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BRAGA

Prácticas feministas comunitarias de mujeres mapuche

por 12 marzo, 2020

Prácticas feministas comunitarias de mujeres mapuche
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Las mujeres mapuche han construido su propio feminismo reivindicando no solo la igualdad de género sino también instalando una lucha sostenida contra la discriminación, el racismo, la pobreza, y la defensa de la tierra, sus territorios. La mapu tiene vida y hay que respetarla pero la tierra además es y ha sido la fuente para el sustento de sus hijos. En la sociedad mapuche hay diversidad de pensamiento y diversidad de mujeres, no todas las hermanas indígenas se reconocen feministas, fundamentalmente porque consideran que su cultura promueve igualdad entre los hombres y mujeres y porque el feminismo sólo revindica ese derecho, dejando de lado la lucha interseccional que han impulsado a lo largo de la historia.

En los datos estadísticos las mujeres indígenas en el país aparecen categorizadas en los indicadores de ruralidad, no hay datos desagregados en cuanto a la violencia y discriminación que les afecta, al no ser que sean casos vinculados al mal llamado terrorismo, como lo ocurrido con la hermana  Lorenza Cahullan (2016), Macarena Valdés (2016) o la machi Francisca Linconao, ellos representan la violencia y el colonialismo interno que ejerce el Estado contra los pueblos originarios. Tampoco las mujeres figuran en la historia como heroínas, son excluidas de lo político,  su voces son desconocidas; el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género se ha negado a crear una sección para las mujeres indígenas. En el mundo político externo, el hombre mapuche es más reconocido que la mujer en los temas de política, trabajo, liderazgo; como si las mujeres no tuvieran liderazgos y opiniones políticas, sus opiniones no cuentan simplemente.  En la práctica, el pueblo mapuche ya hubiera desaparecido si no fuera por la mujer, no lo digo por cuestiones biológicas, sino porque las mujeres además aportan la mitad de la económica de subsistencia del hogar y cuando no, todo el sustento económico cae en sus hombros al tratarse de familias uniparentales. Pero también las mujeres enseñan a sus hijos de la vida, del trabajo, los valores, la lengua y la cultura.

Este texto toma como base el feminismo comunitario del que habla Gladyz Tzul o Lorena Cabnal, mujeres indígena maya de Guatemala que revindican el trabajo comunitario colectivo, la defensa del territorio tierra y el territorio cuerpo; es una reflexión para dar cuenta que el feminismo se vive y no es sólo una teoría.

Para entender lo masculino y femenino en el mundo mapuche es necesario conocer algo sobre su pensamiento y filosofía. En las personas como en la naturaleza hay presencia de rasgos femeninos y masculinos; hay hombres, mujeres, gay y lesbianas, a estos últimos se les reconocen dos espíritus ‘epu rume pvji’.   Lo femenino y masculino también se distinguen en la naturaleza, los cerros pueden ser femeninos o masculinos, los vientos femeninos y masculinos, incluso el ciclo de un año también según sus rasgos puede ser femenino o masculino. Por cierto, las mujeres portamos espíritus femeninos de la naturaleza, así también los hombres, ello lo aprendimos en el relato oral. Por otro lado, en la ética mapuche lo más importante es ser che ‘persona’ y tener una vida equilibrada entre las personas con la naturaleza, mas allá de la identidad sexual (hombre, mujer, lesbiana, gay) importa el comportamiento de persona; para ello hay que ser: kimche, sabio; newenche, tener fuerza espiritual;  poyence, afectuoso cariñoso y norche, ser justo. Todos deben actuar como personas, respetarse entre ellos y respetar la naturaleza, eso es lo más importante para el mapuche. En lo que sigue desarrollaré como una madre mapuche, sobrellevó estos principios y nos enseño a ser feminista antes que se hablara se feminismo en nuestras comunidades; digo feminista porque ella se reivindico siempre como mujer y se defendió contra el racismo,  el patriarcado y lidero el oficio de hortalicera que después siguieron otras mujeres.

Cuando voy a mi territorio, en el pueblo me voy directo a la Feria libre de Traiguen (Malleco) no había reflexionado por qué me gustaba tanto llegar allí; ahora que lo pienso lo sé, en ese espacio encuentro parte de los cultivos de Margarita, tañi ñuke, mi madre. Con ellos nos alimentó y nos enseñó a ser personas, nos enseñó a leer el mundo, a soñar el futuro lleno de memoria  pero también  nos mostró paradigmas creados por ella, por su madre, su abuela, sus vecinas, la abuela de su abuela, y tantas más que nunca han aparecido en los libros de historia, pero que están en el relato oral. En una de mis visita la Sra. María me preguntó ¿Cómo está Margarita?. – Bien le contesté,  luego me dijo “Ella fue la pionera de todas nosotras”. La miré y miré alrededor a las decenas de mujeres mapuche y campesinas vendiendo sus productos en el pueblo. Encontré en esta afirmación una historia que debía ser contada, una identidad del cual no se ha hablado pero que estaba presente en esos rostros y en el de mi madre. Fue en la primavera del año pasado antes del estallido social (octubre, 2019) desde entonces la historia camina conmigo. Elijo la metáfora de la primavera del tiempo cíclico mapuche como el concepto que mejor explica este relato en cuanto a brote, también porque su protagonista maduro de ciclo en ciclo y se alimentó de todas las energías de la tierra, de la lluvia, el frío, el sol, los sembrados, como lo hicieron su antepasados y tantas otras, como también a mi me ha correspondido hacerlo.

