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Opinión

Los partidos terminados

por 11 marzo, 2017

Los partidos terminados
La crítica a los partidos políticos no es una crítica a la democracia. No se trata de una descalificación general a los partidos sino de un énfasis al propósito de ampliar la democracia y la participación. No firmar una adhesión abre un llamado a renovarlos. Renovarlos reduciéndolos al mínimo y obligándolos a reconcursar. Si alguno desaparece en el proceso es que ya estaba muerto y se sostenía en los puros hilos del poder.
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La obligación de limpiar los padrones y de refichar a los militantes esta causando estragos en la política. Discursos enardecidos reclaman sobre los efectos que esta insensatez podría implicar: dejar candidatos sin inscripción, coaliciones sin primarias y partidos que podrían desaparecer. Sin embargo, despedir a la UDI y al PPD no sería una tragedia. La UDI es el barómetro de la permanencia de la dictadura y el PPD es el indicador de lo que nos ha faltado para estar a la altura de la democracia.

Mirado desde afuera este ataque de pánico en progreso no es más que el miedo a perder los derechos adquiridos a la representación y a la influencia. Sorprendentemente, en ninguno de estos embates acalorados en defensa de la república, de la democracia y de los partidos, se menciona a la gente, al pueblo o a la ciudadanía. Implícita en el trasfondo del teatro partidario, la ciudadanía está reducida a entregar cheques en blanco a través de votaciones esporádicas y firmas recolectadas en la venta callejera.

Que los partidos nazcan, crezcan y mueran, es una ley de la historia política. Ya no tenemos partidos liberales ni conservadores, ni agrario laboristas ni comunistas revolucionarios. Pero los partidos mueren en un universo oriental. No desaparecen sin dejar huella, no van al paraíso y solo algunos van al infierno. No reviven en el más allá porque en la vida eterna y ante Dios no hay espacio para la política. En cambio acá, en la vida religiosa de los orientales, la muerte es transformación. Se muere para cambiar de cuerpo y reanudar la vida. Las corrientes políticas fenecen fusionándose con otras cuando el paso del tiempo las ha envejecido, cuando su ímpetu juvenil se ha desmoronado, sus convicciones se han llenado de colgajos y su misión se ha desvanecido en la desilusión popular. Los partidos se terminan; no hay drama. No hay motivo para llorar y no celebrar su buena muerte.

La decadencia de los partidos tiene que ver con una rebelión de lo particular ante la ley. La diversidad, el detalle, el ascenso al primer plano de actores y demandas secundarias se contrapone a la ley de la generalidad.

Actualmente, se necesita que las instituciones den espacio al agrupamiento de la gente según las nuevas disyunciones que recorren nuestros desafíos políticos. Estos grandes cruces de caminos que se abren, tienen que ver con la relación entre autoridad y ciudadanía, entre aceleración y reflexión, entre inercia y responsabilidad. Tienen que ver con la combinación articulada entre progreso y ecología y, con la responsabilidad ineludible que tenemos de elegir y configurar la buena vida que queremos.

Ya no hay espacio para una política sin utopía, entregada a una idea de progreso que se reduce al PIB. Parte de la crisis actual consiste en creer que se puede separar la administración  de las instituciones de la representación política. Como si lo que hay que hacer estuviera predefinido y solo se necesitara buenos ejecutantes, buena gestión para un camino que no cuestionamos. Esa creencia es la que tiende a reemplazar la política y luego a cometer errores costosos como los del financiamiento irregular, los sobornos, las pensiones y otros desapegos respecto a la ciudadanía y a la necesidad de rendir cuentas ante ella.

La política que tenemos no es capaz de responder a las necesidades más apremiantes. La regionalización, por ejemplo, parte en dos la tradición conservadora, separando su sesgo autoritario de su arraigo localista. Regionalización y globalización nos retrotraen a viejas disputas, entre caudillos locales, soberanías nacionales y flujos de capitales. Unitarios, federalistas y cosmopolitas dividen también la historia liberal. Su proclama anti estatal se diluye ante el acomodo autoritario de un liberalismo que se limita a defender derechos adquiridos. El espíritu socialista, a su vez, se enfrenta a la oposición entre su vieja inclinación ciudadana y su tendencia estatista.

Una política libertaria no puede ser nostálgica y una política popular no puede ignorar las exigencias básicas de la administración y de la economía. El cambio tiene que hacerse cargo de la gravedad del pasado. La velocidad de las comunicaciones y las tecnologías de alto rendimiento no nos permiten guarecernos en las viejas identidades ni nos ahorran la reflexión colectiva. De manera que una forma de política puede morir -no por mérito ciudadano sino por estupidez de sus beneficiarios- y nos plantea desafíos urgentes.

Lo nuevo de la política será la organización que seamos capaces de dar al anacronismo y a la diversidad en la que vivimos. La aceleración de la tecnología y de la vida, la necesidad de incrementos permanentes de la productividad, la miniaturización de las cosas y de los espacios, la potencia de los espacios virtuales; todo indica que estamos rozando un límite físico en esas tendencias de la innovación y del progreso. No es que la cosas no puedan reducirse más y adquirir mayores velocidades. Es que el cuerpo humano no alcanzará a ser adaptado ni abandonado y necesita, desde ya, compensaciones, demoras, lentitudes y contactos sociales que rescaten la carne en medio de los circuitos.

La crítica a los partidos políticos no es una crítica a la democracia. No se trata de una descalificación general a los partidos sino de un énfasis al propósito de ampliar la democracia y la participación. No firmar una adhesión abre un llamado a renovarlos. Renovarlos reduciéndolos al mínimo y obligándolos a reconcursar. Si alguno desaparece en el proceso es que ya estaba muerto y se sostenía en los puros hilos del poder.

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