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El grito de la naturaleza en los extremos de América

por 14 julio, 2016

El grito de la naturaleza en los extremos de América
"Las lecciones de Fort Mac Murray y Chiloé son claras: o el ser humano abandona su arrogancia y se hace parte de la naturaleza o las profecías más apocalípticas se cumplirán".
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El norte

El oeste canadiense, precisamente la provincia de Alberta, es uno de los grandes productores de petróleo del mundo. Un petróleo que se obtiene no de la manera tradicional sino de la extracción de “arena bituminosa o petrolífera” que es una mezcla de betún bruto (forma semisólida de petróleo crudo), arena, mineral de arcilla y agua. Al final del proceso se obtiene un  hidrocarburo en estado sólido, denso, espeso y viscoso.

Grandes cantidades de agua se requieren para extraer y procesar el bitumen en comparación con el petróleo convencional. Extraer el betún y procesarlo es una operación altamente intensiva desde el punto de vista energético. Las arenas bituminosas se encuentran debajo de más de 140.800 kilómetros cuadrados de bosques y humedales, que pueden ser desforestados y  contaminados con aguas residuales tóxicas.

Las “Primeras Naciones”, como se les denomina en Canadá a los pueblos originarios, lucharon por décadas para preservar sus lugares sagrados. Se enfrentaron al gobierno federal, a las poderosas compañías petroleras que envenenaron las aguas, otrora cristalinas, de sus magníficos ríos. El aspecto desolador de la naturaleza en el lugar es tan apocalíptico que las compañías petroleras no dejan sacar fotos o filmar.

Fort Mac Murray es una ciudad de 100.000 habitantes, creada para albergar a los trabajadores de las compañías petroleras de las arenas bituminosas. Se hizo famosa en el mes de mayo de 2016 por su rápida evacuación tras ser asediada por un descomunal incendio forestal que destruyó parte de la ciudad e hizo el aire irrespirable. Miles de personas evacuadas hacia el sur a través de una única ruta de dos vías que une la ciudad al resto de Canadá. Un espectáculo de ciencia ficción: cientos de enormes camionetas 4X4, casas rodantes, vehículos pesados en lenta caravana huyendo del fuego voraz. Esta súbita notoriedad de Fort MacMurray reflotó la controversia sobre la extracción de petróleo de la arena bituminosa.

El bloguero quebequense  Jean-François Hotte en un artículo que llamó “Recuerdos de Mac Murray”  narra su experiencia de joven desempleado en busca de fortuna cuando llegó,  con 19 años,  a Fort MacMurray : “Al igual que en el salvaje oeste, a menudo hay peleas, las personas consumen una gran cantidad de fármacos para olvidar el aburrimiento, se bebe mucho alcohol, los problemas de prostitución, el juego y las drogas son graves. La mayoría de la gente quiere hacerse rica rápidamente y hacer fortuna sin estudios, aprendiendo lo menos posible sobre el mundo que la rodea. Fort McMurray, es el paraíso del individualismo y la estupidez, una sociedad sin cultura, sin personalidad con  un objetivo común: gastar el dinero en los bares, en los coches y en las mesas de blackjack. He llegado a creer que al invertir en esta ciudad remota, Canadá participa en el genocidio intelectual de una nación”.

Las “Primeras Naciones”, como se les denomina en Canadá a los pueblos originarios, lucharon por décadas para preservar sus lugares sagrados. Se enfrentaron al gobierno federal, a las poderosas compañías petroleras que envenenaron las aguas, otrora cristalinas, de sus magníficos ríos. El aspecto desolador de la naturaleza en el lugar es tan apocalíptico que las compañías petroleras no dejan sacar fotos o filmar.

En el tan individualista mundo de Fort Mac Murray, la evacuación llegó como una sorpresa inesperada, como algo fuera de lo posible, como una catástrofe para la que nadie estaba preparado.

El sur

La Isla Grande de Chiloé, situada al sur de Chile está lejos del fuego de Fort Mac Murray y sin embargo algo la une a la ciudad canadiense: el desastre  ecológico causado por la   mano humana.

Así como los “autóctonos” del norte de Canadá no se dejaron engañar por las compañías petroleras y continúan su lucha hasta hoy, los chilotes y las chilotas del sur de Chile, tampoco creyeron que el desastre que vieron en el mar (miles de peces, moluscos y aves muertos en las playas) se debiera solamente a la marea roja. Con justa razón alegaron por los salmones podridos arrojados y pidieron explicaciones a los actores políticos. Las respuestas no fueron ni siquiera mínimamente satisfactorias, solo paliativas.

La industria salmonera se instaló  en el sur de Chile a principios de los años 80 en plena dictadura militar. Conoció tiempos de gloria pero en los últimos años experimentó un retroceso, entre otros motivos por la aparición del virus ISA que provocó el rechazo de países importadores al constatar la gran cantidad de antibióticos que presentaban los salmones chilenos.

Por otra parte, y más cerca de la catástrofe ecológica, el gobierno chileno autorizó, a través de resoluciones de febrero y marzo de 2016, a 14 empresas salmoneras, afectadas por una floración de algas nocivas, el vertido  al mar de  23 millones de salmones muertos y en descomposición. Esto coincidió con el fenómeno de la marea roja, lo que impidió la pesca artesanal, sustento vital para buena parte del pueblo chilote.

Y los chilotes y chilotas salieron a la calle, se tomaron los caminos, expresaron la rabia contenida por años de postergación frente al centralista poder santiaguino. Lo hicieron como comunidad, tal como cambian sus casas de lugar en las “mingas” donde todos y todas ayudan. El pueblo chilote es comunitario, gregario, de fuerte identidad. Para ellos y ellas la palabra solidaridad está implícita hasta en las mínimas  acciones  cotidianas.

Así como los “autóctonos” del norte de  Canadá no se dejaron engañar por las compañías petroleras y continúan su lucha hasta hoy, los chilotes y las chilotas del sur de Chile, tampoco creyeron que el desastre que vieron en el mar  (miles de  peces, moluscos y aves muertos en las playas) se debiera solamente a la marea roja. Con justa razón alegaron por los salmones podridos arrojados y pidieron explicaciones a los actores políticos. Las respuestas no fueron ni siquiera mínimamente satisfactorias, solo paliativas.

El modelo de desarrollo que permite dinamitar bosques y praderas para encontrar petróleo es el mismo que permite desarrollar una industria cuyos desechos tóxicos matan la vida en el mar.

Las lecciones de Fort Mac Murray y Chiloé son claras: o el ser humano abandona su arrogancia y se hace parte de la naturaleza o las profecías más apocalípticas se cumplirán.

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