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CULTURA

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Mirando la pared y escuchando la muralla (I)

por 23 junio, 2018

Mirando la pared y escuchando la muralla (I)
La siguiente es la primera parte de una columna del intelectual, dramaturgo y escritor Omar Saavedra que reflexiona en torno al grafiti y al arte urbano.
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Algunos de esos chistosos que nunca faltan en estas regiones tan mancas de motivos para reír, suelen barbotear que no existen diferencias notables entre la cuenta que el jefe de estado acostumbra a presentar a la nación el 1 de junio y la que recibimos en el bar al grato atardecer de las happy hours. Comparar la cuenta que el presidente le presenta al país con la que el barman nos pone por delante es, por supuesto, ramplonería pura y llana.  Se puede afirmar con una seguridad cercana a la certeza que las diferencias entre una y otra existen, y no son menores. Algunas de ellas saltan a la vista: la cuenta del bar es, por lo general, de precisa concisión y la recibimos después de consumir una copa (o dos o tres)  de nuestro ansiolítico preferido. Hasta alguna vez la cancelamos con una propina y una sonrisa. La otra es larga, intrincada y nos la pasan antes de consumir nada, lo que hace más difícil la propina y la sonrisa.

La cuenta que este año el señor presidente presentó al país, no fue larga sino larguísima y llamó a bostezo a muchos adjuntos de su propia escudería.  El exceso de sobretiempo se debió quizá a la necesidad del señor presidente -fiel a la vieja práctica republicana de golpear al caído- de extenderse más de lo acostumbrado en una detallosa inculpación al gobierno anterior por su mal manejo y peor gestión de la macro y microeconomía, por malgasto del tesoro público, empobrecimiento del mercado laboral, por desmedro de la educación, el deterioro del transporte urbano, por desprotección de la familia y la infancia, el descuido de la seguridad ciudadana, por el frenazo al estímulo la inversión nacional y extranjera, por maltrato a la potencia empresarial, la trivialización de la emigración no europea, por el empeoramiento de la salud pública y privada, et al. A continuación, después de introito tan necesario, el señor presidente declaró solemne que, después de tanto despelote, había llegado la hora de poner “orden en la casa” y se explayó en la descripción de volumen y envergadura de los trabajos herculanos que su gobierno, con él a la cabeza, acometería con la inmediatez, decisión y  garra que el país exigía. De veras un aporte a la pobre épica nacional.

La austeridad retórica de su redacción y –sobre todo-  el énfasis martellato con que el presidente la leyó de los teleprompters, son otras características que hacen de la citada cuenta un documento que lo distingue claramente de otros papeles que llevan el mismo nombre aunque de indudable significancia menor. Además, esta vez, la cuenta presidencial incluyó –digamos a modo de bonus track- un acápite breve pero de retadora contundencia sobre lo que él (y otros como él) llama “incivilidades”. No era esta una referencia a prácticas empresariales como colusiones, cohechos, sobornos, estafas, o al desmadre rapaz de las isapres y aefepés; tampoco fue una alusión a colosales desfalcos de uniformados, turbios montajes policiales o al mórbido frufrú carnal de sotanas episcopales. No. El presidente se refería a asuntos mucho más graves como, entre otros “… las pinturas, grafitis o rayados de nuestros edificios públicos…”. Y anunciaba que tales “incivilidades” serían perseguidas “con el mayor rigor y sancionadas con mayor severidad”. Al hablar de grafitis, este presidente volvió a lucir una de sus peculiaridades que tanto le gusta mostrar en público, quizá no la más sustancial, pero sí una de sus más señeras: el bajo calado de su percepción cultural de la historia, que suele invocar a menudo a través de errátiles citas. Acaso sea una pequeñez estadística, pero es curioso observar que el párrafo específico dedicado al “campo de la cultura” ocupa diecinueve líneas de las cincuenta y dos páginas de su cuenta a la nación.

¡Grafiti!

