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Sobreviviente del cura Cox: “Me decía ‘Vamos hijo, juguemos’”

por 18 agosto, 2018

Sobreviviente del cura Cox: “Me decía ‘Vamos hijo, juguemos’”
Edison Gallardo tenía 5 años cuando desde el hogar Redes de Coquimbo, dependiente del Sename, comenzó a ir de paseo al Arzobispado de La Serena. Las religiosas de la casa donde vivía lo llevaban casi como un regalo. Cuenta que allí fue abusado por el entonces Arzobispo de la zona, Francisco José Cox Huneeus, quien vive hace más de una década en Suiza. Esta es la tercera denuncia que se conoce en 2018 en contra del obispo que fue protegido por el entonces Arzobispo de Santiago, Francisco Errázuriz. Pese a las denuncias, aún es obispo emérito de La Serena.
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No es primera vez que Edison Gallardo da una entrevista. Antes lo hizo cuando escribió “Yo sobreviví al Sename”, un relato en primera persona que recogía su paso por el Hogar Redes, de Coquimbo, un organismo acreditado por el Servicio Nacional de Menores hasta donde llegó porque su mamá no podía con seis hijos y ella pensó, que Edison -que nació con labio fisurado- estaría mejor si recibía cuidados de quien pudiera mantenerlos.

En ese libro, que es solo la primera parte de esa vivencia, Edison hablaba de los malos tratos que recibió mientras estuvo en ese lugar, donde tampoco sabe qué edad tenía cuando llegó. Solo cuando cumplió 15 años supo que había nacido el 10 de diciembre.

"Esa fue la primera vez que celebré mi cumpleaños. Antes nunca nadie lo había hecho, entonces yo solo puedo calcular que tenía cerca de 2 años cuando llegué a ese hogar", cuenta Edison, con los ojos vidriosos, sentado en un café del centro de Santiago. Le duele lo que ya relató en el libro, pero hace poco se enfrentó a narrar parte escondida de ese relato que por primera vez verbaliza fuera de su círculo más íntimo.

Cuando tenía cerca de 5 años y en una de las visitas tradicionales que dirigían las religiosas al Arzobispado de La Serena, se subió a la micro con el resto de un grupo de compañeros. Sin embargo, lo que vivió se alejaba mucho a la santidad que pretendía ver.

"Como yo estaba interno, las monjas nos llevaban al Arzobispado siendo cabros chicos. Si no era así, iba Cox y él nos llevaba al santuario de Shoenstatt que se había construido en La Serena. Nos subía a todos tocándonos del trasero, nos toqueteaba tupido y parejo. Yo vi como abusó a un compañero… fue impactante", relata.

-¿Qué viste?

 Edison no contesta. Las lágrimas lo ahogan. Por eso, varios días después enviará un mail donde podría relatar ese día sin quebrarse:

 “Como olvidar aquel cuarto donde (Cox) me invitó a comer torta de chocolate. La misma que llevó a aquel compañero que vi arrodillado de boca hacia la cama y él, abusando como si se tratara de un muñeco de paño. Esta vez quería jugar a tocaditas, como decía el, que, si jugábamos a las escondidas en la casa él saldría para encontrarme, que él se taparía los ojos y contará solo hasta 10. Yo no atinaba a reaccionar y tiritaba cual gelatina recién fabricada por que ya sabía que ocurriría si él lograba atraparme. Las monjas ni hablar, nadie inspeccionaba, se dedicaban a recorrer la casa o dejarnos sencillamente allí sin vigilancia alguna. A donde mirase, estaba solo, solo, entre ese ceño fruncido y cerrada de ojos como si yo comprendiera y me gustara lo que él hacía. Cox repetía una y otra vez, ‘Vamos hijo juguemos’”.

Edison jugó. Era un niño de 5 años frente a un obispo. Un niño lleno de miedo, de infancia vacía, de abandono temprano. Allí comenzaron las tocaciones del obispo Cox, quien pese las denuncias que recorrieron la ciudad, nunca fue sancionado por un proceso canónico ni civil. Es más, la Iglesia católica chilena aún lo mantiene como obispo emérito de La Serena –un cargo que se puede quitar si la situación lo amerita–  y vive alejado en un santuario de Schoenstatt en Suiza.

Edison nunca más recurrió al Arzobispado para relatar su caso, pero hoy que el obispo Cox suma por primera vez dos denuncias formales en su contra –ambas en 2018–, se atrevió a contar lo que él y sus compañeros vivieron en el hogar de menores de la Cuarta Región, pese a que Cox se entere quizás desde lejos porque sigue en Suiza. Cuando estallaron las denuncias de abuso en La Serena, el entonces arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, quiso terminar con el caso del modo que lo ha hecho la iglesia en Chile: lo trasladó donde nadie ha vuelto a escuchar una palabra de sus descargos ni activar una denuncia. Hasta ahora.

