Yo opino
Créditos: Agencia Uno.
Conociendo a la ultraderecha y su pensamiento sobre las mujeres
¿Qué piensan realmente en la ultraderecha sobre la posición de las mujeres en la sociedad?
Ya hemos escuchado bastantes opiniones contundentes al respecto, pero generalmente breves y sin mayores fundamentos. Afirmaciones impactantes, pero que evidentemente encuentran eco en sus electores. Como base, podemos recordar a Carlos Larraín afirmando que los hombres son los hombres y las mujeres, mujeres, pero hoy don Carlos es apenas de derecha tradicional, y hay que explorar en los sectores que hoy lideran, más radicales.
De Kast sabemos bastante porque a lo largo de sus varias postulaciones presidenciales fue muy explícito en el rechazo a la “ideología de género”. En su última campaña, en cambio, ha guardado silencio, aunque su programa mantiene una mirada conservadora en lo valórico y su visión del género parece seguir siendo tradicional/patriarcal. Se opone a la ampliación de derechos sexuales y reproductivos, cuestiona políticas de género y plantea fortalecer “la familia tradicional” como núcleo central.
La palabra mujer se menciona apenas 28 veces en un total de 204 páginas, y las medidas apuntan a incentivar el empleo formal para que las mujeres puedan aumentar sus pensiones, un plan para fomentar la natalidad (especialmente preocupante porque sobrecarga a las mujeres, que son las criadoras “naturales” de los hijos), incentivos a la postergación de la edad de retiro y la propuesta de aumentar la edad de jubilación de las mujeres. Se agrega fomentar la participación femenina en trabajos tradicionalmente masculinizados, apoyar la incorporación de mujeres en carreras científicas y un programa de acompañamiento para mujeres víctimas de violencia.
En años anteriores, Kast fue más explícito, dejando claro que en su opinión la sexualidad o el sexo no son construcciones sociales, sino productos de la naturaleza, que es binaria, “El hombre tiene pene y la mujer tiene vagina… uno podrá operarse, hacerse implantes, todo lo que quiera, pero la naturaleza humana viene determinada hombre y mujer.”. Ha defendido una concepción de familia tradicional (hombre + mujer) como el modelo legítimo de relación y procreación y se ha opuesto a leyes de identidad de género que permitan cambios registrales basados en autopercepción.
Por eso, hemos intentado buscar esa mirada más en profundidad en el libro de Vanessa Kaiser, la recién elegida senadora por el partido de su hermano, Nacional Libertario, quien sí tiene credenciales académicas en abundancia y escribe extensamente sobre diversos temas y en particular sobre las relaciones entre mujeres y hombres en su libro “Que no te rompan el corazón”. Recordemos que ella ha sostenido en reciente entrevista en canal 13 que en Chile no existe el patriarcado, sólo el concepto, pero que “lo estructural” es un invento. Sí habría patriarcado en África, donde hay mutilaciones genitales. Las discriminaciones que denuncian las feministas son parte de la naturaleza humana, no de estructuras.
Recordemos una definición de patriarcado compartida por feministas y generistas: es un sistema social, político y simbólico de organización del poder en el que los hombres —como grupo— ocupan posiciones de autoridad, privilegio y control sobre las mujeres y otras identidades de género, y donde estas desigualdades se naturalizan a través de instituciones, normas culturales y prácticas cotidianas.
Hay bastantes estudios con evidencia empírica que prueban que en Chile sí vivimos en un patriarcado moderno, desde luego, donde la igualdad formal es casi plena, aunque las prácticas sean muy desiguales, a partir de la idea de sentido común de que las mujeres estamos a cargo, y gratis, de las tareas domésticas, desvalorizadas en comparación los trabajos remunerados, donde dominan los varones y sustentan sus privilegios.
En el libro de Vanessa, desde el mismo título queda claro que las mujeres necesitan aprender a defenderse en las complejas relaciones amorosas de la postmodernidad. Su punto de vista situado es el de una mujer privilegiada: por nacimiento, educación, recursos materiales y culturales que no están al alcance de todas. Desde su experiencia personal y la de muchas mujeres de su entorno, va analizando las dificultades de las mujeres para encontrar una pareja masculina que tenga la madurez emocional para comprometerse con la mujer en la que está interesado afectivamente, y construir una pareja estable.