Margarita (1935) es una de las tantas mujeres mapuche que antes de que las chiñuras (mujeres blancas) pronunciaran la palabra feminista, ella ya lo era y lo practicaba. Sin duda la pobreza, la raza, la discriminación le llevó a romper los paradigmas que mantenían a la mujer mapuche discriminada, humillada y temerosa, principalmente por acción de las políticas de estado y sus instituciones como los hospitales, las escuelas y a nivel de sociedad los colonos. Creció entre el racismo y la pobreza en un territorio poblado de terratenientes suizos, alemanes, italianos y franceses, que se instalaron en el Wallmapu, en tierra mapuche después de la ocupación militar del territorio; fue una niña que la escuela intentó domesticar con una identidad subalternizada; pero ella hizo su camino propio. Recogió las historias y nos la traspaso. En su infancia los mapuche trabajaban en los fundos y debían obedecer al patrón; nos contó cuando mi abuelo se reveló al patrón, un colono que le ordenó a votar por su candidato a presidente. El abuelo votó por un candidato que favorecería a su clase, entonces el patrón lo mando a llamar. Él fue preparado para morir, llevó a su hijo de 10 años y le indicó el camino de regreso, si algo pasara con su vida el niño debía volver para dar cuenta a su familia. Llegó a la cita, el patrón con el arma a su alcance le preguntó por qué le desobedeció. El dijo la verdad: vote por el candidato que favoreciera a los pobres porque yo soy pobre. Entonces él le dijo ¿qué harías si ahora te disparara? el abuelo le respondió que eso no dependía de él…Lo miró con desprecio y le dijo,  ándate indio tal por cual. Tuvo suerte.

Así eran las relaciones de clase, tal cual  nos la enseño mi madre, los terratenientes colonos intentaron hacer de los mapuche sus esclavos. En el campo donde crecí había un campesino que le faltaba una oreja, los niños lo mirábamos sin saber que pasó con él. Quién sabe si fue algún patrón de fundo que le mutiló, los mayores nunca nos contaron; pero a menudo nos dijeron que los patrones azotaban y torturaban a sus trabajadores.

Las ideas y el conocimiento de la lucha mapuche también crecieron en Margarita como el trigo, la chacra, la huerta. Estudio hasta tercero básico en el pueblo cercano; descalza iba a la escuela, se abrigada con un reboso y cuando llovía se quedaba con su reboso mojado hasta que se secara. Fue la mayor de sus hermanos, en tanto aprendió a leer y sacar cuentas ya no fue más a la escuela. Como hermana mayor le enseñó las operaciones matemáticas y la lectura a su hermano menor para que fuera aceptado en la escuela, quien ya estaba grande y para ingresar debía conocer estas habilidades. Como madre, nos enseñó poesías, a recitar, le encantaba el teatro; igual nos apoyo con la lectura y las matemáticas en el colegio. Lo que aprendió en la escuela lo usó para vivir.  Fue luchadora social, se involucró en la recuperación de las tierras; participó del Movimiento Mvntutuaiñ Mapu, en tiempo de la Unidad Popular. Nos contó y todavía nos cuenta tantas historias de cómo las mujeres se organizaron para defender las tierra recuperadas; entre ellas, recuerda aquella vez que estaba en la ronda de guardia en una recuperación,  ante un  inminente desalojo, la policía le pidió que bajara la bandera de la recuperación y ella le respondió “Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar” (Prat, 1879). La policía quedó  sorprendida, no esperaban esa respuesta de esta mujer mapuche tan resuelta.

Margarita fue una de las primeras mujeres de la comunidad que sacó del espacio privado mapuche la producción hortícola, para vender sus productos en el pueblo y generar sus propios recursos, a fines de los sesentas, comienzo de los setentas. En ese tiempo por la violencia, la discriminación y el racismo las mujeres no se atrevían a salir de sus casas. Los niños necesitaban ir a la escuela y no había dinero para comprar sus materiales, mi padre trabajaba tanto como mi madre, hacía muebles pero el dinero no alcanzaba; los niños también ayudábamos y trabajamos en la economía familiar, sin embargo , la pobreza parecía imbatible; educar a los hijos se hacia imposible sin dinero. Sembraba cilantro, perejil, cebollas, ajo, todo lo que podía cultivar y lo vendía en la ciudad.

En la sociedad mapuche hay diversidad de pensamiento y diversidad de mujeres, no todas las hermanas indígenas se reconocen feministas, fundamentalmente porque consideran que su cultura promueve igualdad entre los hombres y mujeres y porque el feminismo sólo revindica ese derecho, dejando de lado la lucha interseccional que han impulsado a lo largo de la historia.