Cierto es que en la actualidad la sola mención de la palabra hace que muchas paredes tiemblen y más de un yugular amenace con estallar. Entre ellas las del presidente y de su valido para asuntos interiores y policiales. La especie, empero, es tan vieja como el Hombre. Apenas erguido, recién bajado del árbol, aún tambaleante, el homo sapiens fue presa inmediata de la irresistible tentación de registrar tal acontecimiento en la paredes de sus residencias prehistóricas en Aurignac, Lascaux o Altamira. Desde aquel lejano entonces, ninguna muralla ha estado a salvo de la inspiración de una mano que escribe o dibuja. Dejó sus huellas en los prodigios de Gizeh, en los templos mayas del Tikal y en los arenosos laberintos de Susa. Y fue la misma mano de Dios la que en los muros del palacio de Baltasar, rey de babilonios y caldeos, escribió la más enigmática de las anunciaciones: Mene mene tekel u-parsin cuya traducción a la lengua de la fatalidad se la debemos a Daniel, el profeta. Y antes que el Vesubio castigara para todos los tiempos a la pecaminosa Pompeya, aquella mano garrapateó alegremente en la Via di Stabia: Chryseros cum Sucesso hic terna futuimus (Aquí folló Chryseros tres veces con Sucesso). Y en las tinieblas de la Torre de Londres o en la sempiternamente asoleada cara occidental del Muro de Berlín esa misma mano continuó su larga crónica de nostalgias e iracundias. E impertérrita continúa escribiendo, rayando, pintando, arañando en todas las superficies posibles e imposibles. Esa mano no encontrará paz mientras haya una razón que la inquiete. Independiente de formas y contenidos y a despecho de todo el poder del estado el grafiti goza de una porfiada presencia que lo lleva a emular con la eternidad.

El grafiti es anárquico por naturaleza. Su autor o autores  permanecen, por principio, en el anonimato. En contra de los esfuerzos policiales y a pesar de los llamados morales de tribunos inmaculados, pareciera ser que el grafiti, como hijo de la urbe, sólo terminará con el fin de la ciudad. Ni un minuto antes o después. Grafiti y ciudad están unidos indisolublemente por toda la vida y hasta que la muerte los separe. Aceptado este hecho, vale la pena preguntarse si no sería más razonable tomar y desentrañar el grafiti como un signo de su tiempo, antes que entregarse al trabajo estulto de querer erradicarlo. Porque, enojoso o abyecto, sea arte o mierda, el grafiti es un componente innegable del psicograma de nuestras ciudades, de nuestro tiempo.

Verdad es que sólo pocos grafitis dejan adivinar intenciones estéticas. Como en otras artes mediales establecidas (y permitidas) también aquí son infrecuentes la idea desafiante, el trazo ingenioso o la imagen rupturista que vaya más allá de la medianía. Muchos grafitis de hoy corresponden a la subcategoría más simple de su especie: los tags. Desde su apoteósica aparición en Nueva York, al resplandor de los fuegos floridos de Woodstock, hace más de cincuenta años, estos han devenido por desgracia en esos primitivos mamarrachos que hacen sospechar que sus autores no pueden hablar, sino sólo eructar. Son nombres, iniciales o rúbricas dibujadas con un solo aliento de spray o tajo de marcador. Su supuesto y único mensaje: “Yo estuve aquí” se esconde tras sus códigos secretos. Ese es el tipo de grafiti que domina la calle, el que la hace verse desoladamente sucia, el que altera el nivel de bilis del burgués gentilhombre.

