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D1: la historia del agente encubierto que permitió desbaratar a “Los Gallegos” PAÍS

D1: la historia del agente encubierto que permitió desbaratar a “Los Gallegos”

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Ximena Astudillo
Por : Ximena Astudillo Periodista colaboradora de El Mostrador en Arica.
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El Mostrador accedió al testimonio inédito del policía encubierto que logró infiltrarse en “Los Gallegos”. El Tribunal Oral de Arica aceptó que fuéramos el único medio presente en la audiencia, tras el apoyo de la Defensoría Penal Pública y el consentimiento del propio policía. Esta es su historia.


Con su extremada delgadez, piel morena y una camioneta ofreciendo fletes en Cerro Chuño, el funcionario policial antinarcóticos denominado “D-1” en la investigación sobre la banda criminal “Los Gallegos”, fue identificado como la pieza clave que permitió a la policía civil infiltrarse durante el primer semestre de 2022 en la organización y desarticularla a través de operativos sucesivos a cargo de la Fiscalía del Ministerio Público en Arica entre 2022 y 2023.

De manera exclusiva, El Mostrador accedió al testimonio del policía, después que el Tribunal Oral de Arica, con el apoyo de la Defensoría Penal Pública y el consentimiento del propio policía, autorizara la cobertura y difusión de su relato en la mañana de este jueves, cuando comenzó a declarar como testigo protegido en el juicio contra el grupo subsidiario del Tren de Aragua (TDA) en Arica.

Tras un intenso debate sobre la publicidad de esta diligencia, finalmente los tres jueces orales, Sara Pizarro, Sergio Álvarez y Óscar Huenchual, permitieron la cobertura de este episodio, prohibiendo eso sí todo tipo de grabación y difusión de imágenes y audios del testigo protegido, así como su identidad. Como garantías para la protección de su integridad, se estableció que el funcionario declarara detrás de un biombo, con la cámara apagada, y con el impedimento para los fiscales, querellantes y defensores de acercarse a él.

Aterrizaje en Cerro Chuño

No fue casual para el agente encubierto su aterrizaje en la población Cerro Chuño. La población le era un sitio conocido, dado que ya había participado en investigaciones anteriores destinadas a desbaratar organizaciones de narcotráfico en el sector. Fue por esa misma razón, por sus cursos sobre técnicas para combatir el crimen organizado, por su fenotipo y su disposición a correr riesgos, que su jefatura lo eligió como el hombre clave para infiltrarse y conocer a fondo lo que estaba pasando en el barrio de las casas contaminadas y donde la violencia había comenzado a reinar inusitadamente.

En su primer día de testimonio al tribunal, el efectivo dijo que lo primero fue la identificación de “rangos etarios, conductas, morfología, estilos musicales”, para desenvolverse con seguridad y comodidad en el entorno. Lo más relevante de ese proceso fue la generación de una “fachada creíble y necesaria, ya que si despertaba sospechas, me iban a matar porque era un contexto hostil”.

A través de un oficio reservado del 21 de abril de 2022, el testigo protegido fue investido como “agente encubierto” y se le asignó el trabajo conjunto con un civil que actuaría como “informante encubierto” en la investigación. El vínculo con el “informante encubierto” surgió –según su relato– después que la policía evaluara positivamente la disposición de ese civil para la entrega de información sobre un grupo de venezolanos que había llegado al sector y que decía pertenecer a la banda de “Los Gallegos” y al Tren de Aragua.

Banda chilena desplazada

El policía reconoció que el 2022 se había producido un cambio drástico en la criminalidad de la ciudad de Arica. Según él, las organizaciones tradicionales de narcotráfico compuestas por chilenos, bolivianos y peruanos, que utilizaban burreros transportando drogas hacia el sur del país, habían sido desplazadas por un particular grupo de venezolanos instalados en Cerro Chuño, “quienes por medio de la violencia, la intimidación y por delitos conexos tales como el secuestro, su intención era desplazar a toda la gente que se dedicaba al tráfico de drogas”.

De la investigación denominada “Grupo Metales”, cuyo objetivo era desarticular a la organización liderada por el narcotraficante chileno Marco Araneda, surgió la primera pista. A través de interceptaciones telefónicas realizadas a este sujeto en abril –indicó el agente–, “se tuvo información de que él le decía a su gente que había que armarse, que la situación estaba delicada, y que se sentía molesto. Marco invita a su grupo delictual a que tengan cuidado y resguardos. También decía que tenía una persona conocida en el Cerro Chuño, que era tía de uno de los integrantes del Tren de Aragua en Venezuela, específicamente del ‘Niño Guerrero’, Héctor Guerrero Flores, para saber si era cierto lo que decían estas personas que se jactaban de ser del Tren de Aragua”.

En esas llamadas interceptadas por la policía, se conoció el primer antecedente de la “casa de torturas” habilitada por “Los Gallegos” en el camino al vertedero municipal, dado que el narcotraficante mencionó que a su socio apodado “El Rucio” lo habían llevado a ese lugar, donde lo habían golpeado y lesionado para que revelara su paradero.

El fletero dadivoso

El agente encubierto relató que la policía debió construir una “fachada creíble y necesaria” para infiltrarse en el sector. Fueron esos dos elementos los que sirvieron para construir el personaje de “fletero” que llegaría al lugar a prestar servicios a una población de extrema pobreza y con personas con necesidades económicas y de alimentación, la cual está a unos 500 metros del vertedero municipal.

