Medioambiente
Científico asegura que Chile tiene registro mundial de choques letales de ballenas con embarcaciones
Durante su charla magistral en el aniversario número 28 del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, el investigador expuso un diagnóstico detallado y crítico sobre la relación entre actividad humana y estos protagonistas de los ecosistemas.
Chile ostenta el mayor registro mundial de colisiones letales entre ballenas y embarcaciones, una situación que se ha intensificado con el aumento del tráfico marítimo y que plantea desafíos urgentes para la ciencia, la política pública y la gobernanza ambiental. Así lo aseguró Carlos Olavarría, director del Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas e integrante de instancias asesoras del Ministerio de Ciencia, durante una charla magistral con motivo de los 28 años del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM) de la Universidad de Chile.
Olavarría presentó datos derivados de investigaciones recientes que evidencian la magnitud del problema. “Sacamos un paper el año pasado que lamentablemente demostró que Chile, en los últimos 20 años, tiene el triste récord de tener la mayor tasa de colisión y muerte de ballenas con embarcaciones, y principalmente con embarcaciones mayores”, señaló.
El fenómeno no afecta a una sola especie ni a una única zona del país, precisó el investigador al referirse a las ballenas involucradas. Según explicó, existen focos críticos diferenciados por región y por especie. En el extremo sur, el Estrecho de Magallanes concentra colisiones con ballenas jorobadas. “Es como el canal de Panamá, pasan barcos grandes, muy rápido. Además, no pueden cambiar el rumbo, porque si no se van a encontrar las rocas”, explicó, subrayando que se trata además de un área de alimentación de esta especie.
En el norte, la situación se repite con otras características. “En Mejillones tenemos 11 plantas termoeléctricas, el mega puerto, pero también constituye un área de alimentación para la ballena fin”, indicó. A ello se suma la Región de Coquimbo, donde el tráfico portuario y las rutas marítimas hacia Valparaíso y San Antonio intersectan zonas de alta presencia de cetáceos.
En ese contexto, Olavarría advirtió que la eventual intensificación del tráfico marítimo en zonas ambientalmente sensibles por megaproyectos minero portuarios en la zona podría agravar el escenario. “Podríamos tener muchos barcos entrando y saliendo dentro de un área de conservación de múltiples usos, donde también sabemos que es un área de importancia para ballenas”, sostuvo, mencionando además la coexistencia con colonias de pingüino de Humboldt y otros riesgos asociados, como derrames de hidrocarburos. “Hemos hecho modelaje de partículas y la columna de agua se mueve hacia el norte. Entonces, cualquier cosa que pase ahí va a afectar hacia Punta Choros y Chañaral de Aceituno”, añadió.
Entre las medidas posibles de mitigación para los choques, destacó la reducción de velocidad de las embarcaciones en zonas críticas. “Esto se puede mitigar bajando la velocidad, pero eso es algo que no quieren tampoco las empresas, porque el mayor tiempo navegando es mayor costo”, explicó. No obstante, mencionó experiencias incipientes: “Hay una experiencia voluntaria interesante en Mejillones, donde lograron que algunas navieras bajen de 15 a 10 nudos cuando van entrando. Todavía no se ve si eso va a tener efecto, pero es un paso”.
Estudios en el ICBM
El estudio de las ballenas, su salud y las amenazas ambientales que enfrentan no es ajeno al trabajo científico que se desarrolla en el ICBM de la Facultad de Medicina de la U. de Chile, el mayor instituto biomédico del país. A través de sus investigaciones en toxinas marinas, contaminación del agua y salud ambiental, el instituto ha contribuido por años a comprender fenómenos que impactan directamente a los ecosistemas marinos, en los que las ballenas actúan como especies centinela del estado del océano y del efecto de la actividad humana sobre la vida marina.
“Si bien las ballenas no son un objeto biomédico directo, su estudio permite entender cómo factores como la marea roja, las toxinas marinas o los microplásticos afectan la salud de organismos vivos y, en un sentido más amplio, la salud ambiental y humana”, señala el doctor Emilio Herrera, director del ICBM. “Desde el instituto abordamos estas problemáticas con una mirada integradora, donde la ciencia básica y aplicada dialogan con los desafíos que enfrenta el país en materia de medioambiente y políticas públicas”.
En ese contexto, el ICBM alberga el único laboratorio nacional de detección de toxinas marinas, con una sede en Chiloé, que presta servicios clave para el monitoreo de la marea roja y otros fenómenos de alto impacto ecológico y sanitario. Este trabajo, junto con investigaciones emergentes en contaminación acuática y microplásticos, posiciona al instituto como un actor relevante en la generación de conocimiento que permite anticipar riesgos, proteger la biodiversidad marina y aportar evidencia científica para la toma de decisiones en salud pública y ambiental.