"Él comenzó sus tocaciones bajando su mano y apretando mi entrepierna, vamos, despierte el pajarito me decía sonriendo retorcidamente, yo me corría, pero temía luego las caricias en el cabello y ese beso asqueroso que, según él, eran muestras de su amor hacia nosotros. Con ello acompañaba su mano a la parte trasera de mí, subiendo y bajando, apretando mi trasero a su palma. Yo no soportaba ese abrazo, más no sabía qué hacer, solo sabía que si gritaba me iban retar o pegar en son de castigo, pues le estaba faltando el respeto a su Dios, a su ídolo abusador. Este me arrinconó cada vez más hasta que yo no quedé con opciones de salida alguna y fue cuando me oriné, ojalá eso lo hubiese detenido, pero no, él quería que me cambiara ropa allí frente a él, que si yo quería él mandaba en ese instante a comprar ropa linda, pero que yo le regalara un beso en la boca. Sin embargo, yo solo quería correr, pero no podía hacerlo, mis piernas no me respondían”.

Era una semana antes de Navidad.

Papelucho abusador

A esa altura, Edison estaba seguro que se ganaría una paliza por haber mojado el pantalón, que más encima era prestado. “Pero les aseguro que eso era mucho mejor que ser abusado, mi rebeldía y osadía acá de nada servirían, sería su palabra contra la mía. Además, se sumaba como jurado un  cúmulo de endiosadas mujeres que por vestir hábitos ya se creían dueñas del cielo y al mismo tiempo de nosotros. En ese rincón, mi cuerpo fue manoseado como nunca nadie lo había hecho, mientras él se tocaba las partes íntimas como un enajenado”.

Después de manosear a Edison, el pequeño comenzó a llorar sin detenerse. No le gustaba, trataba de zafar. Edison recuerda que, envuelto en llanto, con espanto, escuchó las palabras del obispo.

-“¡Cómase la torta!” -le dijo.

Desde entonces a Edison no le gusta el chocolate ni Papelucho, porque todos sabían que la escritora Ester Huneeus se había inspirado en su sobrino, el obispo Cox, para construir el personaje que a Edison nunca le pareció divertido. Menos un niño feliz.

-¿Cuál era el objetivo de las monjas al momento de llevarlos allá?

-Yo creo que distraernos, no te puedo asegurar que era llevarnos a la boca del lobo, de hecho tiempo después supimos que convivimos con uno de los hijos de Cox, que se hacía llamar Bruno y decían que era el tío Bruno, que llegaba ebrio, drogado y las monjas lo hacían dormir. El gallo en ese tiempo tenía 20 años.

-¿Cuál era el juego que le planteaba Cox a los niños?

-Tocarlo, tocarse, tocarnos, porque empezaba a tirar las manos, no sé, siempre fui esquivo, entonces no me dejaba. Si tú me preguntas ahora qué sentía, no te sabría decir, porque nosotros siempre acusamos que entre los compañeros se hacían cochinás, se decían cosas. Así le llamábamos a lo sexual, pero eso no era lo que yo conocía como la cochinada, sobrepasaba lo que había visto. Me estaba tocando a mí, yo estaba ahí. Era como te pasaba la lengua en la frente, lentes amarillos, uno se fija en cosas.

-¿Y cuándo te diste cuenta que habías sufrido abuso?

-Cuando lo empecé a recordar, cuando leí el primer libro, cuando empecé a escuchar el nombre de Cox cada vez más seguido, cuando tomé el libro de Papelucho, porque una de las monjas decía que era sobrino de una gran escritora Marcela Paz y yo lo abro y escribo: “Cox es un abusador, Papelucho es un abusador”, porque está basado en él el personaje. Y no sabía porque yo odiaba Papelucho, porque no me gustaba el chocolate, porque no me gustan los abrazos.

-¿No te gustan los abrazos?

-Solamente los conocidos, los cercanos, yo no acepto otros… me incomoda.

-¿Ese abuso de Cox solo se dio en esa oportunidad?

-Para mi sí.

-¿Y recuerdas cómo fue que llegó a encerrarte?

-Pero si de vez en cuando se llevaba uno y éramos 6 o 7 los que habíamos quedado una semana antes de Navidad. Era constante que fuéramos, a veces íbamos todos o a veces él iba con su camioneta blanca y nos llevaba al santuario de Shoensttat por fiestas y cosas así, era como si fuera un dios para las monjas.

-¿Cómo así?

-Más que corrían, le rendían pleitesía, y no sé qué más decirte

Una denuncia que nunca fue

En 1998 Edison se armó de valor y denunció por primera vez lo que vivió. Tenía 20 años.

