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A favor de la muerte

por 18 enero, 2017

A favor de la muerte
Lo que se discute en este momento en el Senado, no es el punto de ebullición de la vida sino el punto de efervescencia en el ejercicio de un poder intocable de unos humanos sobre otros. Lo que se discute es la barrera de lenguaje y de cultura, el punto tabú, en el que está prohibido que la humanidad se gobierne a sí misma. Podríamos llamarlo el punto G del embaucamiento político.

La comisión de Constitución del Senado acaba de aprobar, por tres votos contra dos, la idea de legislar en materia de aborto. El debate fue largo e intenso y, a juzgar por el nerviosismo de los intervinientes, por debajo de los discursos asertivos, desfilaba un hormigueo de dudas respecto a la justicia de las posiciones defendidas.

La mayoría de los intervinientes que escuché se declararon ‘pro vida’, pero ninguno definió la vida de la que estaba hablando. La vida parece ser una evidencia y los tres mil años de debate sobre el tema en la cultura humana parecen posibles de ser pasados por alto. Debo hacer una excepción con el discurso del senador Harboe, quien, a diferencia de los senadores de derecha, no se limitó a invitar profesores varios a que participaran sino que incorporó en su propio discurso las referencias más variadas en apoyo del proyecto del Gobierno.

La votación en la comisión abre finalmente la discusión parlamentaria y no está de más recordar algunos de los asuntos que esta ley pone en juego.

La vida, en primer lugar

La vida que se debate en el Senado no es la vida de Aristóteles, no es la vida de Jesús, ni es la vida de ninguna mujer que haya existido; es una vida sin muerte, sin discontinuidades y sin relieves. Es una vida que carece de concepto y sobre todo carece de toda humanidad. Es una hierba que crece entre las baldosas, una hormiga o un organismo unicelular que tendría, se nos dice, la misma dignidad de una vida humana. Dignidad quiere decir rango, jerarquía. Dignidad es un llamado a distinguir entre las vidas en conflicto.

La discusión consiste en borrar las diferencias entre las responsabilidades de la madre y de la sociedad hacia la madre. Los hijos por nacer se igualan a los hijos nacidos, la vida como posibilidad se iguala a la vida real. Todas las formas de vida se asimilan a una vida genérica, sin concepto y sin encarnación necesaria. Una idea de vida tiene el mismo valor que una hormiga viva y una hormiga tiene el valor brahamánico de cualquier otra vida.

La vida se transforma en una metáfora biológica que limita la vida a su reproducción. Una sensación de hormigueo recorre la vida humana encerrada entre el hormigón y el hormiguero.

Lo que se discute en este momento en el Senado, no es el punto de ebullición de la vida sino el punto de efervescencia en el ejercicio de un poder intocable de unos humanos sobre otros. Lo que se discute es la barrera de lenguaje y de cultura, el punto tabú, en el que está prohibido que la humanidad se gobierne a sí misma. Podríamos llamarlo el punto G del embaucamiento político.

Ese punto es evolutivo y depende de la lucha constante entre la libertad y el pastoreo divino o natural.

Aborto y el aterrizaje de Dios

El aborto es inaceptable para las iglesias modernas; es uno de sus seguros contra la democracia y la sublevación de las mujeres. Desde el momento en que la pregunta sobre la interrupción del embarazo aparece, la humanidad pasa a ser un problema de la propia especie y deja de ser un problema de Dios. El aborto y el control de la natalidad son un asunto de incumbencia religiosa porque su solo planteamiento pone en cuestión la justificación y la existencia de los pastores de la humanidad.

El aborto no es más que una barrera, entre otras, para afirmar la necesidad del pastoreo sagrado en la vida de los humanos. Esa delimitación es la que reclama que la creación de la vida, su interrupción y su reproducción responden a una voluntad y a un mandato divino[1].

El aborto se ha aferrado a la vida porque la vida le ofrece el único refugio, el techo de cartón que va quedando para sostener que no somos más que sujetos de obediencia y de escándalo. El argumento es que, lo que todavía no es una vida pero puede llegar a serlo, tiene la misma dignidad de la vida. La vida y la no vida son iguales en su potencial.

