“Fractura, violencia y exilio”: Mariana Sandina presenta su cortometraje “Torres contra el olvido”
Es parte del Festival Internacional de Derechos Humanos, que comienza este viernes. Cuenta la historia de su padre, un periodista del diario El Siglo que estuvo preso en Chacabuco.
Un cortometraje autobiográfico sobre la prisión política de su padre es “Torres contra el olvido” (Chile), de la periodista y realizadora audiovisual Mariana Sandina (Santiago, 1989), que será exhibido en el marco del Festival Internacional de Derechos Humanos que comienza este viernes.
Su padre, Guillermo Torres, era periodista del diario El Siglo y estuvo detenido en el campo de concentración de Chacabuco, en el norte de Chile, entre otros. En 1975 fue expulsado y se exilió en la República Democrática Alemana (RDA) e Italia.
La cinta se podrá ver el miércoles 1 de octubre a las 17:00 horas en Centro de Cine y Creación (Raulí 581).
Origen
La cineasta cuenta que el origen del documental está en el Estallido: en octubre de 2019, a una semana de comenzar, su papá fue notificado por los Tribunales de Justicia de la resolución a su favor de la demanda contra el Estado de Chile por graves violaciones a sus derechos humanos ocurridas tras el golpe.
“En ese contexto, al cruzarse dos hechos tan significativos como la violencia estatal que estaban viviendo cientos de personas, por un lado, y por otro el encuentro con la anhelada justicia de mi papá después de casi 50 años de haber experimentado el terrorismo de Estado, surge mi inquietud por investigar el sentido de la justicia, en especial el de la reparación. Así comenzó una búsqueda que se materializó en registros del estallido, entrevistas a mi papá y la recopilación de material de archivo familiar”, cuenta la artista.
Tras avanzar en la investigación, la obra mutó hacia un documental autobiográfico, “desde un punto de vista donde mi perspectiva como hija se relaciona y tensiona con la experiencia de mi padre tras el golpe -secuestro, prisión, exilio-, en una revisión del pasado y en diálogo con el presente, desde lo íntimo”.

Crédito: Chiledoc
El padre
Además relata que aunque revisar la experiencia de su papá fue el inicio de la investigación, ésta se fue dirigiendo hacia una perspectiva autobiográfica.
“Esto se debió a que, si bien mi papá fue la persona afectada por el terrorismo de Estado, yo crecí con esa historia que inevitablemente me esperaba para ser contada. En este sentido, lo más complejo para mí no fue decidirme a contar su vivencia relacionada con el golpe, sino desde dónde abordarla”, explica.
Con el tiempo, al entender con más amplitud la dictadura como una historia que afectó no sólo a individuos e individuas, sino también a las familias que les rodean, a ella le quedó más claro ver cómo los hechos ocurridos afectaron a toda una sociedad.
“Como hija, si bien yo tengo una experiencia bastante directa, no la experimenté en carne propia”, dice.
En este contexto, para ella tomaron relevancia las referencias literarias y cinematográficas de la llamada generación de la “Posmemoria” (Marianne Hirsch) o escritura de los/as hijos/as, como por ejemplo “El edificio de los chilenos” (Macarena Aguiló) o “Los rubios” (Albertina Carri), entre otros.
“Sin embargo, ellos se diferenciaban de mi historia en cuanto a lo generacional y el evidente tema de la ausencia en su cinematografía”.
En su caso, trató de abordar su sentir generacional, sobre las contradicciones y conflictos de la transición vividas en su infancia y adolescencia, buscando dar forma a esa subjetividad que subyace en los relatos públicos sobre violaciones a los derechos humanos, a través de diversos materiales de archivo, en un diálogo constante entre pasado y presente”.

Crédito: Chiledoc
La prisión
La cineasta cuenta que su papá fue detenido y secuestrado junto a cerca de 600 compañeros/as en la Universidad Técnica del Estado (UTE) el 12 de septiembre de 1973.
En ese tiempo, él trabajaba como periodista del diario El Siglo y locutor en la radio de la UTE, por lo que el 11 de septiembre parte hacia la universidad convocado por el llamado que había realizado el Partido Comunista a sus militantes: ir a defender sus “puestos de combate” desde sus trabajos.
El 12 antes del amanecer, los militares ingresaron a la universidad arrasando con todo. Luego de eso, se los llevaron al ex Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara) y, posteriormente, fue trasladado al Estadio Nacional.
Luego, en noviembre de 1973, fue llevado junto a otros compañeros a la ex oficina salitrera Chacabuco (región de Antofagasta) donde estuvo un año, después Puchuncaví y Tres Álamos. En total, estuvo dos años en prisión antes de partir al exilio en la RDA e Italia junto a los hermanos mayores de la cineasta y su primera esposa.
Herencia
La propia cineasta nació en octubre de 1989, por lo que no vivió todos estos hechos, pero, en sus palabras, heredó esta historia de “fractura, violencia y exilio”.
“El hecho de vivir la transición a la democracia siendo una niña en los ‘90 y una adolescente en los 2000, me hizo sentir la perplejidad de la sociedad chilena en que me tocó crecer: conservadora, negacionista de las violaciones a los derechos humanos y de no conocer su historia reciente”.
En el lado opuesto, su familia y entorno más cercano hablaba de quién había sido Salvador Allende, del gobierno de la Unidad Popular, de la tragedia que había sido la dictadura y “del exilio que muchas familias como la mía habían sufrido a causa de la dictadura. Aprendí a vivir en este contraste y hoy veo más claramente las luces y sombras de esa transición y la división política que seguía y sigue existiendo”.
¿Cuál es la importancia de contar esta historia en los tiempos actuales de negacionismo?
“Esta historia, como muchas otras que son parte de las vivencias del terrorismo de Estado, son relatos que permiten acercarse a la vivencia desde lo sensible. Desde ahí, me parece que se puede empatizar con los dolores, las pérdidas y las consecuencias que estas experiencias tuvieron para las personas afectadas por la dictadura y las generaciones posteriores”, responde Mariana.
“Si bien hay avances significativos en materia de justicia y reparación hacia las víctimas y sus familias, éstos se ven amenazados por el negacionismo que minimiza y justifica el golpe y las violaciones a los derechos humanos. Es importante seguir contando estos relatos, porque el silencio y la impunidad han permitido el avance de este negacionismo. En este sentido, las expresiones artísticas permiten reconocer los hechos, actualizar y resignificar, así como conocer nuevas perspectivas de estas historias”, dice.
Más aún, le parece fundamental darlas a conocer a las generaciones más jóvenes que tienen una distancia muy grande con esa época (los ‘70, ‘80 y los primeros años de la transición), “porque vivimos en un mundo muy distinto y pareciera que la democracia fuera algo con lo que se nace y perdurable en el tiempo, cuando vemos que esto lamentablemente no es así y ella está en constante amenaza”.
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