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El arte que no cabe en los museos: “Mono” González, el mural de un país entero CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

El arte que no cabe en los museos: “Mono” González, el mural de un país entero

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Bárbara Godoy Inostroza
Por : Bárbara Godoy Inostroza Psicóloga, Magister en educación de las humanidades, literatura y artes visuales; museógrafa, amante del cine. (Encargada Nacional de Educación Artística, Mineduc).
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Celebrar hoy a este artista es recordar que los muros no son solo superficies: son piel de la ciudad, archivo de nuestra memoria y lienzo de nuestros sueños compartidos.


Con la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas a Alejandro “Mono” González, no solo se reconoce a un artista. Se consagra una trayectoria que, más que estética, ha sido ética: un muralista que convirtió los muros en espejo y memoria de los procesos sociales de Chile.

Desde los años 60, cuando comenzó a levantar colores en paredes que parecían condenadas al gris, González entendió que el arte público no era un lujo, sino una necesidad. Su pintura se desplegó como radiografía de las luchas colectivas, de la resistencia cultural, de la esperanza obstinada en los momentos más oscuros de nuestra historia.

El muralismo de “Mono” González no se limitó a una técnica; fue una pedagogía visual, una forma de narrar lo que los libros callaban, un modo de acompañar a quienes no tenían voz en los grandes relatos oficiales. En sus formas geométricas, en sus cuerpos multiplicados, en los colores vibrantes, se cifra una verdad: el arte puede ser una herramienta de conciencia y dignidad.

Hoy su obra forma parte de colecciones y museos, pero su corazón está en la calle. Allí late con fuerza: en los muros de las poblaciones, en los pasajes escolares donde estudiantes descubren que pintar no es solo un ejercicio técnico, sino una manera de mirar el entorno, retratar la vida comunitaria y encarnar una lucha que no da tregua. El legado de González se respira en esas paredes vivas, que enseñan tanto como un aula y devuelven al arte su lugar de encuentro social.

Pero si algo distingue a “Mono” González, más allá de la innegable solidez de su obra, es su compromiso humano. Su apoyo incondicional a las causas más justas —a la defensa de los derechos humanos, a la memoria de los caídos, a la lucha por la vivienda, a la libertad de los pueblos— lo transforma en un artista de la vida pública, alguien para quien el mural es inseparable del gesto solidario.

De manera personal, guardo una memoria imborrable del maestro. Después de muchos años de ver sus murales, tuve la oportunidad de invitarlo a Talca, junto al gran muralista canario Tono Cruz. El “Mono” llegó con un overol repleto de pintura: el día anterior había estado pintando en San Miguel y, sin cambiarse, se vino directo a cumplir con su compromiso con el centro de extensión que yo dirigía. Lo acompañé al hotel reservado, pero no nos quisieron dejar entrar: no creyeron que ese hombre humilde, con ropa manchada de colores, era un maestro reconocido en todo el mundo.

Yo, indignada, apenas procesaba la situación, cuando él me dijo con calma: “maestra, vámonos nomás de aquí, busquemos otra cosa”. En ese gesto comprendí la lección que me estaba entregando: la humildad como grandeza. Nos fuimos, encontramos otro alojamiento y esa misma tarde celebramos con una sala repleta, en un panel dedicado al muralismo y a su imaginario social. Al día siguiente, un taller de muralismo con artistas de la región selló un encuentro inolvidable que aún guardo como aprendizaje vital.

El Premio Nacional a “Mono” González es, entonces, más que un galardón individual: es un reconocimiento a un modo de entender el arte como servicio social, como ética de la mirada y como herencia colectiva. En sus muros se lee la historia reciente de Chile, pero también la convicción de que el arte seguirá siendo un territorio de encuentro, resistencia y esperanza. Vive además en el legado de muchos artistas que han aprendido de él no solo su técnica, sino, sobre todo, su valentía. Muchos de esos artistas hoy son también educadores, y llevan a nuevas generaciones el testimonio vivo de que pintar un muro es un acto de memoria, dignidad y justicia.

Celebrar hoy a “Mono” González es recordar que los muros no son solo superficies: son piel de la ciudad, archivo de nuestra memoria y lienzo de nuestros sueños compartidos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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