Seguimientos regionales
Más allá de las colisiones, la exposición de Olavarría abordó avances científicos recientes en el monitoreo de ballenas en el Pacífico oriental (Nueva Zelanda, Nueva Caledonia, Samoa, Fiji y Tonga), particularmente de ballenas jorobadas y ballenas fin. El investigador detalló el uso combinado de fotoidentificación, análisis genéticos, hidrófonos y marcaje satelital para reconstruir patrones migratorios y de comportamiento.
En el caso de las ballenas jorobadas, explicó que los catálogos fotográficos globales permiten hoy comparar individuos a una escala inédita. “Cada persona que sube una fotografía de ballena jorobada automáticamente se está comparando con un catálogo que ya lleva más de 134.000 individuos”, señaló, lo que ha permitido, particularmente en el Pacífico, confirmar rutas migratorias a lo largo de la costa de Chile, Perú, Ecuador y Colombia (incluso algunas han llegado hasta Nicaragua), así como la existencia de intercambios genéticos históricos entre poblaciones del Pacífico y el Atlántico a través del Cabo de Hornos y Estrecho de Magallanes.
Uno de los focos más recientes del trabajo del CEAZA se ha centrado en la ballena fin, una de las especies más afectadas por colisiones en Chile. En el Archipiélago Humboldt, frente a las costas de Atacama y Coquimbo, el equipo ha desarrollado monitoreos acústicos de largo plazo. “Lo que hemos visto es presencia de ballenas fin prácticamente durante todo el año”, explicó Olavarría, desafiando la idea de que se trata de visitantes estacionales. Los hidrófonos instalados en el fondo marino han permitido registrar vocalizaciones de manera continua, pese a interrupciones logísticas. “Hay lagunas porque los hidrófonos hay que sacarlos para cambiar baterías, por mal tiempo, por COVID, o porque fallan las pilas”, precisó.
A estos registros se suma el uso de sensores adheridos temporalmente al cuerpo de las ballenas, equipados con cámaras, acelerómetros y medidores de profundidad. Gracias a estos dispositivos, el equipo ha podido observar directamente conductas de alimentación y desplazamiento.
“Buena parte de las ballenas se giran al momento de comer”, dijo. En su relato, al encontrar un parche de krill “se giran sobre el lado derecho, abren la boca, cierren la boca”, conducta que puede reconstruirse porque “los acelerómetros registran” cambios de aceleración y permiten identificar “el momento en que la ballena abre la boca”. Con eso, añadió, “podemos ir contando las veces en que estos animales están comiendo bajo el agua”.
Además ya están recreando trayectorias tridimensionales tanto en la superficie como debajo del agua. Ese trabajo, precisó, se está desarrollando con “una de las más grandes compañías de transporte marítimo en el mundo”, interesada en “minimizar el riesgo que hay de choques con embarcaciones”.
En ese sentido, los datos de profundidad han revelado un patrón clave para entender el riesgo de colisión. “Los buceos de día son mucho más profundos, pero en la noche van a estar buceando a menos profundidad”, indicó Olavarría, relacionándolo con la migración vertical del krill. Esta conducta nocturna, más cercana a la superficie, aumenta la vulnerabilidad frente al tráfico marítimo. “Eso los hace mucho más vulnerables a factores humanos como el tráfico de embarcaciones”, advirtió.
En paralelo, los marcajes satelitales han permitido seguir desplazamientos individuales durante meses. “Si hay una especie característica de la corriente de Humboldt a lo largo de la costa centro-norte de Chile, es la ballena fin”, afirmó, aunque también se han registrado individuos que realizan migraciones excepcionales. “Uno de estos animales llegó incluso hasta cerca de las Islas Malvinas y después volvió en un año”, detalló.
Áreas saludables
El investigador conectó estos hallazgos con el enfoque One Health impulsado por la Organización Mundial de la Salud, que integra salud humana, animal y ambiental. “Estos animales son bien sensibles a todo lo que esté pasando en el medio ambiente”, explicó. “Áreas de concentración de ballena son indicadores de áreas saludables, donde el ecosistema está funcionando bien, y son justamente las áreas que tenemos que cuidar”, sostuvo, subrayando que la presencia de ballenas permite identificar ecosistemas marinos que aún no han sido degradados.
Consultado por la contaminación por microplásticos, Olavarría fue cauto. “En este momento no, no hemos hecho estudios específicos en ballenas”, señaló, aunque reconoció la necesidad de avanzar en esa línea. “Sería importante hacerlo, tanto en los animales como en las fecas. Hay estudios de este tipo que se están haciendo ahora, por ejemplo, en Chiloé”, indicó
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