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Una película de Álex de la Iglesia

Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “Mi gran noche”, el desfile carnavalesco del amor

por 11 junio, 2016

El más internacional de los realizadores españoles de la actualidad, vuelve con su última cinta a lo mejor que sabe hacer artísticamente: un feroz juicio audiovisual inspirado en la actualidad social y financiera que sufre su país, desde la crisis bursátil de 2008. Un guión y montaje sublimes, acompañados por una reflexión fílmica en torno a la algarabía dionisíaca, el encierro, el fenómeno de la música pop, la escena de la nocturnidad, y un contingente de actores comprometidos con la idea estética del autor: la de la tragicomedia que provoca risas sin parar.
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“La noche inmensa no resuena, estalla / como un bramido colosal, retumba / con un tremendo estruendo de batalla / que saliera de adentro de una tumba”.
Pablo de Rokha, en Cosmogonía.

Las secuencias de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965), podrían configurar los rasgos de una plasticidad cinematográfica simple: luces de neón, interiores y ambientaciones heterogéneas, un grupo de actores que sufre, canta y se divierte. Algo trivial en primer y liviano juicio, pero que luego alcanza su punto máximo de interpretación ideológica: lo que intenta hacer el director vasco, no es otra cosa que reproducir valiéndose de imágenes en movimiento, un motivo clásico y trascendente del arte plástico hispano: la del carnaval y la celebración alrededor de la muerte, la pasión, el amor, el dolor y la felicidad. Como lo hace el pintor Francisco de Goya en su maravilloso cuadro “El entierro de la sardina”, por ejemplo: Un romanticismo medio barroco, y también triste y melancólico, tragicómico, casi la esencia de lo “español”.

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Mi gran noche (2015) se plantea, de esa manera, como una pieza audiovisual adscrita al género versátil de la comedia, en una obra con ambiciones de creación y autenticidad artística, literaria y fílmica. Y que dentro de esa propuesta se las arregla para tratar el tema de la latencia y del delirio amoroso, en varias de sus formas argumentales y dionisíacas. En efecto, el tópico de la manipulación erótica y sexual, se encuentra desplegada, en tanto tópico de desarrollo dramático, en la vivencia ficticia e intensa de los protagonistas de este largometraje.

Porque en ese encierro escénico (los actores participan de un “reality” en espera de la Noche Vieja), confluyen gran parte de las obsesiones estéticas de De la Iglesia: la crítica social a través de lo esperpéntico, y el festejo y el culto de la hipocresía (a veces ironía), como catalizador y forma de relacionarse entre los miembros de una órbita y pequeño grupo de socialización (los “extras” televisivos, y los trabajadores del canal o red que produce el formato).

Esa característica, transforma a este título, en una suerte de secuela de La chispa de la vida (2011), pero cuya atención se centra al interior de un estudio de grabación, al revés de la anterior, que juzgaba la actuación de la prensa y de los mass media, en la esfera de unas tomas y de unos planos exteriores (unas ruinas patrimoniales en restauración); aunque, ojo, también, bajo el influjo y la luminosidad cinematográfica de una noche obscura, con todo lo que ello (interpretativamente) significa: una régie y un lugar de los posible, para que surja y se explaye lo “peor” de la naturaleza humana.

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Y esa inclinación por manifestar audiovisualmente una corrupción de las formas, con el abuso de poder, tráfico de influencias e injusticia, que la interpretación de una opción como ésta, representa, alcanza los contornos de una burla ácida y divertida, sin ir más lejos, cuando un cantante ya casi retirado como Raphael, se enfrenta por el número estelar del programa, con una voz y baile pegajosos, venidos desde el otro lado del Atlántico, la garganta y el cuerpo de un inmigrante: la del artista argentino Adanne, el “bombero”, el apaga incendios (personificado por el actor gallego Mario Casas).

Con estas dos estrellas intergeneracionales, De la Iglesia pareciera pensar y azuzar en torno a lo pasajero y la evanescencia de los éxitos mediáticos: la precariedad fáctica de la fama, y sus consecuencias en la fragilidad emocional de las huérfanas audiencias que los observan, vibran y se identifican con ellos, incluso hasta para buscar la manera de extorsionarlos, hacerles daño e, incluso, asesinarlos. Resulta importante este detalle, pues los temas musicales de ambos anticipan la hecatombe y la liberación por venir, mediante el uso rítmico de las palabras “fuego”, “incendio”, y el ya clásico de Raphael: “escándalo, es un escándaaaloo, viiiivo mi vida, soyyyy tal como soy”.

Risas a destajo, dramatismo, y agilidad desde el primer plano hasta la última secuencia, la evidencia de contar con un guión de puño y letra sobresalientes, y su expresión en un montaje perfecto. Una feria y algarabía que le facilita al director la instancia de meditar acerca de las facetas grotescas de la pasión erótica, y del misterio que conlleva profundizar en el nacimiento del amor, y en la irrupción espontánea e inexplicable de la química y de la atracción sexual, palpables entre dos seres humanos.

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Mi gran noche, asimismo, es una película que aborda la temática amorosa en una amplia acepción de la palabra: en el encuentro casual, en los parámetros de una relación establecida, bajo las líneas del descubrimiento del entusiasmo a primera vista, y en el vínculo traumático y patológico, que establecen un padre y su hijo adoptivo.

De fondo, contenido por la oscuridad, por la vergüenza y el decoro, un Madrid velado: el de la crisis económica, el de la ausencia de esperanzas y perspectivas, el del paro, el viento de la ciudad hollada por la frustración y el dolor, y la carga de no tener trabajo. Con protestas y repulsa pública por la fabricación televisiva de esa isla de placer y de lujo, que contrasta con la cotidianidad difícil para la inmensa mayoría de los habitantes de la urbe.

El tratamiento festivo que De la Iglesia le otorga a esa desdicha, dista eternidades sensitivas, por ejemplo, con la pátina estética de melancolía y de ensoñación romántica, que el talentoso director madrileño Jonás Trueba (1981), utiliza para trabajar idéntica situación y coyuntura social, en su bellísimo filme Los ilusos (2013); antecedido por ese homenaje cinematográfico a toda una generación, la de los que nacimos a principios de los ’80 del siglo pasado, y que el hijo del ganador del Oscar, Fernando, y el sobrino del novelista y también cineasta, David, bautizó hermosamente: Todas las canciones hablan de mí (2010).

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Y la noche, la falta, la escasez de luz que se traga y devora el ambiente, sobreviviendo apenas por esos focos instalados en el techo del estudio, alumbrando el descaro, los robos, los hurtos, los chantajes, los abrazos, el sexo interesado, con dobles y triples propósitos, y la transgresión de un grupo de seres humanos que sólo puede sobrevivir mintiendo, buscando un beso y una caricia en esa artificialidad tanto más real, que el ancho mundo que respira y se evapora afuera. Es la metástasis plástica del azar, que en Álex de la Iglesia es risa, tristeza, y llamativamente, ilusión: la de un helicóptero que surca al cielo, camino a un hospital, a un centro asistencial, para curar a un “enfermo” de algo más que del corazón.

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