“Siempre tengo presente aquel día en que decidí cruzar esas anchas puertas blancas del Arzobispado de La Serena. Con toda la confianza puesta en mí fui a la secretaria general en donde pedí hablar con el encargado. Fui atendido por un hombre y especulando sobre su edad, no creo que haya superado los 35 años. Él, muy respetuoso y educado, me invitó a pasar porque dijo ser el asistente de monseñor Manuel Donoso”, cuenta Edison.

Manuel Donoso –aún obispo emérito de La Serena- entonces era un arzobispo salesiano, a cargo de la arquidiócesis solo desde agosto del año anterior.

-El señor abrió una libretita, según él para anotar todo lo que yo le comentara. Entonces anotó mi nombre, rut y datos generales, después me preguntó a qué iba. Fue cuando respiré profundo, confiando en que hacia lo correcto y comencé mi historia.

-¿Cómo reaccionó?

-Me preguntó durante como dos horas y de repente se levantó y me abrazó, pero yo me escurrí como un pez. No me gusta que me abracen. Me dejó citado para la semana siguiente. Nunca me había sentido tan aliviado al salir de una iglesia, era como si una gran mochila se hubiera descargado de mis espaldas. Guardé silencio absoluto y me prometí que una vez comenzada la investigación lo haría público, pues algo me decía que yo no sería el único, solo tenía que encontrar a mi compañero y confiar en que la prensa local nos apoyaría.

-¿Volviste?

-Sí, así transcurrió la semana y volví a la hora señalada, muy bien arreglado según yo, pues para mí vestir vestón era de caballeros, aunque debo reconocer que habiendo pasado los años y aprendido de protocolo, habiéndome educado y siendo bien objetivo, quizás yo mismo en el lugar del asistente tampoco en aquel entonces me hubiese tomado en serio. Era un vestón de terciopelo café claro que me quedaba realmente gigante, zapatos mocasines grandes, pues de verdad siempre prefería ayudar a mi madre en lo económico más que preocuparme de mi presencia personal, de hecho esos zapatos tenían una plantilla de cartón cubierta por nylon para evitar dañarme la planta de los pies, porque estos ya tenían un agujero en la suela.

Para Edison la sorpresa fue el portazo que recibió en el Arzobispado.

-La secretaria me dijo que el señor no podría atenderme hasta en dos meses más, pero lo que quisiera podía entregárselo a ella. Sin embargo y pese a mi tozudez, regresé a los 2 meses siguientes y la respuesta fue que él se encontraba fuera del país y regresaría en unos 6 meses. Así volví a los 8 meses, creyendo que sería atendido, pero me dijeron que mi caso no tenía asidero, ni validez. Fue cuando comprendí que no habría ni justicia ni apoyo. Algo tendría que hacer para cambiar esta realidad psicológica y emocional que me tenían con un desequilibrio mental incapaz de sobrellevar, fue allí cuando decidí ingresar a pre seminario y me preparé con el Padre Gerardo, un encargado vocacional, en el seminario Santo Cura de Ars. Creía equivocadamente que desde adentro algo podría hacer, así como las películas de espías y esas fantasías que mi mente ideaba como si fuera un complot internacional.

-¿Lo del seminario no prosperó, pero eres católico aún?

-A esta altura no sé.

-¿Pero vas a misa?

-No, salvo cuando me invitan a matrimonios.

Después de lo vivido en ese hogar donde estuvo hasta los 16 años, Edison llegó a una familia que de apoco le ayudo a rearmar los pedazos de la infancia esparcidos y una estructura emocional rota. Hace 2 años nació su hija, también con labio fisurado. Y Edison se reconoció en ella.

-Después de 38 años decidí tener hijos, porque como siempre comento, no sabía, estuve mucho tiempo en esta búsqueda incesante de felicidad tratando de buscar complementos, pero a veces igual está el vacío. Yo veo a mi hija y me digo a esta edad ingresé yo, entonces sobre todo a esta edad, como yo la protejo, siempre en cosas buenas, en cosas positivas.

Edison nunca más recurrió al Arzobispado para relatar su caso, pero hoy que el obispo Cox suma por primera vez dos denuncias formales en su contra –ambas en 2018–, se atrevió a contar lo que él y sus compañeros vivieron en el hogar de menores de la Cuarta Región, pese a que Cox se entere quizás desde lejos porque sigue en Suiza. Cuando estallaron las denuncias de abuso en La Serena, el entonces arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, quiso terminar con el caso del modo que lo ha hecho la iglesia en Chile: lo trasladó donde nadie ha vuelto a escuchar una palabra de sus descargos ni activar una denuncia. Hasta ahora.

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