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Crítica de una exposición: ¡Adelante estudios! 60 años de la televisión en Chile

por 7 agosto, 2019

Crítica de una exposición: ¡Adelante estudios! 60 años de la televisión en Chile
Decepciona contemplar, con la perspectiva que sólo pueden dar los años, lo que ha sido el desarrollo de la televisión chilena, y constatar los derroteros preferentes por los que ha caminado este medio en nuestro país: básicamente, entretención de mala calidad, acento en líneas editoriales interesadas, falta de creatividad, y todo ello concatenado con la ya manida y rutinaria consagración de grandes eventos.
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La Biblioteca Nacional presenta por estos días una exposición que recorre la historia de la televisión chilena, bajo el nombre “¡Adelante estudios! 60 años de la televisión en Chile”. Sin duda, es encomiable que una institución cultural tan relevante de nuestro país, como lo es la Biblioteca Nacional, dedique trabajo, energía y recursos a destacar la trayectoria de un medio de comunicación social que, en buena parte del recorrido que ha mostrado en sus seis décadas de historia, ha estado ajeno o simplemente ha dado la espalda a la cultura. 

La televisión es un medio de comunicación social, es decir, ha de tener alguna dimensión que dé cuenta de esa condición, que asuma algún tipo de compromiso con el desarrollo de la sociedad, más allá de propalar entretención elemental que tiende a postrar y adormecer a las audiencias en una especie de sopor invalidante. No puede la televisión, como lo ha hecho preferentemente en Chile, y como incitaba un popular personaje de la pantalla, asumir que el público televidente tiene una edad mental de doce años y, en consecuencia, entregarle sólo contenidos que satisfagan esos apetitos.

La nuestra presenta información y datos sobre los inicios de la televisión en Chile, la primera transmisión que se hizo en el país en febrero de 1953, gracias a los equipos y receptores de televisión que acompañaron la visita que en esa fecha realizó el mandatario argentino Juan Domingo Perón. Luego se refiere al surgimiento de las estaciones nacionales, primero el canal de la Universidad Católica de Valparaíso, UCV TV, en agosto de 1959, y después el de la Universidad Católica de Chile, Canal 13, el 21 de agosto de 1961. Entretanto, también deja testimonio de la reticencia que siempre tuvo el Presidente Jorge Alessandri Rodríguez hacia la televisión, autorizando que este medio sólo pudiera ser manejado por las universidades y apartándolo de la lógica mercantil. Decía el Presidente “Somos un país pobre. La televisión es un derroche de ricos, una válvula de escape de divisas”. El recorrido recoge también hitos como la incorporación de capitales privados a comienzos de la década de 1990, que se concretaron en la creación de los canales Megavisión y La Red, así como la controvertida venta del canal perteneciente a la Universidad de Chile a un grupo de comunicaciones venezolano, dando origen al Canal Chile Visión.

La exposición también aborda la evolución del marco legal que ha regulado esta actividad, desde el primer decreto promulgado en el gobierno del Presidente Carlos Ibáñez del Campo, en la década de 1950, pasando por la primera ley de televisión, la  N° 17.377, de 1970, la creación de Televisión Nacional de Chile y del Consejo Nacional de Televisión, hasta culminar con la actual ley de televisión digital dictada en mayo de 2014, que decreta el apagón analógico de todas las señales de televisión, que debe producirse en 2020. 

Buena parte de esta muestra está dedicada a presentar la forma en que se han desarrollado en Chile los principales géneros y formatos televisivos. Así, se puede ver la evolución de los noticiarios, los matinales, los programas infantiles, los espacios culturales, los de entretención, la presencia del humor, las coberturas deportivas, las series del área dramática, así como las transmisiones de eventos significativos de la cultura popular del país, tales como el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar y la campaña de la Teletón. 

Afirmamos que la televisión, en términos generales, ha estado ajena a la promoción, fomento y desarrollo de la cultura, salvo excepciones muy señaladas. De hecho, su historia muestra el énfasis que ha puesto este medio en aspectos como las líneas editoriales que se expresan en los programas de prensa y, abrumadoramente, en los espacios de entretención, que en verdad han hecho demasiado poco por elevar el nivel de las audiencias. Más bien se han contentado con entregar contenidos de mala calidad, más bien vulgares y de gusto básico. 

La televisión es un medio de comunicación social, es decir, ha de tener alguna dimensión que dé cuenta de esa condición, que asuma algún tipo de compromiso con el desarrollo de la sociedad, más allá de propalar entretención elemental que tiende a postrar y adormecer a las audiencias en una especie de sopor invalidante. No puede la televisión, como lo ha hecho preferentemente en Chile, y como incitaba un popular personaje de la pantalla, asumir que el público televidente tiene una edad mental de doce años y, en consecuencia, entregarle sólo contenidos que satisfagan esos apetitos. Que la programación infantil apunte a esos objetivos es perfectamente comprensible, pero que los programas que se supone son concebidos para un público adulto incurran en lo mismo es imperdonable y, por lo demás, delata el escaso respeto que han tenido, y aún tienen, los directivos de los canales de televisión hacia el público. Hay, sin ninguna duda, en esta manera de manejar el medio una insoslayable responsabilidad moral. 

Decepciona contemplar, con la perspectiva que sólo pueden dar los años, lo que ha sido el desarrollo de la televisión chilena, y constatar los derroteros preferentes por los que ha caminado este medio en nuestro país: básicamente, entretención de mala calidad, acento en líneas editoriales interesadas, falta de creatividad, y todo ello concatenado con la ya manida y rutinaria consagración de grandes eventos. Además, hay que decirlo, de haberse convertido en un poderoso factor de distracción y de evasión durante los años oscuros de nuestra historia reciente, contribuyendo a mantener la opacidad en que se desenvolvía la vida pública, a fuer de programas de entretención insulsos, competiciones deportivas intrascendentes y espacios nada estimulantes desde el punto de vista del trato hacia las personas sencillas. 

Es de lamentar que esta exposición de la Biblioteca Nacional carezca de sentido crítico, que muestre el desarrollo de la televisión casi como si ella fuera una de las fuentes de la identidad nacional, cuando sabemos que eso no se aviene con la realidad, en lugar de haber hecho un trabajo editorial más fino. La idea central y el guión de esta muestra pudieron haberse detenido más en separar y distinguir lo superfluo, que es la mayoría, de lo realmente valioso; seleccionar y destacar figuras que han hecho un real aporte a este medio, de otras que sólo han ayudado a fomentar y consolidar el griterío en que se ha convertido la pantalla; resaltar el trabajo profesional de verdaderos creativos, que han marcado una huella y dejado un legado relevante en esta historia, de otros que agotan toda su potencialidad en ser figuras, y no han hecho otra cosa que perpetuar modelos, estilos y maneras de expresarse vacías, que han terminado por hartar a las audiencias.

Es positivo que nuestra Biblioteca Nacional destaque los sesenta años de la televisión chilena, pero hubiera sido deseable que lo hiciese con mayor vocación de escrutinio, de examen crítico y de balance. 

Gustavo Adolfo Cárdenas Ortega. Abogado. Comunicador Social

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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