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Bridgerton y el regreso del “felices por siempre” Yo opino Créditos: El Mostrador.

Bridgerton y el regreso del “felices por siempre”

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Carol Frost
Por : Carol Frost Directora de la carrera de Publicidad de la Universidad Andrés Bello.
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Parece ser que la narrativa del “Felices para siempre” ha vuelto a instalarse, en tiempos precarios: género, economía y finales felices en el streaming romántico prometen que entregan certeza en un mundo cambiante. 

Volvimos a buscar el “felices para siempre” porque, en un escenario de incertidumbre económica y vital, funciona como refugio simbólico frente a un mundo percibido como inestable. La última temporada de Bridgerton cristaliza bien este retorno a la certeza romántica: promete que, pese a la precariedad y al riesgo que atraviesan las vidas contemporáneas, la pareja heterosexual seguirá siendo el lugar donde se garantiza la seguridad afectiva y la estabilidad material.

En la serie Bridgerton, la trama principal conduce a la consumación amorosa de la pareja tras una serie de obstáculos, malentendidos y revelaciones, que culmina en la boda y en la consolidación de su posición económica y social. La serie reafirma que el deseo femenino, la movilidad social y cierta subversión son aceptables en la medida en que desembocan en una pareja estable y en un hogar reorganizado, donde la mujer encuentra su lugar en un orden económico ya dado.

En sociedades atravesadas por crisis ecológicas, políticas y, sobre todo, económicas, proliferan ficciones que tematizan la catástrofe y el colapso como horizonte. Frente a esos imaginarios distópicos, el romance de época con final feliz ofrece un anclaje afectivo y material: reinstala dicotomías clásicas como seguridad/peligro o confianza/riesgo, pero se asegura de que la balanza se incline hacia la seguridad y la confianza en la última escena. 

La promesa de “para siempre” no describe el mundo marcado por biografías laborales fragmentadas y vínculos inestables, pero compensa esa falta de garantías mediante una puesta en escena sentimental en la que, al menos allí, las cosas sí “salen bien” y la pareja aparece como salvavidas económico y emocional.

Los catálogos de plataformas como Netflix han consolidado una oferta de series románticas seriadas que, como Bridgerton, Emily in Paris o Un lugar para soñar, articulan conflictos contemporáneos —trabajo precario, movilidad forzada, soledad urbana— con resoluciones que privilegian la pareja y la comunidad íntima como espacio de salvación. En la serie Un lugar para soñar, por ejemplo, el guion enfatiza la búsqueda de refugio en un pueblo idílico donde el drama es “el justo” para no desbordar emocionalmente al público, con paisajes bellos y desenlaces orientados a la reparación afectiva, pero también a la promesa de una vida solvente y sostenible lejos del caos urbano. 

Estas ficciones funcionan como laboratorios afectivos donde se testean posibles formas de vinculación que devuelven el control emocional a sujetos que viven en contextos marcados por la contingencia, al tiempo que naturalizan la idea de que la verdadera protección frente a la precariedad se encuentra en la pareja y en el hogar.

Aunque incorporan elementos de diversidad sexual y de género, muchas de estas narrativas continúan ancladas en mitologías románticas tradicionales en las que la economía y el género se entrelazan para producir finales aceptables. 

En Bridgerton, la biografía de las mujeres protagonistas retoma el viejo relato de la mujer, algunas veces invisible, que, gracias a su autenticidad y persistencia, termina siendo reconocida y amada por el héroe masculino, restableciendo una jerarquía afectiva en la que la pareja heterosexual sigue ocupando el lugar de cierre privilegiado y la protagonista es premiada con un estatus social y económico más alto.

En este contexto, el final feliz opera como un dispositivo de normalización que regula los deseos y las expectativas. Abre ventanas a otras formas de deseo o a momentos de crítica feminista —monólogos sobre la falta de opciones, denuncias de desigualdad sexual, demandas de información sobre el propio cuerpo—, pero cierra el relato asegurando que el orden simbólico general permanezca legible: la felicidad se mide por la obtención de una pareja, de preferencia heterosexual, que ofrezca estabilidad emocional y cierto colchón económico. Las tensiones de clase, de raza o de género que se insinúan a lo largo de la narración se resuelven, en última instancia, mediante la redistribución simbólica del amor, más que mediante transformaciones estructurales.

Desde los estudios de género, estos finales pueden leerse como pedagogías emocionales que enseñan qué afectos son legítimos, qué cuerpos son deseables y qué desenlaces se cuentan como éxito vital, en estrecha relación con la economía política de la época. 

Las series románticas de streaming, refuerzan la idea de que el trabajo sentimental —comunicar mejor, ser “auténtica”, perdonar a tiempo— será recompensado con reconocimiento y estabilidad, desplazando a un segundo plano las condiciones materiales que vuelven frágiles las vidas de las mujeres y de otros sujetos precarizados. En un contexto donde la inseguridad laboral y la ausencia de derechos sociales se vuelven estructurales, el “para siempre” ya no es una descripción plausible de la vida, sino un gesto nostálgico que revela cuánta falta hacen todavía los relatos de certeza, y cómo esa certeza se deposita en la pareja como último refugio frente a la intemperie económica.

En las lecturas feministas, los finales felices de series como Bridgerton suscitan gran parte de las críticas porque funcionan como válvulas de cierre que desactivan el potencial crítico construido durante la narración. La serie puede mostrar desigualdades de género, cuestionar la institución del matrimonio o incluso sugerir que las mujeres desean otra cosa, pero el desenlace siempre reorienta esas energías hacia la restauración de un orden en el que el matrimonio y la familia siguen siendo el principal horizonte de seguridad afectiva y material. 

El problema no es que haya boda o romance, sino que la narrativa sugiera que la única forma “buena” de resolver el conflicto es que las protagonistas acaben integradas en ese orden, más que transformarlo o imaginarse otras formas de organización económica y afectiva.

Así, los “felices para siempre” románticos del streaming no son solo un resabio de viejas fantasías amorosas, sino también uno de los lenguajes culturales en los que se negocia hoy la relación entre género, economía y futuro. En ellos, la pareja heterosexual se erige como la última institución capaz de prometer seguridad en tiempos de precariedad, a costa de poner en el centro, una y otra vez, los mismos modelos de género y de cerrar la imaginación sobre otras formas posibles de vivir y de redistribuir el cuidado, el afecto y los recursos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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