CULTURA|OPINIÓN
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Premios Nacionales: tiempo de celebrar
Aquí hay país, hay esperanza, hay historia que contar. Y también hay una población que alegrar. Para ello, más que emular modelos importados, hay que prestar atención a nuestros premios nacionales, saber qué fue lo que les permitió transitar por un camino verdaderamente propio.
No recuerdo ocasiones en que la entrega de premios nacionales haya causado tanta alegría como la de este año. Tampoco recuerdo otro momento en que todas las personas reconocidas a través de esta distinción hayan concitado un consenso transversal.
El mérito radica, naturalmente, en ellas mismas, especialmente en un contexto donde los demás candidatos y candidatas tenían merecimientos indiscutibles. Pero es también laudable el papel del jurado y de las reflexiones en las que se apoyan sus decisiones. Y de especial significado es el momento en el que se toma el acuerdo.
En un país polarizado, en un medio de franca hostilidad en el medio político, donde hace tiempo ya se dejaron atrás las lealtades hacia el bien común, el otorgamiento de estos premios representa un remanso en el que cobijarse. Más que eso, la nómina de los galardonados invita a revisar nuestras prácticas.
En un medio donde la mayor parte del tiempo se aprende (o se des-aprende) de los errores y donde la derrota es una costumbre inveterada que estimula año a año a sacar lecciones que no aplican, nuestros premios nacionales nos desafían a aprender de sus victorias, menos estruendosas, menos publicitadas, menos orquestadas, pero mucho más sustantivas que las que se ofrecen a través de los likes en las redes sociales.
La lección deviene, en este caso, del logro, oneroso, sin duda, pero fruto de largos recorridos por tierras ásperas y pedregosas. Con los likes, sumamos; con los logros aprendemos.
Algo hay en el sentimiento público que concitan los galardonados a lo que hay que prestar atención. Encarnan ellos, en sus diferentes campos, un propósito que es menester atender. Desde el Premio Nacional de Música hasta el de Periodismo, y desde el de Humanidades y Ciencias Sociales hasta el de Educación y, por supuesto, el Premio Nacional de Arte, advierte uno la presencia de un país que ha transitado por sus vidas y cuya voz rara vez se escucha.
En los cinco late el corazón de una comunidad donde hay muchas ganas de vivir. En sus obras se esboza un país donde no se penaliza la alegría y, sobre todo, un territorio donde sus creadores no se separan de su pueblo. Es un país que se sabe tributario de la obra de su gente, que entiende que en su condición actual está la huella del colectivo y que lo obrado no es fruto de un arrebato narcisista sino el esmero de un artesano o de una tejedora que trenza los avatares del hacer diario para convertirlo en belleza, en sentido de justicia y en redención.
La alegría de nuestros premios nacionales es genuinamente nuestra: es la de quien hizo audible la voz de a quienes no se permitía hablar; la de aquel cuyos colores plasmados en los muros resurgen con la obstinación de la belleza mal-tratada por las tiranías; es la de quien ha traído a la conciencia pública la historia de un pueblo del que muchos preferirían enclaustrar en el margen; es la virtud de quien entiende que no hay estudiante que sobre, ni lo hay quien sea condenado a una pobre educación; es el talento y la sonrisa de quien puede allegar la música de las bandas de pueblo menospreciadas por los elegidos a los oídos de la gente.
Aquí hay país, hay esperanza, hay historia que contar. Y también hay una población que alegrar. Para ello, más que emular modelos importados, hay que prestar atención a nuestros premios nacionales, saber qué fue lo que les permitió transitar por un camino verdaderamente propio. Si en estos días han podido traer alegría, bien nos pueden acercar a la huella que conduzca a un mejor destino.
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