Esta tensión se da por dos problemas: la diferencia en la socialización de hombres y mujeres, y la mercantilización de las relaciones amorosas, en que se compite para encontrar la pareja más adecuada a los capitales que hemos podido desarrollar, buscando maximizar la ganancia, lo que genera una permanente inestabilidad, ¿tengo lo que merezco?
Vanessa afirma que hombres y mujeres son en esencia distintos. A nosotras la naturaleza nos dota de intuición femenina, que es “nuestro cable a tierra”, pero debe ser fortalecida para poder desplegarse y convertirnos en mujeres maduras y capaces de amar. Una de las mejores formas de hacerlo es compartiendo experiencias de otras para “extraer una sabiduría esencial para comprendernos a nosotras mismas y al mundo que nos rodea.” A eso va el libro.
Para una mujer, alcanzar esa madurez pasa por experimentar, equivocarse, sufrir, hasta llegar a conectarse con su capacidad de amar- más desarrollada que en los hombres. Pero estas competencias femeninas no son apreciadas por la sociedad ni tampoco por los hombres.
Los hombres son diferentes, aunque también poseen la intuición, pero son socializados de manera diferente. La crianza de los hombres los inhabilita para conocerse emocionalmente. No aprenden a conocerse, porque están mandatados para actuar, hacer y proveer. Y dominar.
Las mujeres tienen más competencias para conocerse, pero no siempre saben usarlas. Tienen ante sí una doble tarea, trabajar su propia madurez emocional y apoyar la maduración masculina. Esto incluye no victimizarse, aprender de los errores y levantarse: somos responsables de nuestros destinos. Con los capitales que el destino -o la sociedad- nos dotó, eso sí, y con muchas mujeres el destino no ha sido generoso. “Las personas pobres sienten permanentemente que nadie se preocupa de ellas y por eso algunas acumulan odio y resentimiento en sus corazones.”
Ya sea por pobreza material o por otras carencias, hay mujeres que pierden la conexión con su intuición y se transforman en las devoradoras, las domadoras, que aprenden a manipular o castigar a los hombres. Suegras que maltratan a las nueras para no perder el control sobre sus hijos y que sigan siendo dependientes de ellas: relaciones malsanas. No somos todas iguales.
Por el lado de los hombres, también hay muchos que nunca desarrollan su capacidad de amar, tanto por situaciones personales como por el agotamiento masculino en el cumplimiento de su rol. Dañados, se transforman en hombres niños, zombies emocionales, cabrones, e incluso en demonios, que utilizan sus privilegios para manipular y controlar a las mujeres, y son producidos por esas estructuras.
Malas noticias, sí hay comportamientos repetitivos y que se reproducen generacionalmente: eso es estructura. Podemos llamarla patriarcado posmoderno, neoliberal, pero hay un sistema que discrimina entre hombres y mujeres, y donde los poderes son desiguales. Es certero considerar la agencia, y poner en las manos de las mujeres la responsabilidad de nuestras vidas, como hacen las feministas, que lejos de victimizarse y llorar en los rincones, históricamente hemos salido a conquistar los derechos que nunca nos fueron obsequiados. Educarse, trabajar remuneradamente, votar, ser elegida senadora, nada ha sido dado sin resistencia de parte del patriarcado.
Igualmente, los demonios, los cabrones, los hombres niños y los zombies son producidos por esas estructuras, esas relaciones naturalizadas que instalan el privilegio masculino. Y la violencia simbólica, económica, física de los hombres hacia las mujeres existe, nos dice Vanessa todo el tiempo, aunque no use esas palabras. Cuídate, aprende a reconocerlos a tiempo, sale de esas trampas. Apóyate en otras mujeres, que han vivido lo mismo y lo han superado. Contrasta con las críticas la Ley integral de violencia de Género, que según Kast habría producido un aumento de los femicidios, lo que fue desmentido por la Ministra de la Mujer.
Es preocupante la incapacidad de ver la estructura, a la vez que la describe con minucia. Posiblemente producto del punto de vista privilegiado de la autora, cuyo origen social compensa en parte la condición femenina. Pero que igual duele.
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