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Opinión

Chile, la alegría ya viene

por 23 enero, 2017

Chile, la alegría ya viene
Es sobre este cansancio que se instala el embrionario Frente Amplio. A diferencia de otros columnistas, no me parece que deban apresurarse en nada. Como ha dicho el marxista eslavo Slavoj Žižek, la hora presente es sobre todo la de ponerse a pensar: no puede ser que a la gente le parezca más probable un escenario apocalíptico, por ejemplo, de fin de mundo por colapso ecológico –como parece ser el caso con el atentado a Landerretche–, que proponer una pequeña subida del PIB para invertirlo en salud.
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Ahora que Lagos ha mostrado sus cartas programáticas y que, al igual que Guillier, se ha paseado cortejando alianzas en las cúpulas de los partidos del arcoíris, sabemos mejor a qué atenernos. Sabemos, al fin, que los del Frente Amplio llevan algo de razón cuando nos advierten que nada nuevo podrá surgir del duopolio, políticamente hablando, y esto desde que entendamos que la política es la economía y viceversa. La economía política es, en efecto, uno de los mayores aportes científicos de Marx, una comprensión que trasciende a la esfera de lo contingente, para entrar en el ámbito de la ciencia histórica y de la filosofía, y de esas otras ciencias más jóvenes, llamadas sociales, que las dictaduras militares latinoamericanas se apresuraron en proscribir.

Claro que la abolición del binominal y de los senadores designados fue un paso necesario, pero desde el momento en que esos cambios no le han tocado un pelo al modelo económico, tenemos todo el derecho de relativizarlos, y de quedar tentados de inscribirlos en la estela de medidas cosméticas que han sido la marca de los gobiernos del arcoíris (Concertación y Nueva Mayoría).

En esa estela, la Asamblea Ciudadana que ahora nos proponen, por boca de Lagos, los artífices ya vitalicios de la transición –de la reconciliación y los consensos–, se queda corta y palidece ante esa otra clase de Asamblea, la constituyente, que han reclamado tantas personas organizadas desde las calles en Chile y que ha marcado duraderamente la experiencia política de países vecinos, como Bolivia, Ecuador o Venezuela.

Lo cierto es que dicha Asamblea Ciudadana, como los cabildos ciudadanos de Bachelet, y otras tantas promesas de participación y nuevo trato que se pierden como zombis o imbunches en nuestro pasado reciente, forman parte de un naipe ya conocido y manoseado, cuyas cartas traen la impronta del arcoíris y hacen parte de un juego en el que no tenemos más estómago para creer, al menos los que pensamos que la política es la economía. No que la política sea solo economía, pero sí que la primera incluye a la segunda.

En esta última esfera, las indicaciones programáticas de la Nueva Mayoría parecen traer más de lo mismo, es decir, tibias medidas redistributivas: otro plan AUGE –como si esa hubiese sido una medida exitosa para el sector público, algo que está lejos de resultarme claro, a mí que soy salubrista en ejercicio–, y un 5 % solidario en materia de pensiones de vejez.

De nuevo, nada de derechos universales, ningún retorno cierto al horizonte algo más noble del Estado de bienestar, o benefactor, donde salud y jubilación deberían correr por cuenta del erario público, y sin lucro para nadie, o sea, que el grueso del excedente que surge hoy de esos sectores de gestión fuera para la reinversión en programas e infraestructuras públicos, y no para la vida lujosa de unos pocos grandes bolsillos individuales y familiares. Nuevamente aquí, como en el caso de la Asamblea Constituyente, tenemos otro ejemplo de lo que el arcoíris se está dejando fuera: el fin al lucro, consigna que movimientos como el estudiantil y el de los jubilados llegaron a instalar, con éxito relativo, desde las calles en la agenda pública, y eso a pesar de la barrera –felizmente vulnerada por internet– de los grandes medios de comunicación y de la clase política.