Sin embargo suele suceder que en medio de esa floresta chocarrera surge a veces un grafiti que logra convertir la pared en una pieza de exposición, iluminando la calle con arrebatos de arte vero. Algunos de sus autores, individuales o colectivos, como el joven Basquiat, el Camel, Muros Negros, Loomit, Banski, Moses & Taps, ROA, Kenji Cha, El Chones, Blu y tantos otros han devenido en figuras de culto. Sin ellos, a cualquier paseíllo por la portentosa galería de arte del pasado siglo XX le faltaría el indispensable gustito a poco, tan propio de cada momento de placer. Y acá en casa, basta una simple caminata por los altos de Valparaíso, para ser asaltados en calles, esquinas y escaleras por notables imaginerías de imágenes y colores, registradas en muchos artículos, documentales y libros en diferentes lenguas. Pero Valparaíso es la excepción.  No abundan en nuestras chilenas calles las muestras de los llamados masterpieces, tops-to-bottoms o end-to-ends o throw-ups o splashs[1]. Esto seguramente debido a su complejidad técnica, gran tamaño y, ante todo, los costos de su producción. Mientras que en los grafitis de las metrópolis del acaudalado norte predomina sin gran contrapeso la opulencia óptica, en las regiones más menesterosas del sur el grafitero prefiere echar mano al formato más económico de la viñeta epigramática. Como sea, el uno y el otro se afanan en lo mismo: insurreccionar el seso a través del ojo.

La manifiesta inclinación de la américa latina por la variante del grafiti verbal, nace quizás –además- de la brusca necesidad de arrojar palabras de arena inútil a los engranajes de una modernización que avanza dejando a su paso muchos, demasiados millones de lesionados en cuerpo y espíritu. Después de luengas dictaduras militares y las reformas neoliberales que las siguieron (aunque cacharpeadas estas con la seda tirillenta de una democracia llena de agujeros y remiendos con alambritos) ha crecido y se ha extendido a lo largo de las murallas latinoamericanas un denso texto silvestre, de abundancia y variedad nunca antes vistas. Si se observa con alguna atención, son visibles en él vestigios de aquella legendaria primavera parisina del 68 de reciente conmemoración. Pero al contrario desta, el ductus general del actual grafiti latinoamericano está transido por una ironía nihilista y una iconoclasia radical.

En lugar de aquel nostálgico grito de batalla “¡La imaginación al poder!”, ahora es “¡La imaginación contra el poder!”. Detrás de ello no se esconde empero ningún ideal ácrata superior, sino la más profunda de las desconfianzas frente al sistema imperante, sus corifeos y comparsas, cualquiera sea su bandería. En lugar de llamar a la unidad en la lucha contra él, el grafitero latinoamericano se conforma con el aullido del lobo solitario frente a la luna. No le falta en eso ni ingenio ni fuerza, pero más pesa en él una perplejidad agresiva.

En América Latina no fue solamente la derecha tradicional o renovada la que se alucinó con la píldora ectasy del neoliberalismo. También son numerosos los ex devoradores de capitalistas, que hoy lo adoran como una panacea prodigiosa contra todos los males. “Soy marxista, pero del ala neoliberal”, es el comentario que rezonga una calle colombiana sobre esta metamorfosis de Saulus en Paulus. O este otro “¡Pobre país! ... ¡Hasta los comunistas son de derecha!”.

Las secuelas de la francachela neoliberal son visibles por doquier, y están muy lejos de ser pretéritas. Incluso el Banco Mundial, institución no muy delicada a la hora de repartir consejos para el “saneamiento” y “crecimiento” de las economías latinoamericanas, todos ellos coincidentes en la exigencia de reducción del “gasto social” y el “ordenamiento fiscal”, en el año 2015 constataba con preocupación que en muy pocos lugares del mundo la distribución del producto nacional bruto, a pesar de las innegables tasas de crecimiento, había sido tan injusta como en América Latina, con Chile entre las primeras medallas.

Dicho con otras palabras: “Este país tiene un gran futuro – La cuestión es si sobrevivirá el presente”. O como lo expresa el grafiti paisa que era uno de los favoritos de García Márquez: “Si la mierda tuviera algún valor, los pobres nacerían sin culo”

Nunca antes en la historia de America Latina desapareció tanto dinero en tan pocos bolsillos, como en los últimos treinta años. “Tanta democracia, tanta libertad, y tantos mendigos” suspira la muralla. Para más de dos tercios de la población latinoamericana los términos “modernización”, “privatización” y “globalización” no son más que ampulosas perífrasis de “empobrecimiento”, “despojo” y “neocolonialismo”. Una aterradora mayoría juvenil entiende como “futuro” la ausencia del mismo.

[1] El inglés es la lingua franca del grafitismo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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