dominado por el paradigma individualista, prefiriendo sumarse cómodamente a él. Desde hoy, ya sabemos qué cabe esperar de ella: cambios cosméticos, vociferaciones dirigidas a la galería, muchas quejas por los males de este mundo y… más individualismo. Gracias por el intento.

(Para terminar, una última observación. Algunos diputados dijeron ser contrarios al aborto, pero lo votaron a favor aduciendo que no deben legislar según sus creencias. La falacia implícita allí es demasiado grosera para no ser destacada. La postura liberal también es una creencia, la neutralidad respecto del aborto también es una posición que supone afirmaciones morales sustantivas, como bien lo mostrara hace años Michael Sandel: implica decir que allí no hay un ser humano con los mismos derechos que nosotros. Si eso no es una “creencia”, vaya uno a saber qué diantres podría serlo).

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