Lo cierto es que no parece servirnos, a estas alturas de la vida, un progresismo tan penosamente lento para progresar hacia ese horizonte de la “justicia social”, frase feliz pero dejada a un lado, igual que la palabra pueblo, en los discursos políticos de nuestro pasado reciente. En realidad, son las palabras progreso y, por defecto, progresismo, las que aparecen malamente cargadas a la luz de un examen histórico somero. Para muestra un botón: en nombre del progreso y de la civilización, los Edwards, desde El Mercurio de Valparaíso, alentaron la guerra abierta contra los mapuche al sur del Biobío, hace poco más de cien años, guerra de exterminio que la historia oficial llamó ‘la Pacificación’. Y en nombre del progreso y del crecimiento, buena parte del pueblo Pehuenche –ese mismo que Carabineros masacró en Ranquil (1934), bajo Alessandri– fue removido, bajo Frei Ruiz-Tagle, de sus lugares tradicionales y sagrados, en abierto desprecio a la Ley Indígena y en directo beneficio de Endesa España (hidroeléctrica Ralco).

Claro, si el holding al que pertenecen Endesa y Chilectra ha colaborado con fidelidad en el financiamiento, contienda tras contienda, de las campañas presidenciales de los abanderados del arcoíris. Estas empresas, estratégicas para el Estado, fueron privatizadas bajo Pinochet, y luego transnacionalizadas bajo la égida del señalado arcoíris. Ejemplos como este se repiten hasta el hartazgo y conducen a dudar qué término describe mejor lo que vivimos, si democracia o plutocracia.

Claro que la abolición del binominal y de los senadores designados fue un paso necesario, pero desde el momento en que esos cambios no le han tocado un pelo al modelo económico, tenemos todo el derecho de relativizarlos, y de quedar tentados de inscribirlos en la estela de medidas cosméticas que han sido la marca de los gobiernos del arcoíris (Concertación y Nueva Mayoría).

 

Es sobre este cansancio que se instala el embrionario Frente Amplio. A diferencia de otros columnistas, no me parece que deban apresurarse en nada. Como ha dicho el marxista eslavo Slavoj Žižek, la hora presente es sobre todo la de ponerse a pensar: no puede ser que a la gente le parezca más probable un escenario apocalíptico, por ejemplo, de fin de mundo por colapso ecológico –como parece ser el caso con el atentado a Landerretche–, que proponer una pequeña subida del PIB para invertirlo en salud.

Zizek nos transmite, desde Eslovenia, un fragmento surgido desde esa Yugoslavia que, como Siria o Irak, era un régimen socialista y un Estado fuerte, laico, plural y multiétnico, reducido luego a escombros y fragmentado sobre bases étnicas y religiosas, durante el mismo período histórico que en Chile fue del arcoíris. Y todo por cortesía de la maquinaria bélica del imperio estadounidense; imperio sí, desde que Estados Unidos cuenta con más de 1000 bases militares en ultramar e imprime la moneda de intercambio universal, el dólar, sucesor del patrón oro.

Da risa, da pena, da vergüenza y hasta a veces rabia oír a los DC –para no hablar de los pinochetistas de siempre, y de sus sobrinos, y de sus nietos–, quejándose de las violaciones a los derechos humanos en Cuba, China, Irán o Venezuela. Un par de cifras bastarán para sanarles: durante la era del progresista Obama, Estados Unidos deportó a 2 millones 400 mil personas, se realizaron 475 ataques ilegales de aviones robots americanos en múltiples países, 7 países fueron bombardeados en nombre de la libertad, el humanitarismo y la democracia, 8 delatores de ilegalidades fueron perseguidos (entre ellos Manning, Assange y Snowden), y se vendieron 278 billones de dólares en armas letales a regímenes tan dudosos como las monarquías fanáticas de Arabia Saudita o de Qatar, cifras en todo superiores a las del período de Bush junior.

Si el Frente Amplio debe tardarse todavía algunos años para ofrecernos aquí en Chile un gobierno que torne, al fin, posibles cosas tales como una Asamblea Constituyente, un Estado benefactor, una autonomía territorial mapuche, algo de mar para Bolivia y una vía a la integración (política y económica) latinoamericana, pues, que se los tomen, y que me consideren desde ahora su buen amigo y servidor.

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