Ninguna interrupción, ningún desvío del encuentro reproductivo es aceptable por la religión que interpreta la voluntad de Dios. Ni la homosexualidad, ni el placer sexual improductivo son tolerables; son un desperdicio o una distorsión respecto del mandato divino. Según nos cuentan, fue todo un tema eximir a los sacerdotes del mandato reproductivo en los primeros tiempos de la iglesia de Cristo. La liberación de un terreno para el pastoreo y la consagración de los pastores entraron en un conflicto que permitió la creación de una iglesia célibe, pero introdujo en su seno la paradoja de una forma de vida contraria a la reproducción de la vida humana.

En el espacio del bosque despejado para hacer presente la palabra de Dios, los encuentros sociales entre los sexos no tienen más sentido que el de la reproducción y la crianza. Todo coqueteo que no se encamine a la reproducción es inútil y potencialmente pecaminoso. El largo de la falda y el descubrimiento de los hombros definen líneas de pecado que, en toda circunstancia, quedan determinadas por el juicio de los pastores.

La separación de roles por sexos y la separación de los sexos en la ciudad cumplen el mismo papel que la prohibición del aborto: sacralizar la vida y la posibilidad de la vida e, incluso, los encuentros que podrían dar lugar al cumplimiento de la única misión divina, la de reproducirse y dominar la Tierra. Sacralizar quiere decir entregar a la orientación divina, a la recta interpretación que solo los profesionales de la fe pueden ejercer[2].

La prohibición del aborto es la continuidad de la condena al coito interrumpido, a la homosexualidad y al sexo indiscriminado.

El levantamiento del velo de la novia es ya su violación

Numerosos sociólogos y filósofos posmodernos reivindican la reserva del velo en contra de la pornografía de la transparencia informativa. Nunca es claro si se refieren a la necesidad de recuperar algún velo en Occidente o si en Oriente se debe avanzar hacia la burka.

Velar a la mujer, se dice, es garantizar que se le mantenga el respeto. El velo y el himen son lo mismo y deben caer en un acto simultáneo. Ese respeto incluye confinar a la mujer en el hogar y dedicarla a la cocina, al servicio y a la crianza.

El aborto se ha aferrado a la vida porque la vida le ofrece el único refugio, el techo de cartón que va quedando para sostener que no somos más que sujetos de obediencia y de escándalo. El argumento es que, lo que todavía no es una vida pero puede llegar a serlo, tiene la misma dignidad de la vida. La vida y la no vida son iguales en su potencial[3].

Ese potencial reproductivo viene desde el primer intercambio de miradas y el primer roce entre dos cuerpos sexuados. Multiplicar los encuentros sociales es tan grave como multiplicar los encuentros sexuales. Descubrir el cuerpo es tan grave como abrirse de piernas. El método Billings, si no fuera tan deficiente, sería tan nefasto como el condón, los dispositivos intrauterinos y la píldora.

Los curas están obligados ahora a relativizar el potencial pecaminoso de los distintos encuentros intersexuales. La continuidad entre el desvelo, el sexo indebido y el aborto es más difícil de mantener. Lo importante es frenarse en algún punto porque, después de él, no quedan barreras a las que recurrir para el disciplinamiento de los cuerpos.

La bioingeniería es una expansión de la medicina y es difícil de frenar. Ante las prolongaciones absurdas de la vida, ni la eutanasia permanece incólume ni el concepto de lo que es una vida puede seguir cultivándose en el olvido de la cultura milenaria de hombres y mujeres que han debatido sobre la vida desnuda.

No hay que asustarse. Millones antes de nosotros seguiremos debatiendo sobre el sentido del respeto a la vida. La humanidad tiene esa facultad de crear adaptaciones y acumular contradicciones conflictos y atrocidades sin mermar en su camino hacia las estrellas.

Notas:

[1] Uno se puede imaginar la posición eclesiástica ante las sucesivas prolongaciones ‘artificiales’ de la vida y la aspiración a la vida eterna. Se anuncia para 2045 la solución técnica de la inmortalidad. Se puede adivinar el escándalo. Científicos y curas serán complementarios una vez más en el debate para decidir sobre las obediencias ineludibles y los recortes a la autonomía humana.

[2] La separación de la Iglesia y del Estado es la incorporación de una casta laica en el ejercicio de la representación de Dios, de la razón, de la naturaleza o del conocimiento. Senadores son los obispos de las distintas iglesias reunidas en Parlamento.

[3] Las torsiones del derecho y de la ley para sustentar esa contradicción se hicieron escuchar hoy sin agregar ningún elemento nuevo a su falta de coherencia.

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