El policía declaró que iba al Terminal Asoagro, donde le donaban verduras, frutas y agua que luego regalaba en Cerro Chuño. También, poco a poco, fue instalándose diariamente en las calles de la población, ofreciendo fletes, fumando tabaco en cigarrillos artesanales que él mismo hacia con papelinas, trasladando chatarra y escombros, y adquiriendo mercancías en los almacenes del sector, para ganarse la confianza de las personas y no llamar la atención.

Su rutina diaria y sin descanso partía entre las 7 u 8 de la mañana en la población, tomando desayuno en un puesto de comida con toldo azul donde atendía una mujer venezolana o en una casa que ofrecía el mismo servicio. Para su desempeño –dijo–, contó siempre con tres grupos de policías en terreno: uno de vigilancia de sus movimientos, otro de irrupción o extracción inmediata en caso de ser descubierto, y uno de monitoreo aéreo con drones.

“A través de un lenguaje corporal daba señales de alerta, que significaba un hecho perjudicial o de riesgo; otras de atención, es decir, sobre hechos de utilidad para la investigación; y de extracción inmediata al personal especializado para sacarme en caso de riesgo y que debían tener una respuesta inmediata”, expuso.

Chatarrera y casas

Cuando el policía logró hacerse visible y confiable en la población, pudo dar el primer paso hacia el territorio ocupado por los venezolanos. La primera irrupción fue en una “chatarrera” a cargo del venezolano Wilder Cereño, alias “El Niche”, a la que llegaba parte de la banda.

“La chatarrera fue la oportunidad para acercarme. Un día llegué con una lavadora y una secadora y con la presentación del informante, yo le digo que tenía esto para vender o si lo necesitaba, en realidad, lo iba a llevar al vertedero municipal. Esta persona era muy llana a conversar, porque yo le estaba regalando cosas que a él le servían. Aquí es cuando comienzan las tácticas encubiertas indirectas para este grupo de interés”, relató.

En ese mismo sitio, el agente encubierto conoció a otro integrante de la banda: Josué Fernández, alias “Caracas”, a quien le ofreció frutas y verduras como obsequio.

De esta manera, el policía pudo comenzar a transitar por los pasajes donde vivían solo venezolanos, en el ala oriente de la población. En uno de sus recorridos divisó una casa de color verde pistacho, donde advirtió un citycar marca Mazda Demio de color negro, donde estaban otros tres miembros de la banda y que luego fueron sindicados como responsables de las extorsiones, microtráfico, golpizas a mujeres y balaceras: Daniel Garrillo, alias “El Maracucho”; Eudiel González, apodado “El Bemba”; y Julio Mora. Junto a ellos estaban tres mujeres ligadas al negocio de trata de mujeres reclutadas para la prostitución: Frandy Dávila, Joyce Araneda y Daylin Pérez.

El punto de mayor riesgo en su primer aterrizaje en el sector, fue –según el relato– cuando el grupo de venezolanos lo contrató para trasladar gravilla y cemento a una vivienda a la que denominaban “Comedor”, ubicada en el pasaje 8 de la población.

“Cuando llevamos los sacos de cemento al comedor, me percato que el comedor correspondía justamente a la propiedad que en un principio habíamos identificado como el domicilio donde se juntaban los integrantes del Tren de Aragua. Era el 29 de abril en la mañana donde me percato que, al interior de este lugar, había entre 10 a 15 personas que estaban escuchando a un sujeto y que este era el que le decían ‘El Culito’, que corresponde a Jorve Galavis. Por seguridad me retiro del lugar y alerto al equipo y me ubico en una posición estratégica lejos de ahí”, afirmó.

“Malandrizados” y “Betaserio”

El agente encubierto pudo también conocer algo de la jerga particular que utilizaba la banda. Justamente el 7 de mayo de 2022, detectó movimientos inusuales de dos vehículos de la organización en el camino al vertedero municipal y que luego fueron asociados al secuestro en el centro de Arica de una escort venezolana, a quien golpearon y extorsionaron para que pagara la cuota que debía por ejercer la prostitución.

“Unos venezolanos que estaban en el sector nos dicen que esas personas que andaban en los vehículos correspondían a Julio Mora y Jefferson Marcano. Y si andaban juntos es porque andaban ‘malandrizados’ en un ‘betaserio’. Eso daba a entender que andar ‘malandrizado’ significaba andar en una conducta ilícita y violenta; y el ‘betaserio’ lo usaban para referirse a un problema de la organización”, relató.

Al concluir su primer día como testigo protegido, el policía reveló que “Los Gallegos” eligieron como asentamiento seguro a Cerro Chuño, dado que el lugar les permitía vivir de manera “cómoda y gratuita” y no tenía control policial. Otro factor que les daba tranquilidad era que contaba con dos entradas y salidas y calles en mal estado que ralentizaban cualquier operativo policial. Asimismo, la población contaba con un sitio para infundir temor, amenazas y violencia y que era conocido por la población ariqueña. Y, por último, su cercanía con la frontera era una condición favorable para una rápida huida en caso de que la policía diera un golpe duro a la organización.

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