La otras mujeres vieron que el trabajo de verdulera era posible y siguieron su ejemplo, salieron cargadas con canasto en mano para generar sus propios recursos. Con su práctica transmitió a sus iguales el valor de la autonomía y  también de la libre determinación, porque nadie les obligó a trabajar así, ellas respondieron a una necesidad, la de criar a sus hijos y educarlos.

Así aprendimos a mantener una economía solidaria de subsistencia, que implicaba trabajar en familia, sembrar la chacra con maíz, porotos, papas; tener un huerto con verduras de estación, una quinta con frutales, aves y animales menores (cerdos, ovejas) la yunta bueyes;  la vaca para la leche y las crías que pronto se vendían para la comprar los materiales de la escuela.  Nuestras madres viviendo en el mismo rincón de la pobreza donde fueron puestas por el Estado,  trabajaron la tierra, sembraron, cuidaron y cosecharon. Los hijos de estas mujeres hortaliceras, crecimos dependientes de sus trabajos, no fue el Estado quien nos alimentó, educó, sino somos todos frutos de esa economía solidaria de auto subsistencia desarrollada en la comunidad. Estas mujeres también criaron a sus hijos como activistas en la defensa de sus derechos. Mientras caminábamos con Margarita a la ciudad aprendimos de las señales que las aves, de los pájaros, según su vuelo, sus pasos, ellos nos anunciaban cómo nos iría en el mercado; conocimos los colores del amanecer y el sabor del pan después de días sin haberlo probado.

El trabajo de las hortaliceras mapuche ha creado una identidad colectiva en la familia, en la comunidad y en el pueblo. En la feria de mi pueblo se pueden encontrar verduras frescas de cultivo orgánico, también hay huevos de colores, de gallinas ckollonka (gallina mapuche), quesos, ajíes en pastas derivadas de múltiples preparaciones, además del merken; diversas preparaciones de mote, se vende mote cocido y caliente por la mañana como desayuno y lo consumen todo sin excepción; tal vez mucho tiempo atrás esta comida fuera asociada al indio y no se vendía, hoy ya no es así. También hay hombres dedicados a la labor, se  ha abierto a un intercambio intercultural, de construcción colectiva.

Hoy los libros feministas rescatan esta práctica de las mujeres campesinas en el mundo, lo hace Silvia Federici (2013) quien dice que las mujeres son quienes a lo largo de la historia del planeta han liderado la economía de subsistencia; Vadana Shiva, también destaca el mismo punto  en sus múltiples obras y videos, dice que las mujeres son la mayor expresión de la fertilidad y productividad del planeta. Los huertos no sólo pueden ser cultivados en la zona rural, la primavera también llega a las zonas urbanas, hay estudiosas que señalan que son indispensable, si queremos mantener nuestra producción alimentaria, regenerar el medio ambiente y brindar una fuente de seguridad alimentaria; pero además son necesarios para educar sobre la vida y el valor de la naturaleza, y por cierto, para explorar estrategias de como resistir frente a la dependencia del supermercado. No puede ser que hasta la hojas de la menta se tenga que comprar en el super; se puede cultivar en cualquier macetero, con tierra y riego.

En esta fecha cuando se conmemora el Día Internacional de la mujer, pienso no sólo en el día, sino en la historia del movimiento feminista que debe llenarse de brotes de todos los colores para que florezca la diversidad del feminismo, porque hay distintos feminismos, las mujeres provienen de diferentes historias, realidades y reivindicaciones; y estas son múltiples y complejas. Esta historia también es una invitación a mis amigues mujeres y hombres a escribir sobre sus madres; pues faltan sus historias para parir juntas en la diversidad el futuro de justicia por la que luchamos. Es necesario abrir espacio para que otras mujeres hablen, necesitamos conocer sus complejas riquezas, sus verdades contradictorias, saber quiénes son y de cómo formaron generaciones de mujeres libres o sumisas. Contar, nos permite darnos cuentas que podemos hacer teoría con los saberes que están en nuestra memoria y experiencia, de los sueños que no tuvieron cabida en otro lugar. Cada una puede aportar sus brotes, su flor o el fruto no conocido, hablar de cómo lo sembró, lo cuidó, hasta cómo se prepara para una rica merienda.

El feminismo no es solo una teorías o corrientes feministas de moda, no se aprende sólo de  los libros, el feminismos, como vimos en el relato es un modo de vida, es  práctica diaria.

Lamentablemente, la venta de hortaliza se ha vuelto un trabajo reprimido por el Estado y sus instituciones,  cuánta veces vemos en la noticia cómo carabineros reprime a las mujeres que comercializan sus productos en las calles de Temuco. Son prácticas de discriminación a la mujer y falta de políticas que respeten su labor comunitaria. Por lo mismo hay que cambiar la constitución;  las mujeres mapuche e indígenas tenemos derecho a definir nuestro futuro; necesitamos que la constitución reconozca nuestros aportes y derechos. Por una constitución plurinacional, paritaria diremos  APRUEBO el 26 de abril.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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